El modelo inglés

En algunas de mis últimas entregas, he hablado de que así como todo lo que se encuentra en relación con la producción de los objetos simbólicos de hoy (circulación, materiales, reflexión crítica y teórica) ha pasado o aun está en un periodo de cambio profundo, igual comparte este momento la manera en que se exhibe (museografía), pero también el qué se exhibe, por qué, para qué, sus fines y objetivos (museología). Temas que son importantes para la cultura contemporánea, pero que en tiempos de vacas flacas pueden llegar a jugar un papel central. En la medida que vayamos siendo conscientes de todos estos cambios no solo nos podremos enfrentar de mejor manera, mejor capacitados, a esta nueva producción, sino que podremos hacer más eficientes las nuevas inversiones, los programas de exhibición, los procesos de vinculación, etc.

A continuación, presento un ejemplo, como muchos otros, para enfatizar tres aspectos que nos permitan ampliar y continuar la discusión precedente.

Se trata de una de las más recientes exposiciones de la inglesa Galería de los fotógrafos (The phographer’s Gallery):Urban impulses: Latin America Photogtaphy from 1951 to 2016, abierta al público el pasado14 de junio. Una muestra de más de 200 fotografías seleccionadas por María Wills y Alexis Fabry que incluye ejemplos de autores como Alberto Korda, Sergio Larrain, Graciela Iturbide, Beatriz Jaramillo, Fernando Bedoya, Pablo Ortiz Monasterio o Eniac Martínez. La muestra proviene de la vasta y prestigiosa colección de fotografía latinoamericana de Leticia y Stalisnas Poniatowski.

Esta exposición va acompañada de la presentación de un nuevo libro de Álvarez Bravo (Manuel Alvarez Bravo: Photopoetry); venta de impresiones originales de autores presentes en la exhibición; un curso especializado sobre la fotografía del subcontinente; y un ciclo de cine mexicano denominado Salón México, con la presentación de cintas como Enamorada,Macario, La perla, o el propio Salón México.

Como dije, este ejemplo nos permite evidenciar lo que hemos estado mencionando. Primero, el objetivo de la exhibición. Entre algunos sectores europeos o de otras partes del mundo, hay la certeza de que se necesita remontar los mitos y fantasías con que se identifica comúnmente a América Latina, para conocer mejor una realidad múltiple y contradictoria, pero también en dónde la realidad va más allá que la ficción, y que mejor manera de hacerlo que a través de su fotografía.

Dos, la importancia de las colecciones. Ya hemos visto lo mismo en otras exhibiciones en las que están involucradas importantes colecciones privadas, por ejemplo, la Walter que tuvimos en MARCO, o de la Fundación Cultural Televisa con la muestra de Pierre Verger, en la Fototeca del estado. Es necesario insistir en que no es lo mismo ser un comprador que un coleccionista. En la ciudad hay grandes compradores, ahora es tiempo, me parece, para que dieran el salto y se convirtieran en coleccionista que pudieran estar alimentado proyectos como el que aquí comentamos.

Tercero. No se trata sólo de una exposición por más importante que pueda ser. Esta, más bien, fue concebida dentro de un marco más amplio que incluye la presentación de libros, venta de impresiones originales, cursos para tener una mejor comprensión sobre lo que se exhibe, y otros complementos.

No digo, ni creo, que toda exposición deba armarse de esta manera. Con lo que sí me quedo del ejemplo, es lo dicho más arriba, que en estos momentos se requiere de este otro tipo de proyectos que al margen de las bondades académicas e intelectuales que conllevan, al involucrar más elementos los hagan no solo más atractivos sino también relativamente más sencillos de financiar. En la medida que estos ejemplos se multiplicaran, creo se contribuiría a que todos los demás elementos que participan en la cultura contemporánea se fueran consolidando en una sociedad cada vez más urgida de ellos.

 

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Cómo armar un galimatías

A la memoria de

Douglas Crimp

 

Hará unos treinta o cuarenta años que la cultura mundial entró en una tan radical como profunda y definitiva transformación. La producción de objetos simbólicos, especialmente los visuales, pero también los sonoros o musicales, la danza, la arquitectura, la literatura en general, acusan, sin duda, de manera puntual tales cambios.

