La política en manos equivocadas

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¿Cuál debería ser el mejor momento para dar a conocer lo que piensas -en mi caso, en materia de política cultural, de cara al cada vez más próximo proceso electoral que nos tocará vivir a los neoleoneses? Como no entiendo lo que es eso de los tiempos políticos, o el tiempo en que un político puede o no pronunciarse por uno u otro tema, prefiero exponer cuanto antes mi parecer, cuando aun puede ser de alguna utilidad, que de eso se trata, no de opinar por opinar, u opinar para ver que me cae a cambio.

Para empezar aclaremos que a pesar de que mi área de competencia sea la actividad cultural, mi voto no depende de lo que hagan o dejen de hacer en ella los ahora candidatos, futuros gobernadores; mi voto estará en función, más bien, de la honradez en su actuar presente y pasado, de lo que opinen sobre temas como Monterrey VI, la seguridad, la impartición de justicia y la lucha contra la corrupción, el endeudamiento, la selección de colaboradores, etc., etc., de entre estos y otros temas, por supuesto que me interesa conocer qué es lo que proponen como políticas de estado respecto a la actividad cultural. Para mi tienen prioridad los otros temas porque es en ese contexto en el que se insertan las actividades culturales y las prácticas artísticas; si no pensamos en estas de una manera amplia e incluyente, que vaya más allá de las llamadas Bellas Artes, estaremos cometiendo el gran error de excluir de este campo a la mayoría de la población. De lo que se trata es de ir definiendo una cultura contemporánea en la que todos encuentren su medio, su tiempo y espacio de expresión, de encuentro con sus públicos.

La oportunidad que cada seis años se abre en busca de la participación ciudadana, que en el mejor de los casos, una vez cerradas las urnas, no vuelve a tomarse en cuenta, me parece no debería convertirse en paño de lagrimas, esto es, todos conocemos cómo y cuál ha sido la actuación del CONARTE estos últimos seis años. No hay quien estando en contacto con el consejo no tenga por señalar yerros y equívocos, direcciones discrecionales, o total inanición, como también habrá quien aplauda lo hecho, festeje su actuación, y agradezca su participación y orientación. Tampoco es tiempo, creo yo, de solicitudes, de extender la mano y pedir ya que mi gremio es el más desprotegido, el que menos recibe, el más castigado, el que más merece. Y esta opción menos aun debería aprovecharse para presentar proyectos, los que harán de Nuevo León una potencia mundial en la cultura actual, los que llevarán a las multitudes a los museos y centros culturales, los que sensibilizarán a la población y harán de ella un potencial coleccionista de arte local.

Antes de que sucedan estas y peores cosas, deberíamos exigir a los candidatos que sean ellos quienes en reuniones con los gremios, sectores, vecinos, agrupaciones o como quieran llamarles, presenten cuál es la política cultural que llevarán a cabo en el estado, con la que administrarán las muchas y muy diversas tareas con que tienen que cumplir; las que dictarán cuáles serán los proyectos a realizar, cómo se seleccionarán, etc. Antes de que vuelvan a reunirse con nosotros, antes de que pidan les demos ideas para un diagnóstico, un plan, un programa, escuchemos que tienen qué decir al respecto, son ellos los que nos tienen que convencer, son ellos los que necesitan de nuestro voto, son ellos los que tienen que responsabilizarse por sus propuestas para que entonces sí podamos reclamarles, pedirles rendición de cuentas, de otra manera es como hacerse seppuku, ¿qué les reclamas si las ideas fueron las tuyas, si con ellas se supone alimentaron sus proyectos; no para eso te invitaron?, ¿cómo hacerse cargo, como sentir la responsabilidad por un trabajo, cuando ni siquiera se les ocurrió y menos imaginaron? (por supuesto que estoy consciente del poco o nulo caso que se presta a las propuestas que surgen de estas reuniones, pero aún suponiendo que sí las atendieran, cómo llevarlas a cabo si no fueron sus ideas?)

Los actuales candidatos son los políticos no nosotros, de esa capacidad depende su actuar y éxito al frente del gobierno del estado; son ellos, entonces, los que deben ofrecer su plan de trabajo en esta área como en cualquier otra, y no los involucrados en ella, los supuestos “expertos”, caer, una vez más, en este juego, es dejar la política en manos equivocadas, que no nos sorprendan, entonces, los resultados.

 

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La tía Raquel

unnamed-1Juan Rodrigo Llaguno. Raquel Tibol.

