Fotos de vacaciones

Fernando Velasco Torres. Atlantida.

Ahora que estamos a unos cuantos días de que arranque un nuevo ciclo escolar para las escuelas primaras, y ya que están casi todos de regreso, vale la pena comentar sobre una de las prácticas modernas más extendidas por todo el orbe, la de tomar fotografías durante esos lapsos de descaso o de cambio de rutina que llamamos vacaciones. Para quienes estén interesados en la relación entre las vacaciones y la fotografía, les recordamos que el tema ya ha sido amplia y profundamente tratado, entre otros, por Susan Sontag en su célebre libro Sobre la fotografía(1975) y diez años antes por Pierre Bourdieu en su valiosa investigación sociológica, La fotografía, un arte intermedio(1965).

Por sí solas, estas fotografías forman un género aparte y de los más longevos, recordemos, por ejemplo, que las primeras fotografías que se tomaron de las pirámides de Egipto, de la arquitectura medieval inglesa, francesa o española, fueron obtenidas en el siglo XIX por nobles y burgueses que se encontraban de vacaciones por esos lugares y cargaban con el pesado equipo fotográfico como parte de su ajuar vacacional. No olvidemos, por otra parte, que esta actividad, la de fotografiar durante las vacaciones, está íntimamente asociada con el origen del medio; fue la incapacidad de Fox Talbot para dibujar que decidió trabajar sobre cómo hacer permanentes las imágenes que obtenía mediante la cámara obscura. A partir de entonces casi todos los fotógrafos conocidos –y desconocidos— se han echado su canita al aire tomando fotos de sus vacaciones, pensemos simplemente en Lartigue, en las clásicas composiciones de Horst P. Horst, en las escenas veraniegas de las calles neoyorkinas de Frank, en la atestada Coney Island de Model o en los vacacionistas del lujoso St. Moritz captados por Alfred Eisenstaedt. Aquí en México, no se puede pasar por alto la película Vacaciones en Acapulco(1960), y más recientemente el extraordinario proyecto de Fernando Velasco Torres, Atlántida, o el de Marcel Rius Barón Periféricos, arena, palmeras, agua y cloro, ambos casi una clasificación tipológica de cómo se viven, al menos en el antiguo DF, las vacaciones o días libres en los balnearios que hay en la ciudad y sus cercanías. Finalmente, este material, las fotografías de las vacaciones individuales o familiares, ya sea en negativos, diapositivas o impresiones varias en papel, se ha convertido en oro molido para ciertos productores que lo buscan, atesoran, analizan y expone, como parte de proyectos que ponen al descubierto o dan voz y presencia al hombre común, su entorno y prácticas sociales.

 

Marcel Rius Barón. Periférico, arena, palmeras, agua y cloro.

La popularidad y larga vida del género, hace necesario que se actualicen algunas de las cosas que sabemos de él. Por ejemplo, antes era casi una actividad exclusiva de los adultos, por no decir, sólo de hombres. Era el papá el que guardaba la cámara, la operaba durante las vacaciones, mandaba a revelar y acababa mostrando lo hecho, lo recorrido y visto al resto de la familia. Es obvio que este ritual ha desaparecido prácticamente, el hacer fotografía ya no está reservado a los adultos y muchos menos sólo a los hombres, hoy día todos tienen acceso a este tipo de producción y más importante aún a participar en nuevos circuitos de exposición y difusión de ese material. Lo mismo podríamos decir de la temática, aunque se mantienen las tomas estereotipadas de paisajes, monumentos públicos, y obras de arte, el catálogo se ha ampliado en dos sentidos, por un lado y gracias al selfie, el usuario se ha vuelto más protagónico, ha abandonado el turnarse la cámara para salir frente, al lado, encima, debajo, etc. de tal lugar, objeto o plaza, para estar prácticamente en todas las fotos. Esta facilidad, la del selfie, por otra parte, también ha ampliado los temas, no sólo aparece más el usuario, sino que ha incorporando a más personas ya sean familiares o amistades, o personajes públicos que gustosos aparecen en cuanto selfie se les ofrece o se les solicita. Pero también son ahora parte de este género las comidas y bebidas, las poses estrafalarias o de riesgo, escenas íntimas de toda índole, así como indiscretas y/o que pretenden exaltar algún tipo de subjetividad.