Desde entonces, esta evolución han exigido ser replicada lo mismo por los observadores (de pasivos a participativos), que por las explicaciones (acercamientos teóricos y críticos acerca de qué es el arte, cómo debe ser y qué apariencia o no tener), los medios a través de los cuales se producen los objetos simbólicos (uso de las tecnologías digitales en vídeo, proyecciones, instalaciones, performance), o por una área a la que pocas veces le prestamos atención, la forma de exhibirlos, de ponerlos a disposición del público; a donde hemos pasado de su presencia en ámbitos privados y cerrados (iglesias, cámaras reales), a espacios públicos muchas veces multitudinarios o bien espacios privados pero con exposición masiva (cine).

Yo creo que, al menos, la mayoría de los productores actuales (los que están creando en este momento), curadores y/o críticos, público, coleccionistas, galerías (vendedores y compradores) y principalmente, instituciones dedicadas a la promoción y difusión de los objetos simbólicos, deberían no solo estar conscientes de estos cambios, sino haberse adaptado lo mejor y más rápidamente posible a ellos.

Cristina Martínez. To be (come). Vídeo digital. 2018

Semanas atrás cuestionaba si quienes están encargados de organizar y montar exposiciones, se preguntan si el material seleccionado es en verdad el mejor para hablar, desde su perspectiva –la del medio—sobre el tema en cuestión, y si tal era la mejor forma de exponerlo, o si, en verdad, se hace la exposición tal y como se presenta al público solo porque no hay más que exhibir, ni se cuenta con otros recursos museográficos para hacerlo.

La verdad es que, para decirlo claramente, cuando de exposiciones hablamos muchas veces hay más voluntad y exceso de ideas, que acciones correctas. En especial cuando el material a exponer requiere de una concepción diferente de montaje o museografía, o bien, cuando se está consciente de lo mucho que la producción simbólica ha cambiado y se quiere hacer una exhibición que igualmente refleje o vaya acorde a estos cambios.

El tema es especialmente sensible en el caso de galerías y museos y demás centros culturales públicos y privados, pues sus procesos de adaptación a los nuevos productos, son demasiado lentos, lo que los lleva a tratar de hacer algo nuevo con equipo viejo, amateur, maltratado, y para colmo en decimonónicas salas ortogonales.

Ismael Merla C. Museo de la sombra. Un espacio de arte concreto y efímero, para todo público, funcional, accesible y ambulante. Entrada gratuita. Reconstrucción de choza encontrada en la calle y ampliada con materiales recuperados en las calles del centro de Monterrey. Medidas variables. 2019

Ya he apuntado que también se ha transformado el punto de vista, digamos teórico, con que se acerca uno a los objetos simbólicos que llamamos arte. Entre otros, el antiguo texto crítico que servía para orientar, para guiar, al público en su apreciación de la obra, ahora se ha convertido en parte de ella, en un elemento más que debe desentrañar el espectador.

No quisiera decirlo, pero todo esto sucede, es posible ver y experimentar en la exposición Confluencias III, el contexto que me configura, inaugurada el pasado jueves en la Casa de la Cultura de Nuevo León. No dudo en ningún momento de las buenas intenciones con que se armó esta muestra, pero tratando de participar en esos cambios que caracterizan al arte contemporáneo se llevan a cabo acciones que terminan siendo un galimatías. Y todo, desde mi punto de vista, por no haberse preguntado primero si se está en condiciones de presentarse de esta manera, o si no sería mejor, primero modificar esas condiciones y luego presentar lo más nuevo que tengamos en casa. Mientras no giren todos los engranes al mismo tiempo y en la misma dirección, seguiremos siendo potencia, nunca realidad.