El pasado domingo 22 de febrero, a primera hora de la noche, se dio a conocer el deceso de la mtra. Raquel Tibol (1923-2015).

Empezaré como todos los que se han referido a la noticia. Raquel Tibol, no sólo fue una extraordinaria persona con capacidades profesionales encomiables y ejemplares, sino también un personaje imprescindible, testigo y actor, de la vida cultural del país, imprescindible también para entender los flujos y reflujos, la dinámica del arte del siglo XX en México, e incluso de su proyección internacional.

Si alguien entendió y ejerció a plenitud lo que entonces se entendía por crítica de arte, sin duda Tibol lo fue, ya lo hiciera desde las páginas de la revista Proceso, ya como jurado en los cientos de certámenes que encabezó, en sus conferencias, en las muchas participaciones que tuvo en congresos, seminarios y mesas de discusión, en debates públicos, y en cuanta declaración se le pidió. Por esa comprensión de la crítica, digamos muy a la Baudelaire, por su ejercicio libre y sin compromisos, es que dicen se le temía, y en verdad era de temer pero porque siempre hacía que los demás nos tuviéramos que enfrentar con su verdad, compendio de sabiduría, para que a partir de ahí se iniciara cualquier posible diálogo.

Pienso ahora en Raquel, por el tiempo que la conocí y la amistad que a ella me unió, como en esa tía de cariño que todos queremos. La recuerdo la primera vez que compartimos como jurado en el concurso de Arte Joven de Aguascalientes, a partir de ahí aprendí lo difícil que era negociar con ella por la autoridad que ejercía producto de la solidez de sus argumentos. También pienso en ella demandándome le adjudicara el “descubrimiento” de Miriam Medrez, “atribúyamela Moyssén, atribúyamela”; o cuando me preguntaba por el trabajo de Gerardo Azcúnaga, por el de Francisco Larios, cuando hablaba elogiosamente de Rosario Guajardo; para con esta ciudad, la tía Raquel fue siempre generosa con su tiempo y conocimientos, no olvidar que formó parte del grupo original que logró echar a volar la ahora mejor conocida como Bienal de Arte FEMSA; que apoyó a los ceramistas en su momento, y alentó el movimiento de arte en vidrio que parecía prometer más.

Las primeras noticias que tuve respecto a la fotografía contemporánea en México, las obtuve a través de sus Episodios Fotográficos, y la primera historia del arte moderno y contemporáneo en México, no oficial, la leí en su versión publicada por la editorial Quetzal. Fue ella la que me reveló el lado político, profundo y contradictorio, de Diego Rivera, así como uno de los tantos rostros que tuvo Frida Kahlo. Con ella descubrimos el trabajo casi desconocido de Hermenegildo Bustos y el de la malograda Estrella Carmona; la profundidad conceptual de los pintores Rufino Tamayo y Armando Morales a través de las entrevistas que les hizo aquí mismo en la ciudad.

Para mí como para la generación con la que me formé el nombre de Raquel Tibol está unido permanentemente a la historia del arte en México, sin embargo para las nuevas generaciones no estoy muy seguro de si sabrán responder a su legado. Si los nombres de quienes fueron los padres de esta disciplina en México, Manuel Toussaint, Justino Fernández, Francisco de la Maza, Elisa Vargaslugo, Beatriz de la Fuente, Ida Rodríguez Prampolini, no les dicen nada, es difícil pensar que los historiadores y críticos que les siguieron –entre los que se encuentra la misma Tibol– puedan significarles algo pues como dice Gustavo Avendaño con Tibol se cierra toda una época, quizás haya sido uno de los últimos representantes de la Modernidad mexicana, de ese grupo de hombres y mujeres que concebían al arte como algo más que simples mercancías o artículos de especulación comercial, que veían en los pintores, escultores y arquitectos a los líderes morales de su sociedad, no a quienes ahora gustan de salir retratados en las páginas de sociales o las del corazón. Un grupo que en verdad creía en el poder salvífico, individual y colectivo, del arte.

Quienes estuvieron más cerca de la tía Raquel en estos últimos años, dicen que trabajaba en la redacción de sus memorias, ojalá así haya sido y si no completas, sí las haya dejado avanzadas, tanto como para poder ser publicadas. Me parece que esta sería la obra que culminaría una carrera como la suya, amen de los muchos datos que aportaría para el conocimiento íntimo del arte en México. Que en paz descanse.

