Descafeinado

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Queda fuera de toda duda la calidad y talento de los productores culturales cubanos, sea del área de las artes visuales, la música, la arquitectura, o como bien sabemos la danza, en todas ellas sobresalen. Son de llamar la atención la capacidad técnica que han desarrollado y la creatividad e imaginación que despliegan en todas y cada una de las piezas que producen.

Hay quienes atribuyen estas habilidades y/o destrezas a la necesidad de sobreponerse a las limitantes con que se han acostumbrado a vivir ya como resultado del embargo comercial norteamericano, ya por las restricciones de acceso a la información impuestas por el gobierno de la isla. Otros más las ven como resultado tanto de su historia y los saberes y capacidades acumulados a lo largo del tiempo, como a la extraordinaria mezcla de sangres que dan paso a costumbres, creencias, tradiciones que son parte indivisible de la variopinta población actual.

Desconozco si así fue planeado, pero contamos en este momento con dos muy buenas muestras de arte cubano en la ciudad. La exhibición individual de Segundo Planes en el Centro Cultural Plaza Fátima que próximamente comentaré, y la de Los Carpinteros, inaugurada el pasado viernes 21 en el museo MARCO.

Los Carpinteros nace como colectivo en 1992; originalmente estuvo formado por tres productores avecindados en La Habana, Alexandre Arrechea, (1970), que dejó al grupo en el 2003, Dagoberto Rodríguez, (1969), y Marco Castillo, (1971). La fecha de inicio es importante pues, como se recordara, ese año es el inicio del periodo llamado de Excepción, que corresponde al retiro del apoyo, económico, cultural, educativo, social, etc., que la Unión Soviética y sus aliados brindaban a Cuba, el momento de mayor apuro y penuria económica podríamos decir, pero, paradójicamente, también corresponde al principio de la explotación intensiva del turismo, para lo cual contaron, principalmente, con el apoyo, conocimiento, y prestigio del sector hotelero español, lo que permitió la llegada de un turismo más variado y de intereses diversos. Si anteriormente y por tradición México y América Latina, habían sido las ventanas al mundo para Cuba, ahora se les sumaba España abriéndolos a Europa.

Este brevísimo e incompleto apunte es suficiente para entender dos aspectos referentes al trabajo de Los Carpinteros. El más simple, el porque del éxito del grupo a partir de sus presentaciones en ARCO y demás ferias internacionales (de hecho el porqué viven y trabajan en Madrid y La Habana); el segundo, algo más complejo, el desencanto por las ideologías, o falta de postura o compromiso personal que muchas veces parece estar presente en sus trabajos, por más que en su origen haya sido un grupo destacado por su actitud crítica y permanente cuestionamiento. Por ejemplo, el Faro tumbado, 2006, melancólica imagen del fracaso del régimen comunista.

Ocho instalaciones, nueve acuarelas de formato grande y un video, es el material que expone el MARCO, todas como ya se ha dicho de impecable factura. En particular me llaman la atención las acuarelas, técnicamente son casi perfectas, más sobresalen por el manejo de la luz, es como si sus soportes (papel) estuvieran cubiertos por una diáfana capa de color que hace ganar a los objetos pintados nitidez y claridad.

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De entre estas acuarelas hay una que me parece puede servirnos para entender un poco mejor esta exposición, se trata de aquella que representa una pesada construcción en cuyo frente se lee con grandes letras “El pueblo se equivoca” (2015), una terrible sentencia con una poderosa carga ideológica viniendo de donde viene. Que Donald Trump lo dijera no sería sorprendente, que lo digan unos jóvenes cubanos sí que pesa y mueve a la reflexión. Como también lo hace 17 mts. (2015), la instalación con 17 metros de trajes para caballero (camisa, chaleco y saco) que llevan una estrella en el pecho que los atraviesa y sale por la espalda, trata sobre la uniformidad, la uniformidad deseaba por el gobierno de La Habana, pues esa estrella es la de su bandera. Pero ¿dónde, en esta exposición, está el contexto, histórico, político, social, que nos permita leer correctamente estas piezas?, ¿es realmente necesario?