Hasta hace unos veinte o treinta años, al regresar de unas vacaciones, fuera la cámara del papá, o de quién o quiénes hubieran ocupado ese espacio-tiempo, lo común era mandar a revelar e imprimir el materia fotográfico que se hubiera producido. Un poco más adelante, conforme fue mejorando la tecnología, fue posible obtener primero los negativos y luego seleccionar lo que se imprimiría. Hoy día, no es privilegio de las fotos de vacaciones, pero sí se suman al hecho de que a pesar de haber más material, digamos fotográfico, menos se imprimirá, cuando mucho, se conservará en algún USB, el disco duro de la PC, o en un expediente en la nube, pero lo más probable es que termine por desparecer, por ser borrado para obtener más espacio para una nueva tanda de fotografías que se generarán ya no únicamente durante las próximas vacaciones sino en el día a día de todos los días.

 

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El affaire Avelina Lésper

Para quienes tenemos alguna relación con los campos de la cultura y las manifestaciones artísticas, en especial con las llamadas artes visuales, no nos resulta desconocido el nombre de Avelina Lésper. Aclaro desde un principio: no tengo ninguna simpatía por el personaje, ni comparto su visión y conceptos sobre el arte y menos de la fotografía de la que sabe poco o nada. Su popularidad se la ha ganado por su tozuda oposición a todo lo que suene ajeno a su estrecha y decimonónica concepción del arte; es particularmente beligerante en contra de lo que ella misma ha bautizado como VIP (Vídeo, Instalaciones y Performance) y ahora la emprende contra el Graffiti, incluso se autonombra la única crítica de arte que se ha ocupado de esta manifestación, lo cual es falso lo mismo en México que en el extranjero, pero este no es el punto, antes de abandonarlo agreguemos que la postura que defiende la ha llevado a tener serios enfrentamientos con otros críticos, intelectuales y productores, algunos ampliamente reconocidos y de valor incuestionable, que van apareciendo según sea el lugar y país donde se presenta. Hay que seguir diciendo que, en todos estos casos, sin importar el tamaño del oponente, Lésper nunca ha dado un paso atrás y, contra viento y marea, defiende su posición, lo que, dicho sea aparte, le ha ganado reconocimiento por su valor y entereza.

Otra causa de su popularidad, es que se hizo del puesto de coordinación general o dirección de la colección de arte que el grupo Milenio decidió emprender hace unos cinco o más años y que ya se ha presentado en diversas plazas del país y del extranjero según las diversas fases o capítulos por las que ha pasado. Una colección variopinta de pintura en especial, de calidades desiguales, pero que le ha permitido viajar por todo el país y entrar en contacto con la realidad cultural y artística de cada lugar, así como con un cierto número de productores a los que ha invitado a ser parte de la colección, lo que obviamente le da no sólo popularidad, sino también una especie de autoridad en el campo.

Más recientemente volvió a ser centro de atención, por lo menos nacional, al hacerse fotografiar frente a un graffiti en el que se lee “Avelina Lésper, me la pelas”. Ni tarda ni perezosa, la señora decidió aprovechar la coyuntura y antes de censurar o denostar, valiéndose de la visibilidad que le daba esta imagen convocó a una especie de debate abierto a los autores del graffiti de marras para discutir con ella los valores, los alcances, las motivaciones, la estética (si se aplica) del Graffiti. Gracias a sus contactos logró que le prestaran el Museo de la Ciudad de México para que fuera la sede del encuentro, a la vez que fijó una fecha para su realización, el sábado 5 de agosto. Dos o tres días antes de la fecha señalada los convocados emitieron una carta pública en donde rechazaban participar en el debate, dando las razones de porque se deslindaban y haciendo notar que la agresiva postura de Lésper respecto a su trabajo auguraba que nada bueno pudiera salir de tal encuentro.

Con todo, el evento se llevó a cabo el sábado pasado con la participación de otros dos grafiteros y la Lésper por supuesto. Según relata y coinciden con ella las crónicas periodísticas, sus intervenciones siempre fueron abucheadas y la silbatina le impidió exponer sus argumentos. Al dar por concluido el evento y mientras era entrevistada para Milenio Televisión fue agredida por la espalda por un par de mujeres que le tiraban del cabello y le preguntaban de qué les tenía miedo. Al seguir su camino de salida, se le acercó un tipo y le estrelló un pastel en el rostro, con muy buena puntería, por cierto.