 

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Antiguos Vs. Modernos

Hombre barbado. Inicios del siglo VI a.C. Chipre

La llamada Querelle, fue la divisa bajo la cual se encontraron y confrontaron, a partir del siglo XVIII, dos

versiones distintas sobre qué y cómo debía ser el arte. Los Antiguos representados por el arte clásico, los modernos por tendencias que apuntaban no a la superación de un arte formal y canónico, sino a su substitución por nuevas corrientes de pensamiento como lo sería el Romanticismo.

Obviamente, no pretendo entrar en esta discusión, ni siquiera exponer y explicar los argumentos de uno y otro bando, sino más bien la he empleado como motivo o excusa para presentar las principales razones de la decisión que creo todos los que nos dedicamos a estos temas, tenemos o tendríamos que tomar en alguna ocasión en nombre de la honradez intelectual: se está a favor de los Antiguos o de los Modernos. Ojo llevar a cabo esta decisión no implica necesariamente que se esté en contra de la postura opuesta.

Por muchos motivos que no viene al caso tratar ahora, yo me decantó por los Antiguos. Pero no sólo por los y las autoras de la antigüedad, sino por todo aquel productor capaz de generar un arte clásico que, para simplificar, sería aquel que es modelo o resultado de la aplicación del modelo. Con esta precisión lo que quiero establecer es que al decir que mis preferencias están con los Antiguos, estas no se circunscriben, forzosamente, a un cierto periodo de tiempo, sino que se puede encontrar en cualquier otro, incluido, por supuesto, el presente.

Aunque no es reciente, mi decisión se precipitó los últimos días, al visitar, una vez más, el Museo Metropolitano de Arte de la ciudad de Nueva York.  Antes, ya me había sucedido que en lugar de buscar al arte modero en cualquiera de sus periodos del siglo XIX al XX, prefería repasar las salas griegas, romanas, babilónicas o las de esa amplia zona que ellos denominan Non-Western Art. En esta ocasión, aunque ya había pasado por esa sala muchas veces, me atrapó –y es casi literal—la cabeza, en piedra caliza, de un hombre barbado fechada a principios del siglo VI a.C., proveniente de las culturas antiguas de Chipre. Se trata de la representación del que fuera probablemente un alto dignatario o sacerdote, lleva un simple tocado y la barba arreglada en rulos en su parte inferior. El caballero expresa lo que algunos especialistas llaman la “sonrisa arcaica”, o sea, al parecer está sonriente, aunque según ciertos autores se trata más bien de una deficiencia técnica ya que los escultores de ese entonces no sabían cómo realizar una boca de otra manera que no fuera sonriendo. Sea correcta o no esta observación, fue precisamente al estar contemplando e intentando entender esa sonrisa, que la pieza me hizo sentir un escalofrió como muy pocas veces había sentido antes.

Sarcófago Amathus. Segundo cuarto del siglo V a.C.

Si este rostro me impresionó, el llamado Sarcófago de Amathus, especialmente uno de sus  dos relieves frontales, me dejó prácticamente sin habla. Es una representación enmarcada por complicados adornos florales que en el centro nos muestra una procesión de carros tirados por caballos elegantemente ataviados, pero lo más sorprendente es que cada carro va conducido por un personaje que lleva atrás de él un sirviente que lo va cubriéndolo con una especie de sombrilla o parasol vegetal resguardándolo del calor. Este sólo detalle es más que suficiente para llevar a cabo toda clase de especulaciones sobre la clase de sociedad que eran estos pueblos remotos. Pero precisamente, por estos detalles y todo lo que nos permiten pensar acerca de su constitución y vida social, así como en el caso del hombre barbado que nos sonríe desde hace 26 mil o más años, es lo que las convierte en piezas terriblemente contemporáneas, sus gestos, actitudes y actividades no están nada lejos de lo mismo que nosotros hacemos. En resumen, ambas piezas me refuerzan la certidumbre en un ser humano único, pero lo suficientemente diverso como para no dejar de sorprendernos, lo que hasta el momento ninguna obra de las llamadas contemporáneas ha logrado provocar en mi.