Creo yo que hay dos (en realidad debe haber muchas más) maneras de acercarse a esta muestra, una es por el lado de los objetos, por el de su cocina, e incluso por el de su belleza y poesía; la otra, por el lado de contemplarlas con su trasfondo cultural y político. La primera es como tomar café sin cafeína, el llamado descafeinado que corresponde un poco a fingir que estás tomando café y además que así lo aprecias.

 

Publicado originalmente en Milenio Diario
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Dos precisiones necesarias

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Presento a su consideración dos temas diferentes, uno de ellos relacionado con la historia del arte local, el otro, sobre políticas culturales, ahora que parece todo mundo sabe qué es eso y quiere llevar las propias a la práctica.

Recientemente, durante la presentación de la segunda edición del catalogo de la Pinacoteca de Nuevo León, Jorge García Murillo, una de las personalidades con las que compartí el presídium, al hacer su balance sobre la conformación de la Colección de la Pinacoteca, entre muchas otras cosas con las que estoy de acuerdo en su mayoría, me pareció se lamentó o quejó de la que él supone es poca representatividad, en el acervo estatal, de la pintura abstracta. Me detengo aquí porque dicho con la autoridad, simpatía y convicción con que el maestro García Murillo suele dar sus conferencias, pareciera que es verdad, cuando, desde mi punto de vista el tema no es exactamente como se dijo.

Aunque aparece en dos o tres de los libros canónicos de la historia del arte local (que deben ser revisados permanentemente), incluso en el texto mismo del catálogo, la historia de esta colección, la del estado, la de la Pinacoteca, está aún por escribirse, por lo que es importante proceder con tacto y no sacar conclusiones apresuradas. La supuesta poca representatividad de la pintura abstracta, se resuelve, primero, pensando en las condiciones y tiempos bajo los cuales se ha desarrollado la actividad cultural en el estado, por lo que las tendencias abstractas no sólo habrían sido escasas por falta interés, gusto y, en consecuencia, de compradores, sino que también habrían hecho su aparición tardíamente. Así pues, comparativamente hablando y tomando en cuenta esta sola variable, el número de pinturas abstractas siempre será menor al de cualquier otra tendencia, y conforme crezca la colección, cada vez más será minoría. Por más que nos parezca esta una aberración, no hay poder humano que la modifique o revierta, simple y sencillamente así es nuestra historia.

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Una buena parte de quienes participamos de y en la mal llamada comunidad cultural del estado, estamos de acuerdo en que es necesaria una reestructuración total del CONARTE. Muchos son los argumentos que se dan para pedir esta y otras acciones tendientes a la mejora del organismo rector de las políticas culturales del estado, digamos que la mayoría puede resumirse en una especie de hartazgo por ver que con el correr del tiempo se siguen repitiendo las mismas prácticas, con los mismos resultados y las mismas personas, es decir, se siguen haciendo exposiciones de los mismos artistas locales, con ínfimos catálogos y ninguna consecuencia, las siguen organizando las mismas personas, e instituciones como el CONARTE las arropan como si fuera lo único que pueden o deben hacer.

Digamos, en principio, que es cierto y que esta situación es motivo suficiente para desear un cambio en y dentro del CONARTE. Independientemente de lo que en otras áreas se debe pedir y que es posible se asemeje a lo dicho, pensemos ¿qué tantas otras cosas se pueden hacer que no se estén haciendo ya en este momento?, digo ¿qué tantas otras cosas que en verdad sean significativas y contribuyan al enriquecimiento de nuestra vida cultural, no se llevan a cabo? ¿No más bien lo que se necesita—que es exactamente de lo que hemos carecido los últimos 20 años—es continuidad en programas y proyectos? ¿No es continuidad lo que necesitamos en la edición de libros, en el seguimiento de las becas otorgadas, en las investigaciones emprendidas, en las relaciones con otros estados, la federación e incluso la iniciativa privada?