Entiendo que en ocasiones hay audiencias sumamente agresivas y que lo mejor que puedes hacer es no debatir con ellas, sino agradecer su presencia y retirarte. Lo mismo que sucede con lectores que en lugar de expresar sus puntos de vista se cansan de amenazar e injuriar, se agradece su participación y a otra cosa, pues de tales situaciones nada positivo se concluye. Todo esto en el plano del debate y la confrontación pública y que uno debe aceptar si quiere participar en esos foros. Lo que es inadmisible es que se pase de la crítica, aún sea la más vil y acérrima, a la violencia física, no es posible que admitamos en la plaza pública como argumento ni jalones de cabello, ni pastelazos, como ninguna otra manifestación que implique agresión personal y física.

Quienes agredieron el sábado a la Lésper hoy deberán arrepentirse no por sus acciones sino por haberle dado a la crítica los mejores y más sólidos argumentos en su contra, basta con escuchar las primeras declaraciones que hizo a Milenio después de lo sucedido para darse cuenta no sólo de que se han echado un alacrán al cuello, sino que emprenderá su propia cruzada, con todo lo que tenga a su alcance, hasta acabar con esta, para ella, infra-manifestación y sus autores.

Lo más delicado del caso es que posiblemente estemos frente a uno de muchos otros casos en que se haga presente la intolerancia, si así se manifiesta en un debate cultural, ya podemos imaginar que podría suceder con otro tipo de temas.

 

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Con los pies en la tierra (II de II)

En la entrega anterior dije que uno de los aspectos que más me interesaron de la exposición Con los píes en la tierradel francés Pierre Verger (1902-1996), que se presenta actualmente en la Fototeca de Nuevo León, fue el que a través de sus imágenes podemos atestiguar uno de los períodos más importantes en la historia Moderna de México, los momentos, los espacios, las actividades, los personajes de un país que iniciaba su apuesta por su transformación modernizadora.

Si reformuló lo anterior estaría diciendo que esta muestra de la enorme cantidad de trabajo que generó Verger, resulta mucho más interesante por lo que muestra que por el medio que emplea para hacerlo, es decir, por la fotografía. Y es que estamos frente a uno de esos casos en que prestamos más atención, por las causas que fuera, a la pura imagen que al objeto mismo, lo que difícilmente sucede con cualquier otro medio, por ejemplo en La Victoria de Samotracia, extraordinariamente sólo veríamos una mujer alada, más bien vemos la unidad símbolo-victoria-escultura, la forma y el contenido simultáneamente, lo que no sucede en la fotografía y menos cuando se trata de este  tipo de fotografías –las de Verger–.

Para su desgracia, la aparente objetividad y neutralidad de la fotografía frente al sujeto retratado, fue desde un principio su gran éxito, pero a la vez el argumento más serio y contundente para su rechazo como una manifestación ya no digamos artística sino simplemente creativa.

Niño en la Ventana

Mujeres en día de fiesta

Si hacemos a un lado esta crítica y nos quedamos únicamente con su aspecto positivo, tendremos lo que se ha dado en llamar fotografía documental, o sea, aquellos objetos que por la imagen –objetiva, automática, impersonal– que preservan se convierten en valiosos documentos a través de los cuales se puede extraer información varia, importantísima para el conocimiento de un momento, un espacio, un acontecimiento, un personaje, toda una época. Así pues, estas imágenes devienen en lo que estudiosos como André Rouillé y algunos otros, denominan la fotografía documento, o, como yo le diría, documento fotográfico, igual que un mapa, un diagrama, una carta, un edicto, etc. Según Rouillé este tipo de fotografía que fue con el que nació el medio y que aún sigue siendo visto y empleado por muchos, poco tiene que ver, o, mejor dicho, es distinto a lo que podrían ser otros tipos de fotografía, por ejemplo, la de los artistas, o la artística.

Así pues, la exposición que venimos comentando nos presenta una serie de documentos fotográficos sobre las actividades, espacios y población de México allá por la década de los años ’30, quién esté interesado por este momento, quién quiera saber más acerca de que sucedía a unos cuantos años de haber concluido la Revolución, sin duda, al estudiar estas imágenes encontrará variada y valiosa información.

Pero en este caso, sin negar lo dicho, hay algo más. Por su origen, contacto con la fotografía y posterior desarrollo, yo compararía a Verger con Henri Lartigue (1894-1986), este último decidió quedarse en Francia y documentar su vida y sociedad, el otro, Verger, decide, como decíamos la semana pasada, evadir occidente para encontrarse consigo mismo.