 

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Cuerpos en suspenso

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En el catálogo de la ahora famosa exposición El ojo del fotógrafo (1964-66), John Szarkowski, quien fue su curador, plantea cinco tópicos básicos para la comprensión-apreciación de la fotografía, entre ellos el movimiento, o mejo dicho, la relación que existe entre la dimensión temporal y la fotografía; a raíz de este y otros textos, que bien podríamos llamar los de la oficialización de tal relación, hemos aceptado y añadido al lenguaje de la fotografía todo detalle que denote que algo o alguien esté en movimiento, incluidos los que antaño podrían haberse visto como errores (desafocados, barridos, líneas continúas, etc.), comprobando así y una vez más, que la fotografía es una arte espaciotemporal.

Si bien, entonces, desde Lartigue o Capa sabemos ver y entender que en la imagen también el mundo está en movimiento, lo contrario es igualmente válido, estos es, volumen, masa, peso, estructura, lo tectónico de las cosas habla de lo rotundo, lo permanente, y su temporalidad. Estas son algunas de las reflexiones a las que puede llevar la muestra El tiempo detenido, imágenes de la danza (fotografía alemana), en exhibición desde el pasado 5 de febrero en el Museo Metropolitano de Monterrey, gracias a la colaboración con el Centro Cultural Alemán de esta ciudad.

El primer conjunto de fotografías con el que nos topamos (Bettina StöB Moving Movements, 1996) es, precisamente, un extraordinario ejemplo de cómo la fotografía actual no sólo es capaz de congelar el movimiento, a las cosas, personas, objetos que estén moviéndose, sino hacer de tal congelamiento el antagonista del devenir y su dinámica, así como la imagen a través de la cual aparece la riqueza y solidez de las formas estáticas, suspendidas eternamente, como si de esculturas se tratara. Dígase lo mismo del conjunto intitulado Forsythe-Detail (1996-199) de Agnès Noltenius que alcanza a transformar en obra arquitectónica el cuerpo del coreógrafo por los encuadres empleados al momento de ser fotografiado.

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Pero la pequeña muestra (59 piezas en total) también es rica en otra clase de ejemplos: Es bien sabido que partir de los años 70 del siglo pasado la fotografía tuvo un importante viraje cuando empezó a ser empleada por productores que no eran fotógrafos y/o que tenían poco interés en el medio. Si recurrían a él, se debía, más bien a su capacidad para generar todo tipo de imágenes sin necesidad de recurrir a los convencionalismos del dibujo o la pintura. Desde entonces esta otra aproximación a la comprensión, uso y reflexión de la fotografía ha terminado por ser mayoritaria. Dos ejemplos tomados de la exposición, de Domink Mentzos, Human writes (2005) y de Andreas Esswein, Movimientos ampliados del 2004. Imágenes que siguen refiriéndose a la danza, pero también a otros conceptos difíciles de transmitir sin su concurso, o bien que aparecen gracias a que se pueden generar las imágenes que los comunican.

Con todo lo anterior y a pesar de lo mucho que me pueda interesar una exposición como esta y de que estoy consciente de que no es la gran exposición de fotografía alemana, que no son los Becher, Gurzky, o Thomas Struth los que ahí se presentan, creo que debería haberse mostrado más respeto por el trabajo de estos fotógrafos y el esfuerzo que representa traerlos a la ciudad. Me refiero al trato que se le ha dado a la muestra en el Museo Metropolitano.

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Había estado evitando mencionar el lugar dentro del museo en que se exhiben estas fotografías que no es otro que el pasillo del segundo piso y en ese sentido, el peor lugar en el que se puede exhibir fotografía o cualquier otra obra cuyo soporte sea el papel, sin importar como esté enmarcada (a menos que estuviera encapsulada al alto vacío) es en el exterior, la humedad (como la que ha prevalecido desde hace semanas en la ciudad), los cambios de temperatura y la luz solar son sólo algunos de los enemigos mortales del papel. Quizás en este momento no sean visibles sus efectos pero tarde o temprano, con toda seguridad, acabarán pagándolo. Y conste que únicamente me he referido a este aspecto cuando bien podría explayarme señalado el mal estado de mamparas, cédulas y pared sobre las que se lleva a cabo la exposición y que sin duda desmerece, y mucho, cualquier esfuerzo que se haga a favor de la cultura. No por tratarse de un inmueble municipal de carácter público, se autoriza a descuidar la atención que deben recibir todas las obras que ahí se exhiban.

 

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Al sur de N.L.