Me parece que lo que se quiere decir es que no se vale estar haciendo exposiciones, editando libros, produciendo teatro o cine, bajo el mismo esquema, es decir sin pies ni cabeza o por pura inercia, sin objetivos, sin metas, sin posibilidades reales de evaluarlos. No es que se deje de hacer exposiciones, claro que se deben seguir haciendo, pero dentro de una racionalidad y planeación que por lo pronto no son tan explícitas y claras como seria deseable.

Dice el dicho que hay que tener cuidado con lo que se desea pues en una de esas se te concede. Así pues, en lugar de pedir otro CONARTE, deberíamos desear su continuidad, no vaya a ser que nos quedemos como el perro de las dos tortas. Desear, promover, la continuidad del Consejo, no es justificar sus yerros, ni maquillar sus deficiencias y limitaciones; es, simplemente, tomar lo que ya tenemos y potenciarlo a otro nivel, es y será siempre más sencillo trabajar de esta manera y en esta dirección, que fingir no hay nada y empezar de nuevo, de cero, cada seis años.

 

Publicado originalmente en Milenio Diario.
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Regreso a clases

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Ayer, con el consiguiente aumento y complicaciones en el tráfico, regresaron a clases las universidades y preparatorias privadas de la ciudad. Provengo de una larga y antigua estirpe de educadores universitarios, por lo que me cuesta trabajo entender cómo es que, para este día y el resto del semestre, es más importante el bronceado, la ropa y los accesorios de moda y temporada (hablo de mujeres y hombres), que llevar papel y lápiz para siquiera apuntar el nombre de las materias con que se entretendrán el resto del semestre, es decir, hasta fines de noviembre próximo, los siguientes 4 meses, porque hasta eso ha cambiado, a los semestres, que ya poco o nada tienen que ver con los de antaño, se les sigue llamando de esa manera aunque en verdad se trate de cuatrimestres.

La Universidad, el cole o la escuela, o como quiera que le llamen los universitarios de hoy, es, en estos momentos, uno de los campos más interesantes de encuentro o confrontación entre pasado y futuro, tradición e innovación, conocimiento e información, valores e inmediatez, y de cuyos resultados depende, aunque suene cursi y a Perogrullo, el futuro que tendrá nuestra sociedad. Frente a la evolución, aplicación y futuro de las tecnologías de la comunicación digitales, y el crecimiento mismo de las ciudades, entre otros factores (por ejemplo los relativos a la seguridad), me parece que el devenir de las Universidades, tal y como las conocemos, está más que sellado, se convertirán en espacios destinados a otras actividades, ya no a la tradicional enseñanza-aprendizaje.

Ni buenos ni malos son los cambios que ha sufrido y sufrirá esta institución que significó tanto para la Modernidad, y si hablo de lo que fue la Universidad para la construcción de nuestras sociedades, mi única reflexión respecto a las transformaciones que sufre, se refiere a la pervivencia y destino de eso que en algún momento llamábamos e identificábamos como espíritu universitario: la postura crítica, el ansia o hambre de conocimiento, la seguridad de construir un mejor futuro para todos. ¿En diez, veinte o más años podremos seguir hablando de que es la transmisión de este espíritu a las nuevas generaciones, la tarea más importante de la Universidad?

Ni buenos ni malos son los cambios, por el contrario, la inmovilidad en una institución, su rigidez, su incapacidad para entender, absorber y modificarse de acuerdo a lo que sucede en su entorno, las convierte no sólo en elementos incómodos sino hasta retardatarios para la realización de otros cambios; por tanto el que las universidades se vean sometidas a estas y otras tensiones, hay que saludarlo como algo natural, necesario e irreversible.

La educación artística, o mejor dicho, la educación para las artes, es un tema basto y complejo como para ser tratado en unas cuantas líneas, se ha vuelto más polémico desde que entró, a partir de la segunda mitad del siglo XX, a las aulas universitarias, para ser tratado como la instrucción necesaria para ejercer una profesión. Si la vieja academia fue rebasada por el taller individual y las clases personalizadas, y este sistema por el universitario, ¿qué podríamos esperar en el futuro?