Baile de las doncellas

Esta comparación que podría extenderse, me permite ver en Verger una cultura fotográfica. Si decide emplear la fotografía como medio de vida y para documentar su descubrimientos y registros antropológicos, arquitectónicos, etnográficos, etc., es porque ha visto antes este tipo de fotografía, conoce los alcances del medio, lo que le facilita en su trabajo de campo. En este sentido no sorprende encontrar entre sus muchas imágenes algunas que sobresalen por su valor fotográfico, es decir, como fotografías y no sólo por lo que muestran. Menciono cuatro de ellas que creo no me dejarán mentir, todas de 1937:Niño en la ventana, Pátzcuaro, Mich; Mujeres en día de fiesta, Huachinango, Puebla; Baile de las doncellas, Tzintzuntzan. Mich.; Espectadores de la danza de Moros y cristianos, Tzintzuntzan, Mich.

Espectadores de la danza de Moros y Cristianos

Es fácil asociar estas imágenes con algunas otras obtenidas por grandes fotógrafos que no forzosamente buscaban ni documentar, ni dejar testimonios etnográficos, pienso, por ejemplo en Manuel y Lola Álvarez Bravo, en Graciela Iturbide, pero también en Tina Modotti, Cartier-Bresson o Bernard Plossu. Y no es que sea casualidad o complacencia, todos ellos forman parte de una misma tradición, la de la fotografía moderna. Ya decíamos, una vez superadas las críticas a la falta de capacidad creativa de la fotografía (¿en verdad han desaparecido?) y al irse haciendo extensivo su uso aparecerá un nuevo tipo de imagen, la fotografía de autor, o mejor dicho, la fotografía de fotógrafo, o sea aquella en la que no sólo se reconoce en la imagen final  un proceder que es posible atribuir a fulano o mengano, sino que ese proceder es una especie de firma, un ADN dejado en la imagen con la intención de que se sepa quién es, quién fue, su autor.

Grande pues la exposición de Pierre Verger, un auténtico representante de una forma de ver, entender y hacer fotografía, que cada vez más va quedando en el pasado reciente.

 

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Con los pies en la tierra (I de II)

Con los píes en la tierraes el título de la exposición del francés Pierre Verger (1902-1996) inaugurada el pasado día 19 en la Fototeca del estado del Centro de las Artes. Una muestra que recoge parte del trabajo que llevó a cabo en nuestro país en tres visitas que hizo en 1936-37, 1939 y 1957, en particular la obra que se centra en el elemento humano durante sus ceremonias o fiestas civiles y/o religiosas.

Retomado del Renacimiento, el mito del Buen Salvaje, cobrará distintas formas a partir del siglo XIX. Una de las favoritas o de mayores consecuencias es la renuncia total al llamado mundo civilizado para ir en pos o al encuentro de una vida más plena, en armonía y obediencia con las leyes de la naturaleza. Dos de los ejemplos posiblemente más conocidos son Paul Gauguin y sus largas estancias en las islas del Pacífico del Sur (a partir de1895) y Antonin Artaud y sus experiencias con los Tarahumaras (1936). A esta lista de personajes repelidos o autoexiliados de la modernidad occidental, hay que sumarle ahora, sin duda alguna, el nombre de Pierre Verger; fue tal la atracción que sintió por lo visto y vivido de este lado del Atlántico que terminó siendo absorbido por las tradiciones y cultura afroamericana del Brasil, en especial por el rico sincretismo de los ritos y creencias religiosas del Candoblé, llegando a convertirse el mismo en Babalawo o sacerdote de Orunmila, una especie de vidente que conoce tanto el pasado como predice el futuro.

Interesante y a fin de tener una idea más clara y precisa del trabajo del francés sería poder conocer también esta otra parte de su quehacer, así como toda la demás que produjo en Europa y otros países del mudo. En este caso, el orden de los factores sí afecta al producto, pues no es lo mismo una exposición sobre la población del México postrevolucionario con fotografías de Paul Verger que una muestra del trabajo fotográfico del mismo autor, incluido su trabajo realizado en nuestro país. Esta diferencia, que pudiera parecer sutil y casi sin relevancia, se vuelve importante si consideramos, uno, la naturaleza del material que nos presenta la exposición y sobre la cual hablaremos en la siguiente entrega, y, dos, que través de muestras como esta aprendemos más de  nuestra propia historia que sobre la trayectoria de un fotógrafo en particular.