 

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Imágenes: http://www.metmuseum.org

Usos y memorias

El tema de la Fundidora es, a la vez, complejo y contradictorio, multivoco e inaprensible en su totalidad. Su historia (1900-1986), por diversas razones se ha visto asociada a la fotografía; no hay fotógrafo de Monterrey o que haya pasado un tiempo aquí, que no haya buscado captar eso que la hace seguir siendo parte del espíritu de la ciudad; entre los más recientes, Domingo Valdivieso, Roberto Ortiz G. Javier Sánchez, el Venny, Gerardo Montiel Klint, Erick Estrada, Carlos Lara, y hasta el colectivo Estética Unisex. Sobra decir que por más completos, impresionantes o bellos que sean estos acercamientos, ninguno, lo mismo que los que la acompañaron a largo de esos 86 años que se mantuvo en funcionamiento, revela completamente lo que fue, lo que es, la Fundidora.

Sin duda, el archivo fotográfico que se fue formando y conservando y que consta de más de 43 mil imágenes, es uno de los legados más valiosos de esta importante industria y que gracias a la colaboración de Ternium México, la Fundación Proa, el CONARTE y el Archivo General de la Nación, entre otros, se ha digitalizado y puesto a disposición del público en general a través de una página denominada Memoria de Acero. Otro de los frutos de esta relación, fue que mientras se llevaba a cabo la tarea de digitalización se montaron tres exposiciones, la última de ellas inaugurada el pasado jueves13 en la Fototeca de Nuevo León, bajo el título de Memoria de Acero.

Tengo de pronto, tres observaciones que hacer a esta muestra, pero antes me gustaría tirar una o dos líneas respecto a la museografía. Renovado para esta exposición, el mobiliario museográfico tiene una extraña y bizarra disposición que probablemente no funcione en otras exposiciones. Salvo eso, me gusta la variedad de presentaciones del material que se empleó para armar la muestra, lo que hace evidente que la misma trata sobre los usos que puede tener la imagen fotográfica más que de las fotografías en sí.

Quizás haya sido un traspié de quien cubrió la mesa redonda que siguió dos días después de la inauguración. En ella se lee que se afirmó que la fotografía había contribuido a la popularización de los productos de la Fundidora. Tal afirmación es totalmente inexacta, que haya sido una herramienta de difusión y promoción sin duda, que remplazó a la ilustración en la publicidad igual, pero hasta ahí llegan su papel e influencia.

Dos. Aunque parece que lo tienen claro, la imagen final que observamos en una fotografía depende de quien la toma, del uso que se le dará, un montón de factores que no siempre están bajo control consciente del fotógrafo, y de quien será su público final. Lo que aquí, en esta muestra vemos, son imágenes de fotógrafos, la mayoría profesionales, contratados por la empresa para difundir su visión de su negocio, esa visión, a su vez, serviría para otros tantos usos desde los publicitarios hasta los meramente informativos sobre las inversiones que se llevaban a cabo. Lo que debe quedar claro es que la mayor parte de las imágenes que aquí se ven, lo que nos comunican es la visión de los dueños, los gerentes, los supervisores, de la empresa, nunca una visión independiente de ella, menos la de los trabajadores.

Finalmente, por una cuestión espacial y de dimensiones, se acaba por privilegiar la estética de las fotografías originales. Los ejemplos de los trabajos de Kahlo, Espino Barros y Leal, el tamaño que se les dio y el lugar en que se les ubicó, dejan en claro qué tan importante son estas fotografías no tanto por su contenido, como por ser parte la historia de la fotografía en México, por lo menos en lo que se refiere a Kahlo y Espino Barros. En otras palabras, del sin fin de facetas desde las cuales se puede contemplar el tema de la Fundidora, el de la estética de las fotografías que se han tomado de ella, parece ser, a final de cuentas, el más atractivo, o el mejor motivo por el cual se haya preservado su archivo.

 

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¿Nos lo hemos preguntado?

