El diccionario de la RAE define profesión como aquel empleo, facultad u oficio que se ejerce a cambio de una remuneración. Profesionista o profesional, como se acostumbra en México, sería el que ejerce una profesión de manera o con capacidad relevante. Las necesidades del mundo moderno fueron acabando con oficios y empleos para convertirlos en saberes racionales, es decir, codificados a fin de ser compartidos, siempre y de la misma manera entre generaciones. Dejó atrás el territorio de los aprendices, ayudantes, maestros, oficiales, para dar paso al de los profesionistas, no al de los profesionales, término que se reservó para los que destacarán en un determinado saber o hacer.

            Esta racionalidad en el tránsito de las manufacturas a la producción industrial desechó antiguos saberes y oficios, olvidó otros, mientras que, a algunos, los que le eran más útiles los alentó, creando así las profesiones que fue necesitando según su progreso hasta que finalmente llegó al campo de las artes o de la producción cultural y simbólica, según se quiera entender. Hoy día, un pintor, un poeta, un bailarín son considerados tan profesionistas como sus pares de la medicina, la administración o la ingeniería. Atrás quedaron los días en que los padres de familia se escandalizaban por que sus hijos(as) querían dedicarse a la música, los deportes o la literatura. Hoy día hay madres que alientan y promueven a sus hijas(os) a ser modelos, dedicarse al mundo del diseño de modas o cualquiera de sus periféricos. En otras palabras, actualmente se reconoce socialmente que basquetbolistas, escenógrafos, fotógrafos, bailarines, músicos o caricaturistas, son profesionistas, ejercen una profesión, un saber o hacer codificado, y por ello reciben una remuneración.

            A pesar de lo anterior, en términos generales existen profundas diferencias entre ser profesionista de la ortodoncia o el derecho, que serlo de la danza clásica, la actuación o la escultura, sin mencionar que en ningún caso será lo mismo ser un profesionista que ser profesional. Por supuesto que en todo este proceso tampoco hay nada escrito que impida que un poeta sea mejor remunerado que un magistrado, o que el más mediocre de estos, reciba los mayores beneficios dentro de su propia profesión.

            Mencionaré tres diferencias que me parecen clave no sólo para entender estas diferencias, sino para saber por qué se dan. La primera de ellas es la densidad de población. Precisamente por ser un saber o empleo socialmente demandado, nunca se necesitarán tantos novelistas como ingenieros, y de esos pocos que decidan seguir el camino de las letras, todavía faltaría ver cuáles serían los verdaderamente profesionales, y aunque en el camino de la ingeniería se siguiera un proceso similar, nunca se demandará la misma cantidad de empleos en una y otra profesión.

            Segunda, como extensión de la anterior. La diferencia entre un buen y un mal químico dedicado a la perfumería, por ejemplo, se establece en términos objetivos, cuantificables y replicables, no dependen de la opinión, gusto, o preferencias de quienes se encargan de establecer esas diferencias. Si un perfume no pasa los estándares de la industria, muy difícilmente recibirá el aplauso del público consumidor. En cambio, la diferencia entre un buen y un mal compositor, dependerá de la respuesta del público, independientemente de lo que piensen de ellos sus pares. Una composición desde el punto de vista de la música, de la letra, de la ejecución pueden ser malísimas, pero si el respetable la acoge no hay nada más que decir. O sea, la diferencia se encuentra en el grado de subjetividad que interviene al momento de juzgar un hacer desde la perspectiva de su usuario último.

            Y, tercera y última diferencia, Esta incapacidad de aplicar criterios objetivos a las profesiones encargadas de los empleos del mundo del arte y la cultura, se debe, entre otras cosas, a que en éstas su valor muchas veces consiste en romper con lo establecido, ir más allá de lo permitido, experimentar con todo lo que interviene en su producción, no repetir lo ya hecho, saltarse las reglas y normas, buscar lo nunca antes visto, fines que sería imposible siguiera la medicina, las finanzas o la metalurgia (se que hoy día muchas de estas actitudes se comparten o se buscan en otros terrenos que no el de las artes, pero hablo en términos generales). 

            Creo, finalmente, que no importa tanto que todo aquel que produzca algo sea considerado profesionista, sino que, como sociedad, lo que necesitamos ahora son más profesionales, gente que verdaderamente destaque en lo que hace, no sólo que sepa qué es lo que hace.

Publicado por Milenio Diario

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