Hay que destacar que para la realización de esta muestra se llevó a cabo un intenso trabajo de campo e investigación hemerográfica a fin de identificar correctamente y actualizar la información de cada una de las más de 180 fotografías que se presentan. Menciono el hecho, no solo para reconocer el valor de quienes llevan a cabo estas tareas, sino también para darnos cuenta de la inmensa cantidad de información que puede proveer o que se puede obtener de un archivo de proporciones monstruosas como el que reunión Verger a lo largo de toda su trayectoria.

En lo personal esta exposición me resulta de interés por varias razones, no sólo por lo apuntado hasta ahora y lo que trataré la próxima semana (dedicado a la fotografía), sino también porque nos ofrece una imagen de México en un momento por demás interesante en la historia moderna de nuestro país, acentuado este interés en la vida rural o pueblerina del mal llamado interior la República. Yo no alcanzo a ver, como dice en una de las cédulas de sala, la incipiente decepción frente a las promesas de la modernidad, en cambio sí veo algunas manifestaciones de esa cultura nacionalista que se fue imponiendo hasta principios de los años ’50, las marchas, la publicidad de los negocios y mercancías, la incorporación de ropa, calzado y demás artificios nuevos dentro, incluso, de las propias ceremonias. Veo, y eso es lo que me parece más interesante, el momento en que nuestro país va dejando atrás al México tradicional para convertirse –mal y desigualmente, inequitativamente—en un país que aspira a ser moderno, esto es, nos muestra, aunque quizás ello no fuera su intención, un momento de transición.

He presentado sin resultados en un par de ocasiones, el proyecto para llevar a cabo una exposición de la fotografía del mundo indígena y rural que se ha llevado a cabo en nuestro país desde Aubert y Charnay, de Lumholtz o Jackson, pero también de Becerril y Brehme, pasando por López y Ramos, Manuel y Lola Álvarez Bravo, Cartier Bresson, Boubat, Graciela Iturbide y Ortiz Monasterio, es decir una especie de antología de la fotografía digamos que de tipo indigenista que se ha practicado en nuestro país, tanto por extranjeros como por nacionales, desde el siglo XIX hasta finales del XX. Una muestra tal, nos permitiría ver, no sólo, los cambios de visión entre nuestros fotógrafos y los de fuera, sino precisamente, esos momentos de inflexión, esas sutilezas que son imperceptibles a primera visita, pero que, con el paso del tiempo, acaban por substituir a las formas anteriores, con ello podríamos enriquecer, y con mucho, nuestra idea e imagen de nosotros mismos.

 

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¿Se puede y se debe enseñar arte? (II de II)

La semana pasada, a raíz de una discusión iniciada por la escritora Germaine Greer al afirmar que el arte debía enseñarse en casa y sacarlo del currículum de las escuelas, escribí que sostener una posición a favor o en contra, dependería de la concepción que cada cual tuviera sobre lo que es y no es el Arte y cómo debe ser este, cuál su apariencia y cuál su proceso de creación, o a través de qué se llega a su consecución. También dije, que la postura que se asuma y los argumentos que se esgriman a favor o en contra se alinean ideológicamente, por lo que nos revelan otra cara de lo que son las manifestaciones artísticas; sobre este punto regresaremos más adelante.

Si el eje de esta polémica es la concepción que se tenga del Arte, no menos importante será lo que se entienda por Artista. Posiblemente no hay una palabra más manoseada y devaluada que esta y ello se debe a su uso y aplicación irrestricta, primero a todo aquel que demuestra una cierta maestría en la ejecución de alguna actividad, por lo que hablamos de artistas de la cocina, de ventas y hasta del amor. Pero la palabra igualmente se aplica a toda aquella persona que pertenezca al campo de espectáculo, de tal suerte que todo cantante, bailarín(a), ejecutante, etc., recibe sin vergüenza alguna, el mismo nombre, todos son artistas. Es obvio que esta falta de rigor en la aplicación del término ha conducido a un estado de confusión, irreflexión, abusos y fraudes, del cual han salido más beneficiados, por absurdo que parezca, los menos dotados o capaces.