Hace una semana el Museo de Historia Mexicana abrió al público, si no me equivoco por segunda ocasión, la exposición fotográfica intitulada México en una imagen. Un concurso puesto en marcha por una plataforma denominada lohechoenmexico, uno de cuyos objetivos es el disfrute y fortalecimiento de la identidad cultural. A los participantes se les plantea, como punto de partida, la pregunta ¿por qué te sientes orgulloso de México?, cada imagen o grupo de imágenes, supongo son la respuesta a lo preguntado. Las fotografías recibidas, se agrupan en 5 categorías: Profesionales, Aficionados, Aéreas, Naturaleza, y Una mirada especial en la que sus participantes tienen síndrome de Dawn. Cuentan con patrocinios tan diversos como el del Museo Soumaya y la empresa Nikon, los autos Acura y Jesús Noriega Bobadilla, bienes raíces; un total de 22 firmas comerciales que malamente se repiten 50 o más veces, en el borde inferior de las fotografías, lo que afea su presentación amen de estar encapsuladas en láminas de acrílico que comprometen su exhibición pues es seguro, pónganse donde se pongan, reflejarán lo que esté frente a ellas, así que vemos mitad fotografía mitad reflejo.

La poca importancia que se le concede a la exposición, más las mismas fotografías que se exhiben son una buena excusa para llevar a cabo el siguiente ejercicio. Antes que cualquier otra cosa, me parece, quienes se encuentran organizando la exhibición, deberían preguntarse ¿para qué quiero exponer fotografías?, cualquiera que sea mi idea sobre el particular.  Y quienes son invitados a participar en esta, no en cualquier otra exposición, su cuestionamiento debería de ir por el rumbo de ¿para qué quiero hacer esta fotografía? Y ambos, organizadores y concursantes, deberían hacerse las preguntas ¿es la fotografía el mejor medio para que la gente en general, exprese el orgullo de ser mexicano?, ¿con la fotografía reflejo o pongo en claro el orgullo de ser mexicano?, ¿estas u otras imágenes son una muestra convincente del orgullo de ser mexicano o de por qué nos sentimos orgullosos los mexicanos?

Pregunto si se han hecho estos u otros cuestionamientos similares porque no veo que el evento, siendo de fotografía, se distinga por alguna razón ligada al medio o proporcionada, causada por él. En primer lugar la forma y el espacio donde han sido montadas las 50 imágenes que se muestran, tres largas y estrechas líneas horizontales, sin espacios para las cédulas ya que la información va impresa al lado de cada imagen, o para identificar a qué categoría pertenecen, se despliegan frente al enorme ventanal del vestíbulo de Museo que da hacia el sur e inunda su interior de luz cálida todo el día, haciendo que cada uno de estos recuadritos que son las fotografías sea conviertan en vibrantes caleidoscopios. ¿Quienes organizaron, quienes montaron, tomaron en cuenta estos aspectos?, ¿Se preguntaron si esta es la mejor manera de presentar imágenes fotográficas; de exhibirlas en un espacio museístico?

De las fotografías en sí, muy poco se puede decir, sin importar cuál haya sido la categoría en la que concursaron. Podrían haber sido las mismas de hace dos años o las que se presenten en el siguiente concurso. Salvo una o dos, todas las demás se conforman con repetir hasta la saciedad un mismo modelo, el del poster o afiche turístico publicitario que no hace más que maquillar la realidad. Sinceramente, ninguna de estas fotografías, creo, me sirve para explicar o simplemente para explicarme porqué me sentiría orgulloso de se mexicano.

En términos generales soy de la opinión de que la entrada a museos, salas de espectáculos o cualquier otro recinto cultural, debe tener un costo, aun sea simbólico, pero no creo justo que, por entrar al vestíbulo de la institución, tengas que pagar un boleto completo. Es como si al pasar por un restaurante y te detuvieras a ver el menú, te quisieran cobrar el consumo mínimo. Pagar por ver esta mala muestra en el vestíbulo del MHM, es lo peor que me pudo haber pasado esta semana.

 

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Preservar

Antiguo Palacio Municipal de Monterrey, 1868. Fotógrafo desconocido.