Nuevamente parece obvio que no se puede seguir enseñando a pintar, grabar o esculpir, cuando nos invaden otros medios, o por lo menos no como se hacía a fines del siglo XIX bajo los esquemas de la Academia o las escuelas particulares. La alfabetidad visual, el uso y combinación de medios, la satisfacción social a distintos niveles, parecen ser, entre otros, insumos más necesarios para incorporarse a un mundo –el del arte- cada vez más complejo y competido.

Si para Adorno, Brecht o Horkheimer, no sólo era imposible seguir escribiendo poesía después de Auschwitz, sino que se convertía en un acto de barbarie, ¿qué decir, qué enseñar después de haber vivido los infiernos de Ruanda, la guerra de los Balcanes, o las guerras locales o regionales de Pakistán, Afganistán, Siria o la propia Rusia? ¿Estamos preparando a nuestros productores plásticos para enfrentar casos como los de Ayotzinapa o San Fernando, los feminicidios que se multiplican por todo el país? ¿Los estamos preparando para tratar por sí mismos estos temas o para hacerlo sólo si el mercado los demanda y consume? ¿Los productores del futuro serán de la comunidad o del mercado, sus proveedores?

En estos días, no los estudiantes, sino los que estamos del otro lado, ya como padres, maestros, administradores o autoridades, bien haríamos en preguntarnos qué tan comprometidos estamos con el futuro o qué tanto seguimos atados al pasado, la diferencia podría ser clave para un buen regreso a clases.

 

Publicado originalmente por Milenio Diario
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Cuba II

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Patria o muerte

 

Hace una semana hice mención a los cambios que me parece, de manera mas evidente, vive la isla de Cuba, teniendo como telón de fondo el acercamiento y virtual restablecimiento de relaciones diplomáticas con los Estados Unidos. Ahora, estas líneas quisiera dedicarlas, aunque sea brevemente, a algunos aspectos del arte cubano.

De los tres o cuatro museos que se encuentran ubicados en la Habana (de la Revolución, de Arte, de la Industria) el que conserva y difunde el arte cubano –pintura, escultura, dibujo y gráfica- es el de Bellas Artes. Quizás lo primero que habría que decir al respecto es que en México difícilmente podríamos encontrar un museo semejante dedicado por completo al arte mexicano, desde su periodo virreinal al contemporáneo (no se muestra aquí el periodo prehispánico, lo que sí se hace en el Museo de Arte, donde se exhibe lo poco que se conserva de los grupos aborígenes que poblaron estas tierras, Caribes, Ciguayos, Tainos, etc.).

Construido en 1954 bajo la supervisión y diseño del arquitecto Esteban Rodríguez piezas de las cuales se exponen cerca de 2000. El edificio fue cerrado en 1996 por falta de mantenimiento, lo que hizo que la visita al inmueble se volviera un riesgo. Gracias a los cambios de los que he hablado anteriormente, pudo ser reabierto en el 2001, y desde entonces así se conserva.

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Su plan museográfico es semejante al del Guggenheim de la ciudad de Nueva York, aunque también puede recordar al Carrillo Gil del D.F. Inicia en el último piso y conforme avanzas, física y cronológicamente, vas descendiendo por una rampa hasta llegar a la planta baja que es la que contiene las galerías de arte contemporáneo (incluso hay obra de Tania Brugera, la productora disidente más conocida en la actualidad) (la diferencia con el edificio de Wright es que aquí la planta es rectangular). Lo que me parece digno de mención no es sólo que la mayoría de los productores están representados con tres y hasta cuatro piezas, sino que cada sala, de acuerdo al tema y la cronología en la que esté ubicada, presenta pintura, por supuesto, pero también exhiben escultura, y lo que es más relevante, reserva espacios especialmente aclimatados e iluminados para la exhibición de obra gráfica y dibujo, de tal suerte que uno puede tener una idea bastante completa de qué fue lo que se produjo en términos de pintura, escultura y obra en papel, y quién lo hizo, a través de los diferentes periodos en que tienen conceptualizada su historia del arte.