Así pues, para quienes artistas son todos los que he mencionado anteriormente tendrán la idea de que es posible formarlos y que hay que tener escuelas, especializadas incluso, para su mejor desempeño. El lado opuesto, que tendría una idea mucho más restringida respecto a qué es un artista, sería de la opinión que no se pueden formar o capacitar más allá de lo elemental (enseñar a escribir y leer, por ejemplo; conocer el círculo cromático, saber las notas musicales, etc.).

A estas dos posturas pudiéramos enfrentarles una tercera, una más contemporánea que parta de un análisis divergente, más complejo y actualizado de lo que es el Arte en sí mismo y sus productores o Artistas. Al respecto me aclara Juan Alberto Mancilla, quien no solo es un extraordinario productor, sino un experto en la didáctica de las artes a la que le ha dedicado, desde el sector oficial, buena parte de su trayectoria:

“Te comento que en educación básica la asignatura de Artes nunca ha tenido el objetivo de formar artistas, sino personas que  adquieran la sensibilidad, la creatividad y la percepción, habilidades del pensamiento artístico, con ellas se pretende que sean personas que aprecien las manifestaciones artísticas, que conozcan los bienes culturales y que ejerzan su derecho a disfrutar la cultura, además, en un momento dado, se apropien de un lenguaje artístico que les permita comunicar ideas, sensaciones y emociones.”

Por lo que se ve, al menos en lo que es la educación básica –y esperemos que esta clase de avances no se vayan a malograr con la supresión de la Reforma Educativa—no se piensa ni se cree en la formación o educación de los artistas, en su lugar la apuesta es mucho más ambiciosa, se busca difundir, nada más ni nada menos, algo que yo llamaría educación en el arte, cuya finalidad sería tener una comunidad sensible, conocedora, apreciadora y fomentadora de las manifestaciones artísticas que generé ella misma o se le ofrezcan. No sólo se ganarían nuevos públicos de esta manera, sino que actitudes como la tolerancia y el ser incluyentes se verían favorecidas y potenciadas lo que traería, sin lugar a dudas, un mejoramiento del clima social.

Haciendo extensiva esta educación desde el nivel básico, hasta los niveles universitarios, quien sintiera la inclinación por las letras, la pintura, la música, etc. tendría una visión más clara de lo que quisiera ser y hacer el resto de su vida y así buscar la especialización que requiriera, pero más como consecuencia de su sensibilización en el disfrute y conocimiento de las manifestaciones artísticas que como resultado de una educación específica para la formación de Artistas.

Una comunidad formada por miembros sensibles a las artes, a las humanidades, educados cívicamente, es, por extensión, una comunidad participativa, pero también mucho más crítica y demandante. En este sentido es obvio que habrá gobiernos e instituciones privadas que preferirán erradicar de los currículos este tipo de conocimiento para ser substituido por aquel que se centre en el beneficio personal, individual, instantáneo, material. También en este sentido es que la educación se convierte en una valiosa herramienta por la que se está dispuesto a ir al debate público. Lo que hay que tener claro aquí es que no es un problema que se restringe al campo educativo, sino que son tendencias de la sociedad en su conjunto, si no está dispuesta o no puede cambiar sus actuales pautas de proceder, difícilmente se podrá pedir y esperar algo más de la educación.

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¿Se puede y se debe enseñar arte? (I de II)

A fines del mes pasado, se entregó en Londres el premio South Bank Sky a las artes visuales, este año la galardonada fue la pintora Rose Wylie (1934-), quien fue presentada por la conocida escritora y polémica intelectual Germaine Greer (1939-). Durante la rueda de prensa Greer sorprendió al afirmar que el arte no debiera enseñarse más en las escuelas, sino que es algo que se debe desarrollar en los hogares.

El tema y la postura con respecto a la relación institución educativa-enseñanza del arte, me recordó la misma polémica desataba hará unos cinco años o algo más, por el maestro uruguayo Luis Camnitzer (1937) quien igualmente comentó sobre la incapacidad de las universidades para la enseñanza de las artes.

Antes de continuar conviene hacer un par de aclaraciones. La más importante, quizás, el tema y la o las controversias que pueda despertar dependen, en buena medida, de nuestra idea acerca de qué es el Arte y cómo debe ser. Es obvio que a diferentes concepciones de lo que es o debiera ser el Arte le corresponden posturas, igualmente, diferentes, respecto no solo a si se enseña o no, sino también de quién depende esa enseñanza, con que garantía lo lleva a cabo, qué representa para el conjunto social, etc. Y, dos, que sea el mismo tema el que abordan Greer y Camnitzer, de ninguna manera significa que su postura, teórica e ideológica, sea la misma. Sobre este punto regresaré en un momento más.