Hará cosa de dos semanas, se difundió el derribo de una casa ubicada en el Obispado que días antes se había advertido, por instancias oficiales y no oficiales, formaba parte del parte del patrimonio arquitectónico moderno de la ciudad. La acción más la importancia del inmueble hicieron posible que hubiera una reunión pública en el Colegio de Arquitectos en la que participaron autoridades del INAH, INBA, arquitectos locales y miembros de la asociación Patrimonio Moderno. Juntos, al menos, lograron llamar la atención de nuevo sobre un tema por demás polémico y difícil de tratar.

No soy experto en temas urbanísticos y arquitectónicos, pero sí entiendo que si se hubieran preservado algunas de las edificaciones que se encontraban en lo que hoy es la Gran Plaza y sus inmediaciones, hoy tendríamos un mejor y más atractivo centro de la ciudad, por no decir nada de lo que podría ser el fake Barrio Antiguo. Pero también entiendo que el crecimiento y/o mejoramiento de una ciudad, un barrio, una colonia, incluso su seguridad, no puede depender de la preservación del trazo original y sus primeras edificaciones. Quizás la clave esté en que no se trata de que el pasado condicione el desarrollo del presente, sino más bien, lo que aun no hemos logrado, aprender como hacerlos convivir; aunque esta tampoco sea una solución ideal por los costos que supone, por ejemplo, hacer de una antigua casona un espacio para oficinas o un hotel boutique.

Si en estas áreas el problema se presenta complejo y multifactorial, hay muchas otras que viven una situación similar. Pensemos en el caso de los archivos y las bibliotecas, o en el de las pinturas, dibujos, estampados, esculturas, en el de partituras y grabaciones, en el arte popular y manifestaciones religiosas asociadas a festividades específicas. No olvidemos que también tenemos el compromiso, legal, cultural y moral, con ese otro universo que son las manifestaciones intangibles, de la comida a la lengua, a las prácticas comunitarias. ¿Qué hacer, cómo preservar; para qué? Y lo más importante, qué si hay que preservar, qué dejar envejecer, morir y desaparecer.

Un amigo cercano nos hacía ver cómo el caso del inmueble en el Obispado, es un ejemplo claro del estado en que se encuentran las leyes, federal, estatal y local, en la materia y aunque es nueva nuestra ley Estatal del Patrimonio Cultural, la verdad es que está muy lejos de poder tener una intervención efectiva en casos como el referido. Es decir, contamos con leyes, reglamentos, dictámenes y demás y aun así, son mucho más poderosos –en cuanto contundencia legal—los reglamentos y planes sexenales de obras públicas por ejemplo.

El CONARTE, que es nuestro organismo estatal en materia cultural y quien ha promovido la ley a la que nos referimos líneas atrás, cuenta con una dirección de patrimonio cultural, que mínimamente lleva un registro de lo que existe en algunas de las áreas que hemos mencionando. Para saber qué preservar hay que saber con qué se cuenta; el problema está en que para cuando se entra en los registros y/o catálogos de la institución, quizás el objeto, la práctica, la leyenda, ya no exista, cuando lo único que quede por preservar sea, quizás, un recuerdo que, además, nada garantiza su pervivencia.

Creo que como en otros temas, la solución no es una, sino que habría de desgranarse en una enorme serie acciones, cada una enfocada a trabajar en algún aspecto puntual de la problemática. Gobiernos Federal, Estatal y local, así como asociaciones civiles, iniciativa privada, escuelas y universidades, ciudadanos individuales, podrían enfocarse a crear consciencia sobre el tema. Otros estarían en capacidad de trabajar con los legisladores a fin de tener no más leyes sino completas y eficientes. Otros más, dedicados a la difusión, al señalamiento urbano de monumentos y edificaciones, etc., solo así, siendo una ciudad en que la preservación sea parte de la platica cotidiana, podremos evitar se siga perdiendo el patrimonio que es de todos y que se resumen en la ciudad y lo que en ella sucede.

 

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Guardada desde Rick Castelón.