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Por otra parte, me interesaba en particular ver lo más posible de fotografía. Ya Rogelio Cuellar hace una semana habló en estas mismas páginas (en la edición nacional) de la relación de nuestros fotógrafos, y del resto de América Latina, con los Cubanos y la influencia que estos ejercieron a través de las primeras dos bienales o Coloquios latinoamericanos que se llevaron a cabo en Ciudad de México, por lo que no me detendré en ello. Lo más lógico me pareció visitar la Fototeca de la Ciudad, misma que se encuentra en un edificio ubicado en la plaza antigua de la Habana, espacio recién restaurado que se convertirá en sede de famosas boutiques y cafés de moda. Desgraciadamente el día que la visite habían sufrido un accidente que los dejó sin clima por lo que resultó prácticamente imposible permanecer en sus instalaciones. Sí logramos ver una exposición temporal intitulada Siete miradas, que presentaba la obra de, obviamente, siete fotógrafos cubanos o avecindados en la isla. Nada mal, pero tampoco nada que no hayamos visto en nuestra propia Fototeca o galerías locales.

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Con todo, lo que me parece debe ser especialmente destacado de entre lo visto y visitado, es la arquitectura de la ciudad en cualquiera de sus zonas (quizás la de Miramar sea la más fea por los hoteles de reciente construcción que son en verdad malos). Gracias a las labores de limpieza y restauración ahora es posible contemplar una arquitectura unifamiliar, multifamiliar, industrial y/o comercial, de primerísimo nivel por su singularidad y adaptación de modelos americanos y europeos a los requerimientos del talante y clima isleño. Si fuera maestro de arquitectura, pasaría un semestre entero con mis alumnos estudiando desde el diseño hasta las técnicas de construcción, el uso del color, el diseño urbano y hasta la arquitectura militar, por no hablar de la oportunidad que representa conocer de primera mano e in situ las técnicas de restauración.

Ahora más que nunca, creo, Cuba debe ser visitada y de alguna manera defendida de la agresiva oleada comercial postcapitalista que se le avecina, aunque sin duda serán sus habitantes los que, como de costumbre, sepan qué es lo mejor para ellos y cómo conseguirlo.

 

Publicado originalmente por Milenio Diario
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Cuba I

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Hasta la victoria siempre

Por una u otra razón esta es la tercera vez que regreso a Cuba. La primera de ellas fue a inicios de los años ’80, la segunda, al cabo de diez años, en el ’91, y ahora veintitantos años después. Como para muchos, esa primera visita fue impactante pues desde la ausencia de anuncios comerciales en los espacios públicos, la antigüedad de los pocos autos que circulaban por las calles y el más que evidente sentimiento anti-norteamericano, hacían de la visita una auténtica experiencia fuera de este mundo, es decir, del llamado capitalista.

La segunda vez que pisé suelo cubano acababa de iniciar el Periodo de Excepción, cuando se abandonó a la isla a su suerte y recursos ante la disolución de la antigua Unión Soviética. En eso, más que los imperialistas yanquis que seguían, y siguen, ahorcando al país con el embargo comercial, fueron los rusos, alemanes del este, yugoeslavos y demás integrantes del bloque socialista, quienes se convirtieron en el blanco de críticas y del odio de los isleños que en ese entonces sí que la pasaron mal. Los ya de por si pocos autos se hicieron menos por falta de las más elementales refacciones, las filas para comprar comida se volvieron interminables, casas y edificios que ya de por sí reclamaban mantenimiento y restauración no sólo acabaron de deteriorarse, sino que daban a las calles de la Habana un aspecto más que desolador, de triste abandono. Pero quizás lo peor de ese momento fue el incremento de quienes se jugaban la vida por dejar la isla, el encuentro, a pleno sol y en medio de la calle, de la más flagrante prostitución (femenina, masculina e infantil), de la venta de drogas ilegales y/o fármacos prodigiosos que garantizaban desde la cura del cáncer hasta una potencia viril jamás imaginada antes del Viagra, y, por supuesto, el tristemente célebre mercado negro de divisas, acompañado por el de los habanos y el ron. Y a pesar de todo, el pueblo cubano siempre fue amable, amistoso, solidario y jamás perdió ni un ápice de su orgullo y dignidad.