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El pasado domingo, se presentó en la Casa Universitaria del Libro, una investigación de Enrique Tovar Esquivel intitulada Rosenda Villanueva Pardo, una fotógrafa en el sur de Nuevo León, editada por la Universidad Autónoma de Nuevo León. En el mismo acto, junto con el autor, participaron como presentadoras, Olimpia Farfán y Lidia Espinosa.

Además del correcto y puntual trabajo histórico de Enrique Tovar, hay que destacar el rescate que llevó a cabo de los archivos de esta fotógrafa. Mejor dicho, gracias a las fotografías que en vida se dedicó a tomar Rosenda Villanueva, como oficio, modo de vida, y personales, fue posible que el investigador reconstruyera la historia de la época, de Dr. Arroyo (municipio en que vivió, trabajó y del que se retiró Villanueva Pardo), y dentro de ambas coordenadas, tiempo y espacio, la de su personaje central. La investigación adquiere mayor dimensión si pensamos en las consecuencias que puede traer consigo, pues a partir de ella se puede trabajar, por ejemplo, historia de género, económica, social, y por supuesto, la que nos interesa aquí, la de la fotografía. Su edición se suma, entonces, a los esfuerzos emprendidos desde hace tiempo por Roberto Ortiz Giacomán, Ricardo Elizondo y José Antonio Rodríguez, entre otros, por ir dándole vida a la historia de este medio, una historia que se creía inexistente hace unos cuantos años.

Mérito de este trabajo es el llamar la atención sobre la presencia de estos hombres y mujeres que por diversas razones se han dedicado a la fotografía y permanecen sin ser correctamente identificados y por tanto reconocidos en una labor que ahora sabemos es imprescindible para la comprensión de la historia moderna y contemporánea. En cualquier momento se pueden visitar las páginas del tercer volumen del proyecto Imágenes de nuestra memoria, editado por la Fototeca de Nuevo León y el CONARTE y encontrar que la mayoría de las imágenes ahí publicadas pertenecen a ese equivoco y erróneo concepto de lo anónimo cuando en realidad lo único que se quiere decir es que la autora o autor de esas fotografías no ha sido identificado. Esto es, ese tercer volumen, como otras tantas obras que se han publicado en nuestro estado, son el hilo de Ariadna que, de seguirlo, nos dirigiría a conocer, reconocer y recuperar la obra material de muchos otros fotógrafos y fotógrafas que han hecho la historia del medio en Nuevo León, conscientes de que incluso el trabajo de algunos de ellos posee la calidad suficiente como para ser parte de un catálogo nacional de fotógrafos (si es que existiera tal empresa).

Quizá mi único reclamo a esta investigación y otras de su tipo, es que son mucha historia y muy poca fotografía (aunque también es común que quienes se meten a este campo cometan el error contrario o, peor aun, escriban libros sobre fotografía donde no hay ni una ni la otra cosa. Vgr. El libro sobre Dn. Alberto Flores Varela).

La historia de la fotografía no es distinta a la historia de la pintura, la de la arquitectura o la de la música, todas tienen por objetivo la explicación e interpretación de su objeto de estudio en y a través del tiempo. Pero no puedes hacer historia de la fotografía si no sabes o tienes en consideración lo que de singular tiene la fotografía, la pintura o la poesía. No puedes hablar de la fotografía como si fuera pintura o dibujo, como jamás podrías decir que una pintura es tan buena que parece fotografía!

No es suficiente decir que en Dña. Rosenda el aspecto estético se ve supeditado a una mirada que logra captar la esencia de la época, hay que explicar porqué se tiene tal apreciación y hasta qué punto pudo estar la autora consciente de sus fallas técnicas y cómo las justificaba. También se podría recoger el gusto por la fotografía, preguntando qué piensan de ellas, cómo las ven, que les gusta o disgusta de ellas. De entre los argumentos que va exponiendo Enrique Tovar sobresale el que fue el padre de la fotógrafa quien la iniciara en el oficio; independientemente de las razones que lo llevaron a actuar de tal manera, habría sido interesante saber qué es lo que Dn. Francisco pensaba de la fotografía y porqué la consideró un oficio adecuado para una señorita de la época, etc.

Sin embargo, lo más emocionante de la presentación y publicación de este libro es lo que anunciara Olimpia Farfán durante su intervención, quizás como una esperanza o un buen deseo al que nos sumamos con gusto, que este sea el inicio de la investigación interdisciplinaria que merece la fotografía de Nuevo León.