La “Colo”

De la serie The Most Beautiful Brides of California (2000-2004)

El municipio de San Pedro Garza García, en el estado de Nuevo León, cuenta con una superficie aproximada de 69.4 kms cuadrados, en la que se distribuyen unas 28,197 familias que equivalen a un poco más de ciento veinte mil habitantes, sin contar con la población flotante que día a día habita el municipio y que se calcula en otro medio millón de personas.

Un estereotipo es una percepción exagerada que se tiene de una(s) persona(s), grupo(s) o clase(s) social(es), la cual ofrece pocos o ningún detalle, es decir, es simplificada y sin ningún fundamento racional; a partir de este tipo de constructos se crean opiniones, juicios e imágenes más bien de orden emocional.

El jueves pasado, se presentó en el MARCO, el libro San Pedro, Garza Garcíade la fotógrafa Ivonne Venegas. Conozco el trabajo de esta productora desde los lejanos tiempos de los festivales In-Site que se realizaban, allá por la década de los años ’90, entre Tijuana y San Diego. Debo confesar que su obra me resulta confusa o ambigua, nunca sé cuál es exactamente el objetivo o finalidad de su trabajo, si se puede hablar de ella como retratista o como documentalista, o quizás, simplemente, como fotógrafa contemporánea.

De la serie Ma. Elvia de Hank. (2006-2010)

De entre sus series destaco The most beautiful Bride of Baja Califonia(2000-2004), Ma. Elvia de Hank(2006-2010) y El tiempo que pasamos juntas, esta última por ser en la que se muestra más como retratista, aunque también podría pasar por documentaista. Menciono las otras dos series, porque encuentro ecos de ellas en el trabajo que presentó en el MARCO. No hablo de que haya un estilo o un modo de proceder que se deje ver de una a otra serie y que permita identifcar la autoría de estas fotografías, sino más bien de la repetición de imágenes, que recrean situaciones, personas, acontecimientos similares, fotografiados de una manera en particular, que, por otra parte, para estos objetivos, deviene en la más conveniente y convincente.

De la serie El tiempo que pasamos juntas.

Asi pues, no tengo ningún empacho en decir que el libro, en su totalidad, me parece fallido. Fallido porque parte de un supuesto falso, lo que se ofrece en él no es un retrato de San Pedro; me sorprende que la fotógrafa, citando en su texto a Bordieu, no caiga en cuenta de que lo que ha hecho cubre únicamente una pequeña parte de la sociedad san petrina, es decir, del municipio, y que aún esa parte, la económicamente saludable que es a la que parece llama su atención, no está ni medianamente bien retratada, diría Bordieu lo presentado no es significativo de lo que se pretendió hacer. Quizás más honesto habría sido titular el libro con algo así como Estereotipos de los habitantes de la Coló.

Pero si el trabajo falla en lo editorial, en la parte de la fotografía sucede otro tanto. Si la intención era presentar a ciertas personas aisladas en su burbuja de belleza, como ella misma dice, ¿qué sentido tiene incluir fotografías de paisaje urbano, que revelan el casos y fealdad del contexto en el que inevitablemente se tiene que mover esta gente? Supongamos que son un rellenito que sirve, además, para intentar convertir estas fotos en un trabajo sociológicamente aceptable. ¿Pero entonces sí se trata de una obra documental? Si no fuera por esos paisaje, por el titulo y por el texto de la propia Venegas, ¿qué hay en estas fotografías que permita ver y entender todas las cualidades que Venegas percibe en la gente del municipio?, ¿no podrían haber sido de San Nicolas o de Cumbres, o de Tijuana o San Diego, tal y como aparecen en sus otros proyectos?

Y si no es documental la serie, ¿entonces son retratos? Salvo dos o tres, el resto, como retrato, también dejan mucho que desear. El retrato, es un género muy canijo y celoso que de no estar sobre él todos los días, en cualquier momento te desconoce. Tiene, por otra parte, la incomoda vecindad de variantes dentro del propio género como puede ser la fotografia editorial, la de identidad, la forense, el selfie, todo lo cual dificulta aún más el poder concentrarse en la obtención de un buen retrato, lo que, desgraciadamente, ocurrió muy pocas veces en este caso.

 

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