 

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Así pues hoy regreso a Cuba una vez más. Me propuse ir antes de que la inversión extranjera y sobretodo la norteamericana regrese y vuelva a echar raíces en un tierra cercana, en más de un sentido, al paraíso. El domingo pasado, como se sabe, se conmemoró un aniversario más de la Revolución. Días antes, el enorme edificio que representa los intereses de los Estados Unidos en Cuba, dejaba de serlo para convertirse en embajada, lo mismo que ocurrió en Washington, D. C. A fines de agosto se espera que sea el vicepresidente de los Estados Unidos, John Kerry, quien visite la Habana e ize la bandera de su país en este mismo lugar como acto simbólico con el cual se restablezcan oficialmente las relaciones suspendidas hace más de cincuenta años.

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Sin duda Cuba vive ahora tiempos de cambio, no sólo por lo narrado sino incluso por la visita, en septiembre próximo, del Papa Francisco, confirmándose así la apertura que en todo sentido, empieza a vivir la isla. Cambios que, desde mi perspectiva son evidentes, y me parece que el principal de ellos es la circulación de capital. Desconozco si ello se debe a la posibilidad de emprender negocios privados, la entrada de más inversionistas en el campo del turismo, su incremento, o a las donaciones que instituciones u organismos como la UNESCO o el ICOM, hacen con el fin de restaurar edificios y monumentos, o a todas ellas, pero esta circulación de dinero no sólo se ve en la restauración de la Catedral, del Capitolio o el Teatro Nacional, sino en muchas casas habitación, más de las esperadas, del área conocida como el Vedado y que antaño no se diferenciaban de las de Centro Habana o el casco histórico. Los autos de los 40’s o 50’s que tanto llamaban la atención y daban ese toque de nostalgia a las calles de la Habana empiezan a ser verdaderas reliquias, curiosidades para los turistas, y van siendo remplazados por los “coco-taxis”, motonetas convertidas en servicio público, los “bici-taxi”, o por la moderna flotilla de taxis amarillos Nissan; ya no es extraño ver Audis, Volkswagen, Toyotas, Mercedes Benz o cualquier otro auto europeo o asiático circulando exactamente igual que lo hacen por nuestras calles.

Los trabajos de pavimentación, y de restauración, limpieza y pintura de una gran parte de la Habana Vieja, van permitiendo se acerquen y abran nuevos comercios, en poco las principales plazas de la Habana serán sede de firmas internacionales, exactamente como las que se pueden encontrar en Cancún o Miami, y si de por sí la vida nocturna es intensa, hay que imaginar qué será cuando pululen nights-clubs de todo género y diversos alcances.

Como en cualquier lugar, sigo pensando que lo mejor de Cuba son los cubanos, deseo que esta nueva etapa en su historia sea para bien de todos, sin embargo, me pregunto si los sobrevivientes de los 50’s o 60’s, los que creyeron en los postulados de la revolución, ante la perspectiva que se les abre ahora, ¿seguirán pensando que valió la pena tanto y tantos años de sacrificio?

 

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Un cuarto de siglo

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Hace exactamente una semana, la Pinacoteca de Nuevo León celebró sus primeros 25 años de vida, un cuarto de siglo. Para una persona este lapso suele ser definitorio, para una institución quizás no, aunque tratándose de una de carácter público, oficial, de gobierno pues, y del mal llamado interior del país, sí puede y significa muchísimo, razón por la cual resulta complicado hacer una evaluación de su trayectoria que sea enteramente justa.