Me parece que ambos personajes, así como el grueso de la sociedad conciben al Arte de manera similar, esto es, convencionalmente. Dan por sentado que hay una o unas personas que por diversas circunstancias –por ejemplo, por haberse sometido a una preparación o capacitación– se expresan por medio de objetos –fabricados por ellos o no—bi o tridimensionales que se presentan o son presentados socialmente como Arte, para ser asumidos y legitimados como tal por un grupo reducido, minoritario, elitista. Sobre esta idea gira toda la discusión emprendida tanto por Greer como por Camnitzer y, sin duda, por muchos más.

En sus recientes declaraciones Germaine Greer, sostiene que el arte, al ser imposible de evaluar objetivamente, no tiene caso que se intente enseñar en la escuela; que ésta, se encuentra incapacitada para formar artistas, por lo que mejor sería que se cultivaran en los hogares y no se desperdiciara tiempo y recursos incluyéndola como materia en los currículos escolares. La escritora debe su celebridad a ser notoria representante del llamado feminismo de la segunda ola; además del reconocimiento a su obra más difundida Female Eunuch(1970), se ha ganado el respecto y admiración de todos por sus controversias públicas, por ejemplo, con Norman Mailer a favor del feminismo. Pero también ha llamado la atención por sus contradictorios comentarios sobre el transexualismo, el movimiento #me too, los feminicidios y la violación.

Por su parte Camnitzer, sostiene, a pesar de ser profesor emérito de la State University of New York (SUNY), que es un fraude el que las universidades intenten enseñar arte, entre otros argumentos, porque el arte es libertad de acción, rebeldía, experimentación, atrevimiento, ir en contra de lo establecido, etc., actitudes, conductas, que son no solo rechazadas por la sociedad, sino incluso, en algunos casos, castigadas, reprimidas por indeseables.

Me parece, pues, que las posturas de ambos intelectuales, más allá de las apariencias superficiales, son muy distintas, así como también queda claro que lo que se discute tiene implicaciones que van más allá de esta capacidad-incapacidad para la enseñanza de las artes por medio del sistema escolarizado. Más bien parece que se trata de una asonada en contra de la presencia de las artes en las escuelas, es más, yo diría que, a escala global, México incluido, por supuesto, hay una fuerte tendencia que busca eliminar no solo las artes de los programas de las escuelas públicas en particular, sino todas las humanidades para favorecer los aprendizajes tecnológicos. Esto, que podemos tomar por el núcleo de la polémica, lleva, inevitablemente, a la toma de posiciones ideológicas, y, en consecuencia, sociales y políticas.

El pragmatismo, el inmediatismo, el individualismo, el utilitarismo, la poca claridad y certidumbre con respecto al futuro al que nos condena el mundo contemporáneo lleva, si no al rechazo, sí a la mediatización de las artes, como obras suntuarias de la vida social, de ahí que no sean responsabilidad del estado y que se deje su cultivo y difusión en manos de particulares que pueden darse el lujo de pagar su ocio. Si las escuelas de educación superior y universidades se alinean con esta visión, sería obvio que lo último que desearían promover es una actitud rebelde y contestaría; siempre será mejor enseñar a sumar y multiplicar, a repetir, que a pensar y cuestionar. ¿Pero, qué pasaría si sacamos del currículo de las escuelas públicas –y aun de las privadas– a las artes y demás humanidades?, ¿quién o quiénes y con qué intenciones las fomentarían, bajo qué ideas, con que fines?

 

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Lo que nos puede venir

Obviamente a dos días de haberse confirmado el cambio en la administración federal no puede saberse qué es lo que sigue ni cómo será. Es más, debemos esperar a que llegue el primero de diciembre para empezar a ver algunas señales de posibles cambios, y de ahí a que sea efectivos y saber sus consecuencias faltará otro poco; para que nos afecten en el día a día en Nuevo León, faltará otro tanto, y para que se vea de qué manera afectará a la vida cultural del país mucho más, y la de nosotros en Monterrey aún más, y eso si es que llegara a tener algún efecto.