 

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Huesos viejos

Donquixote

Sabrán por la prensa que actualmente se llevan a cabo en Madrid concienzudas pruebas para determinar si en uno de los cinco enterramientos que hay en el interior de la Iglesia del convento de los Trinitarios Descalzos se encuentra el autor del inmortal Quixote, Don Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616) (nada que ver el tema con la realidad nacional). Supongamos que se llega a determinar, fuera de toda duda, que, en efecto, esos restos pertenecen al Manco de Lepanto, y luego ¿qué? Más allá del fasto con que se anunciara y de la ceremonia de una nueva deposición, del monumento que indicara donde reposa ¿qué nuevo mérito le sumaría a su obra; cómo se vería favorecida; cómo la enriquecería? La verdad es que si son o no los huesos de don Miguel a nadie debería importar pues no está en humeros y clavículas la grandeza y genio de quien, en vida, se valió de ellos; su recuerdo y ubicación en el Parnaso de las letras tampoco, creo, depende de un montón de huesos, sino de cuestiones infinitamente más importantes y trascendentes.

Al cuestionar esta clase de acciones, no puedo dejar de lado las subastas que sacan a puja los pinceles del pintor consagrado, el delantal del afamado escultor, o el cenicero favorito del histórico fotógrafo. Nada de eso nos remite al valor, aportación o aprecio que tiene lo hecho por tal o cual productor; ver un pincel, por ejemplo, de Diego Rivera, no es lo mismo que contemplar sus murales, simple y sencillamente, es imposible entender el uno por el otro.

Muy distinto y más obscuro, por supuesto, es el deseo y satisfacción de poseer. Habría que releer a Freud para entender el papel del fetiche, sus orígenes y consecuencias. Dado que ni en vida se puede comprar –y menos poseer- el genio y talento de otros, se espera que a su muerte una parte de eso que tanto admiramos sea nuestra a través de poseer –comprar- lo que tocó, lo que usó, lo que guardó. Pero, qué pena tener que decirle al que descubre los restos del famoso escritor o al triunfante comprador, que lo único que al final obtienen es un costal de huesos viejos, o unos pinceles inservibles que no se diferencian de los que ha botado a la basura el tozudo aprendiz.

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Imagen: Pablo Picasso. Don Quixote y Sancho Panza. 1955. http://www.en.wikipedia.org

¿Excepcionales?

Francisco-ToledoComo se sabe, este día, en torno a las 12 del día, Francisco Toledo donará al INBA concepto e inmuebles del IAGO (Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca) y el Centro Fotográfico Manuel Álvarez Bravo. El gesto está relacionado con garantizar la continuidad de ambas instituciones, pero también con una especie de protesta por el acoso al que el productor siente ha sido sometido por la Secretaría de Hacienda por el pago de
impuestos. Independientemente del acto, el caso vuelve a poner a discusión un tema que nunca termina y que posiblemente no tenga solución: el trato que los productores debieran recibir por parte de las autoridades hacendarias y/o de cualquier otro tipo.

 

 

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Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca, IAGO

 

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Centro Fotográfico Manuel Álvarez Bravo.

Hace unos días escuché una entrevista de Fernando del Paso a Carmen Alardín. En ella, la poeta se quejaba de la poca consideración que Hacienda tenía con los productores, cuando estos, en vez de atender tales menesteres, debieran estar produciendo, entregados a su quehacer, mientras que el gobierno, en lugar de exigirles, bien haría en arroparlos y tener atención especial hacia ellos.

La discusión, por tanto, se centra en si el estado debiera hacer, por lo menos en lo que al pago de impuestos se refiere, una excepción con los productores artísticos, a fin de permitirles concentrarse en su trabajo, y apoyar, de esta manera y entre otras muchas cosas, la difusión cultural que tanto bien le haría al país.

Por mi parte pienso que el tema habría que mantenerlo más bien dentro del diálogo sobre las revisiones y correcciones a las políticas hacendarias del país, que en el del ámbito cultural. Esto es, no sólo hay que hablar de si se debe grabar de igual manera el trabajo de los productores, sino ir más allá y encontrar de qué manera la tributación podría servir al país para incentivar, por ejemplo, la donación de colecciones, el patronazgo, el apoyo a proyectos específicos, la formación de acervos, la investigación en humanidades, etc., esto es, más que pensar o debatir por si debe haber o no mexicanos que sean materia de excepción, apostemos por el apoyo a actividades verdaderamente excepcionales como son las artes en nuestro país.