En su intervención durante la ceremonia conmemorativa, Jorge García Murillo, unió la suerte, destino y función de las instituciones a la personalidad o características propias de las personas que las dirigen. Así, según esto, la trayectoria de la Pinacoteca ha dependido de quienes han sido sus tres únicos directores (sí, por extraño que parezca sólo han sido tres), José Doria, quien fungió como director desde su fundación y durante el periodo que permaneció en las instalaciones del Parque Niños Héroes en el antiguo Campo Militar (que por cierto, no coincido con García Murillo en que esas instalaciones eran inadecuadas, creo que incluso resultaban mejores que las actuales. Lastima que se desatendió al Parque lo que terminó por alejar al público  habitual y al potencial de la Pinacoteca. Un apunte más, la muestra con que abrió fue organizada por la arquitecta Rocío Garza Leonard, a partir del trabajó que realizó se ha seguido enriqueciendo el acervo y la colección de la institución).

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Al quedar prácticamente abandonado el Parque Niños Héroes y coincidiendo con la apertura del Centro de las Artes (1998), ahora en el Parque Fundidora, asistimos a la segunda etapa de la Pinacoteca y su traslado a estas nuevas instalaciones, encargándose de ella el arquitecto Eliseo Garza Salinas (qpd). Finalmente, en el 2007, al cambiar nuevamente de ubicación, ahora integrada al complejo del Centro Cultural Universitario de Colegio Civil, llegamos a la tercera y actual etapa de la institución, dirigida, desde hace nueve años, por Elvira Lozano de Todd.

Así pues y en efecto, cada uno de ellos ha dejado impresa en la historia de la Pinacoteca sus gustos e intenciones, así como su propia interpretación de lo que debe ser y cómo ha de funcionar. Aunque coincido en lo general con esta visión sintética del maestro García Murillo, según mi propia apreciación, no es sino hasta los tiempos más recientes que la institución logra ubicarse o definir correctamente su misión y vocación.

Si evaluáramos estos primeros 25 años, la naturaleza de sus resultados dependería de lo que pensemos acerca de la evolución de la actividad simbólica, artística si se prefiere, de la propia ciudad. Si hoy la Pinacoteca parece ser una institución a punto de lograr su madurez se debe a que nuestra sociedad ha avanzado en esa dirección y está lista para convertirse, de contar con todas las variables, en importante polo cultural. Más que ver tres estilos distintos –que sí los hay- veo esfuerzos por caminar en esa dirección, es decir, por empezar contando con una institución que se responsabilice por la preservación, conservación y difusión de la historia de las artes plásticas de Nuevo León.

En la misma intervención, Jorge García Murillo señaló lo que para él son los retos que ha de afrontar la Pinacoteca en el futuro próximo. De entre las diversas ideas que expuso recojo dos de las que me parecen más importantes. La primera de ellas es la que plantea la posibilidad de que la Pinacoteca cuente con su propio programa de televisión y/o de radio a fin de difundir, explicar y propiciar el diálogo en torno a sus actividades y funciones. La otra, la necesidad de tener presencia, a través de exposiciones y actividades conexas, en otros estados del país e incluso del extranjero.

Por mi parte, y sin desechar ninguna de estas u otras ideas que ahí se plantearon, insisto en que lo más importante para la Pinacoteca es lograr su completa y definitiva constitución como espacio cultural dependiente del CONARTE. La Pinacoteca no puede ser parte del Centro de las Artes, ni de los Tres Museos, Casa de la Cultura de Nuevo León, o Museo de las Culturas Populares, como tampoco de la UANL o cualquier otra institución. Cuidemos lo que hasta ahora ha logrado, que se le de lo necesario para continuar con su trabajo y operación como hasta ahora, y se le permita plantear su propio futuro. Hace 25 años tener una Pinacoteca quizás pareció a la mayoría un desacierto, hoy en día no pensar en ella, no tenerla presente, equivale a negarle a muchos ver, aprender y reconocer parte de su propia historia.

 

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Algo de fotografía y ética

muerte-de-un-milicianoRobert Capa. La muerte de un miliciano. 1936

La semana próximo pasada comenté la exhibición del fotógrafo Pedro Valtierra que se presenta actualmente en la Fototeca de Nuevo León en el Parque Fundidora. Para quienes no lo recuerden o lo sepan, apunto rápidamente que Valtierra es uno de los fotógrafos de prensa más representativo de nuestro país. Con más de 40 años de trayectoria se le reconoce, entre otras, por sus imágenes de los sandinistas, del terremoto de la ciudad de México, o del alzamiento en Chiapas del EZNL, además de ser fundador de la revista especializada Cuartoscuro.