Lo que sí podemos hacer es revisar críticamente a quienes hasta ahora se ha anunciado serán los titulares del próximo gabinete. En el caso de la Secretaría de Cultura se presentó a la Srita. Alejandra Frausto Guerrero, una dama de muy corto currículo pero que gusta, como muchas pseudointelectuales de la dizque izquierda, presentarse a la Frida Kahlo, lo que se justifica por ser la directora de culturas populares, indígenas y urbanas de la propia Secretaría, puesto que obtuvo, según dicen, gracias a algunos favores que le debía Rafael Tovar y de Teresa (+). Como otros muchos de los que serán responsables de cargos públicos, Frausto Guerrero ha sido cuestionada por su honradez y transparencia en el uso de los recursos públicos con que ha contado. Funcionaria, responsable de la cultura en Guerrero en la poco clara administración del Ángel Aguirre, su logro más meritorio fue la creación del festival Acuérdate de Acapulco, del que, quizás, ni memoria se guarde. Tampoco es muy clara su relación con el Claustro de Sor Juana del que fue directora de extensión cultural. En síntesis, doña Alejandra habla bien y se ve una mujer inteligente, emprendedora, ambiciosa, sagaz, trepadora. ¿Por qué será secretaria de Cultura? La verdad, por lo que se sabe de ella y de su trayectoria, no lo sé.

Durante la campaña Frausto llegó a presentar un librito intitulado El poder de la Cultura, en el que presenta de manera esquemática lo que sería el proyecto cultural del próximo gobierno. Según lo entiendo tiene tres grandes ejes de acción, uno, infaltable estos días, propiciar el acceso y uso creativo de los medios electrónicos. Dos, llevar la cultura, las manifestaciones artísticas en todas sus manifestaciones al pueblo. Y, tres, ampliar las redes de distribución y exhibición con que cuentan las artes. La interrelación entre estos tres ejes es más clara si ponemos el siguiente ejemplo. Supongamos que el estado se vuelve co-productor de una película a través de su política de exención de impuestos. Su distribución, lo sabemos, dependerá de los circuitos comerciales, ¿cómo hacer para que llegue a más espacios y más público? Fácil, la distribuyes, por ejemplo, entre diversos municipios y la proyectas, electrónicamente por supuesto, contra la barda de esta o aquella escuela, mercado, o centro comunitario, con lo que se cumple el objetivo de ampliar los canales de difusión y circulación y el de llevar la cultura, en este caso el cine, a más públicos. Me queda claro así que lo suyo, lo suyo, es la reunión en la plaza pública.

En esta línea cuenta con un recurso más, revivir las famosas Misiones Culturales de Vasconcelos; de ellas nacieron, por ejemplo, los no menos famosos libros de Lecturas clásicas para Niños y el de Lecturas para Mujeres, ambiciosas antologías de la literatura clásica, para, en ese entonces, un pueblo mayoritariamente analfabeto. De ahí que ya muy pocos las recuerden y menos aun pretendan revivir el proyecto que les dio luz. Por supuesto que volver hablar de las Misiones Culturales del ministro Vasconcelos tiene que ver con ese espíritu nacionalista con el que tendremos que acostumbrarnos a vivir, pero que desconoce supinamente las condiciones históricas, sociales y culturales que llevaron a los gobiernos emanados de la Revolución a tomar unas y no otras decisiones.

Pero quizás el yerro más grave de este proyecto que se propone para el próximo sexenio sea el intento de llevar la cultura al pueblo. Ya en muchas otras ocasiones me he detenido a discutir esta idea. Por supuesto que ampliar el acceso a las manifestaciones artísticas, así como su oferta, deben estar en el centro de cualquier política pública, pero no se le puede dar a nadie lo que no quiere, lo que no conoce, lo que no le interesa. Quizá mejor debiera hablarse de programas para la formación de públicos y, sobretodo, de estrategias que sirvan para atraer, a ese pueblo que se quiere servir, al conocimiento y disfrute de la amplia variedad que presentan las diversas prácticas artísticas. Mientras no se piense, creo yo, de esta u otra forma que no sea el dilapidar recursos llevando orquestas sinfónicas a pueblos fantasma, no se podrá hablar de avances en el campo de la cultura.

Dice Frausto que en este nuevo gobierno la cultura será central y palanca de desarrollo, estabilidad y cambio verdadero. Como dije al principio, aun es muy pronto para saber qué pasará, pero si mientras hay que creer en la que nos propone esta señorita, no hay nada que me impida seguir pensando que esto ha sido un tremendo error.

 

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