 

Publicado originalmente por Milenio Diario
Fotografía Francisco Toledo: Juan Rodrigo Llaguno.

Derribar la historia

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Si he llegado a desear que lo que escribo tenga algún efecto, conmueva a alguien, modifique conductas, o despierte conciencias, esta sería, sin duda, una de esas ocasiones.

Aunque es un tema que no se agota, prácticamente desde que inició el año han estado apareciendo con insistencia notas relativas a esa zona dentro del primer cuadro de la ciudad, que llamamos Barrio Antiguo. Su historia y desgracia o desgracias, todos más o menos las conocemos; surgido a partir de la aparición de la Gran Plaza a principios de los años ochenta del siglo pasado, no ha logrado consolidarse ni como atracción turística, zona comercial y de servicios, cultural, o habitacional, a pesar de que ha habido intentos, y serios, por encontrarle su mejor función como espacio urbano. En lugar de significarse poco a poco como centro de la vida social, comercial, cultural, política, de la ciudad, su depauperación es evidente y señal de alarma para muchos.

Casi por las mismas fechas, es decir, al arranque de este 2015, se arrasó con uno de los más interesantes ejemplos que aun quedaban de las casas señoriales con que inició, allá a fines de los ‘40 y principios de los ’50, la Colonia del Valle en San Pedro, Garza García y con ellas su fama de sector privilegiado. Me refiero a la propiedad que se alzaba en la esquina de Calzada San Pedro y Río Mississippi. Y si bien hace años ya se había convertido en discreto centro comercial (el XO), aún se podía apreciar su arquitectura original y a través de ella la expresión fidedigna de toda una época.

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Si en el Barrio Antiguo se derriba su arquitectura original para convertir los predios en estacionamientos, en la Colonia del Valle se hace para construir edificios de oficinas desiertos o centros comerciales semi-vacíos. No soy yo ni es el lugar para discutir si se procede legalmente en estos casos, o si los derribos eran necesarios para no poner en peligro la vida de los transeúntes, pero sí creo que al hacerlo, al derribar casas y comercios de otras épocas sin que medie una mínima evaluación de su valor histórico y cultural, así como de su consolidación, restauración y reutilización, se está participando directamente en la mutilación de la memoria social y colectiva que no pertenece a nadie porque es de todos.

¿Por qué es importante y valioso conservar, hasta donde sea posible, estas muestras de arquitectura y/o de urbanización?, ¿no acaso sus legítimos propietarios tienen derecho de hacer con sus construcciones y terrenos lo que mejor les plazca y les permita la ley?, ¿se pueden conciliar ambos extremos?

¿Quién se atreve a discutir la preservación de Teotihuacán o del Castillo de Chapultepec; las cuantiosas inversiones que requiere el buen estado de la Basílica de Guadalupe, Palacio Nacional o Ciudad Universitaria? ¿Es que historia sólo es lo que se construyó o realizó, hace mucho, mucho tiempo, mientras que lo que tenemos más cerca, lo que es recuerdo de familia, es prescindible, falto de importancia, poseedor sólo de un relativo y fluctuante valor comercial?

Pareciera que estamos más interesado en derribar la historia, urgidos por usufructuar un bien, por obtener un beneficio individual, que en contribuir al mejoramiento socio-cultural de esta comunidad. Hace años caminar por el camellón central de la Calzada San Pedro era recordar a los capitanes de industria que alzaron esta ciudad al lado de sus empleados. Caminar por las estrechas e incómodas calles del centro de la ciudad, por más feas que fueran, era recorrer su historia e incidencias, recordar a los abuelos o días de juventud, a los comerciantes que te saludaban por tu nombre, las mercancías y materiales que no encontrabas en ninguna otra parte, incluso uno que otro sitio prohibido que a la luz de los que hoy existen parecían franquicias de Disneylandia. Y hacer esos recorridos servía para seguir construyendo y revitalizando una historia oral que reunían al presente con el pasado para imaginar el futuro, eso es lo que crea comunidad, sentido de pertenencia, aprecio del pasado, no la credencial de un club deportivo o de una tienda de departamentos, no el libro sobre la mesa de café que lleva por título Breve resumen gráfico de la historia de Monterrey o cualquier otro de fácil y expedita lectura.

Podría pensar que de poco sirven estas líneas cuando ya no existe aquella casa, y el Barrio Antiguo sigue siendo presa de otros intereses; cierto pero quizás algún día se logre salvar, al menos, la arquitectura de principios del siglo XXI.

 

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