Si toda fotografía plantea un dilema ético, la de prensa en particular se muestra especialmente sensible al tema, de ahí que haya decidido regresar a presentar algunas otras ideas que surgen de considerar la función y fin de este subgénero. Buena parte de la discusión que se da en torno al tema parte de la falsa creencia en la objetividad de la fotografía. Si la cámara es un instrumento que registra objetivamente la realidad, es decir, la recoge tal como se le presenta al fotógrafo, la imagen así obtenida poseerá las mismas cualidades que su referente, empezando o imponiéndose su atribuida objetividad, razón por la cual se estima es ideal para informar. De ser cierto, cualquier alteración en ella, en la fotografía, se entenderá como una desviación de la escena original, lo que en términos de prensa se leería como una imagen en la cual la información que debiera comunicar –lo objetivo de la escena- ha sido manipulada y por tanto de nula objetividad y/o valor. Es decir, cualquier modificación en la imagen, se lee como un atentado a su objetividad; al carecer de ella, desaparece el valor que pueda tener para el periodismo pues en lugar de informar sobre la escena original, objetiva, nos da una de sus versiones, es decir, una imagen subjetiva. Alterar una imagen de prensa se considera poco ético por modificar la realidad, haciendo creer al público que está siendo informado de una escena, de un suceso, o acontecimiento tal y como sucedió realmente, cuando en verdad no es así.

Tomemos por ejemplo la que quizás sea la más famosa fotografía de prensa, la Muerte de un miliciano (1936) de Robert Capa, obtenida, como se sabe, durante la guerra civil española. La polémica en torno a ella se debe, en esencia, a la fuerte sospecha de que se trata de una imagen manipulada, es decir que lo que vemos en ella no es verdad, no es objetivo, sino más bien el resultado de una manipulación debida a los intereses de su autor. Nótese que en ningún momento se cuestiona su dramatismo y crudeza, su composición y punto de vista, su capacidad simbólica (probablemente, ésta y el Guernica sean dos de las imágenes más potentes contra la guerra), o incluso la intención política de Capa. El cuestionamiento recae en su falta de ética, en haber hecho pasar una imagen que no es objetiva porque no informa lo que estaba sucediendo en ese momento, en el lugar de la realidad tal cual.

Realidad, veracidad, objetividad, son conceptos que podríamos seguir discutiendo interminablemente, pero, como dicen los abogados, suponiendo sin conceder que la fotografía de prensa contenga todos estos atributos, es fácil entender el porque de la importancia que se le atribuye (nuestro conocimiento de lo que sucede en nuestro entorno depende de ellas), así como la insistencia en la formación ética de sus practicantes.

Ahora bien, ¿qué sucede en el momento actual? Quiero decir en un contexto sociocultural en el cual la imagen lo es casi todo y lo es, precisamente, porque ha sido sabiamente manipulada para lograr los más diversos fines. Casi todos estamos de acuerdo en lo poco fiable que son las imágenes políticas, las publicitarias o la mayoría de las que circulan por las redes sociales. A ninguno de nosotros sorprende saber que el busto de esta o aquella chica ha sido alterado, que este o aquel político fue maquillado digitalmente para esconder las huellas de la última noche, o que este alimento se ve más apetitoso de lo que es en realidad. Por el contrario, es motivo de agrias discusiones y hasta de despidos el saber que una imagen de prensa ha sido alterada o recompuesta por medios electrónicos.

La posibilidad de re-crear cualquier imagen, de que su autor no sea un fotoreportero, que los códigos de ética que ayer funcionaron hoy día vayan perdido vigencia, cuestionan no sólo al fototeriodismo, sino al periodismo en sí y su función en una sociedad como la nuestra. Quizás sea por todos estos cambios que una exposición como la de Valtierra, se antoje de otro tiempo.

 

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