Los otros

Hace una semana al hablar sobre el acto más reciente del británico Bansky, dije que, aunque condenable, quizás debiéramos acostumbrarnos a este tipo de productor, que es el de hoy y que será el de los tiempos por venir, uno más cómodo para las casas de subastas, para el mercado del arte en general, que venda prestigio social, y mensajes que son como un bálsamo para las buenas consciencias. Pero lejos de ser este el modelo de productor predominante, quizás al que muchos aspiran sí, pero no es el único activo, comparte la escena de la producción (o antiproducción) simbólica con otro buen número de ejecutantes, pretensos o suspirantes a serlo. Hoy, por tanto, hablaremos de aquellos que están en las antípodas de Bansky y Cia., de los fantasmas, de los otros.

El pasado día 19 se inauguró en la Nave Generadores del Centro de las Artes, la exposición Protesta Fantasma, con la participación de Carlos Amorales, Steph Orozco y Enrique Arriaga. Al parecer una adaptación local del mismo tema presentado por Amorales en el MUAC de la Ciudad de México.

Es común y hasta lógico, pero más bien consecuencia de nuestros tiempos, suponer que el mundo se acaba hasta donde alcanzo a ver; creer que mis todos, amigos, colegas, familiares, con los que comparto gustos, placeres, hobbies, creencias y opiniones, son la mayoría, no solo es usual como he dicho, sino que, peor, es un terrible error que nos puede inducir –y de hecho lo hace—a más de una grave equivocación, o acaba por confundirnos más. Así partir de la idea de que la cultura es una sola, una serie de manifestaciones más o menos estancas que se van superponiendo unas sobre otra para formar un pasado común, etc., y que estás son compartidas por una inmensa mayoría, si no es que por todos, es lo más delirante que se puede creer y sólo conviene para mantener el status quo, cuando no para tener la consciencia tranquila. La cultura contemporánea, la de la Ciudad de México y la de Monterrey, es más semejante a un rompecabezas o un espejo estrellado, que a una sola pieza; está compuesta por múltiples grupos, entre más radicales o heterogéneos, menos visibles, más marginales, menos identificables, más extraños, menos adaptables, más independientes, menos integrados, son, para las otras partes de la cultura, como fantasmas que pululan por la ciudad con sus propias manifestaciones, sus propios objetos, sus propias maneras de asociarse e identificarse, de los que solo conocemos su sombra, la huella de su paso, el eco de sus conversaciones, música, protestas.  Curiosamente, podrán pasar estos otros grupos como figuras anónimas, lo que no sucede con ellos que reconocen perfectamente el contorno de los demás grupos, tan es así, que prefieren pasar por fantasmas antes de ser como o integrarse con ellos.

 

A fuerza de ser breve, diré que la exposición de la Nave Generadores, es pobre, muy pobre, pero que, por ambiguo que pudiera parecer, no podría ser de ninguna otra manera. Arranca con una especia de memoralia-documentación-archivo, de lo que fueron las acciones emprendidas por Amorales en asociación con el músico Silverio, a través de la disquera llamada Nuevos Ricos, activa entre el 2003 y el 2009, tiempo durante el cual, según reza la cédula de sala, se sumaron o dieron vida a un movimiento de protesta juvenil amalgamado por la música electro-roca, la estética anarco-chafa y el diseño entendido como ingeniería social. Tengo la impresión que este despliegue histórico funciona aquí como ejemplo o, más aún, como metáfora de lo que son los otros, cómo se manifiestan y sus alcances.

Sigue un cuadrángulo formado por mamparas pintadas de blanco. En ellas o sobre ellas aparecen las siluetas de un buen numero de personajes, siluetas a la manera de las que dejaron las víctimas de Hiroshima y Nagasaki, o al decir de un colega, como las manos prehistóricas que fueron pintadas soplando pigmento sobre ellas, de tal suerte que solo queda su contorno. Cada uno de estos personajes porta un cartel con alguna frase ya sea de protesta o bien de reflexión sobre nuestra vida actual. Todo realizado en un riguroso blanco y negro, lo que acentúa la pobreza de esta parte de la instalación. Al centro del cuadrángulo, la pieza se continúa con una serie de Overoles colgados del techo (obra de Orozco) pintados de o cubiertos, mejor dicho, con diversos patrones de pintura, desde las salpicaduras al azar, hasta diseños más o menos geométricos. La Protesta fantasma, concluye con una proyección de cámaras de seguridad, que transmiten una performance, y sonido ambiental que en una de sus partes reproduce los textos de las pancartas de las paredes. Nada más.

Si Bansky es la alternativa para los futuros productores, Amorales y sus socios también lo son, tan válidos y legítimos como aquel. Pero antes de condenarlos o ensalzarlos, tengamos presente que tarde o temprano, según se mueve nuestro mundo hoy en día, ambos grupos, como tantos otros, será irremediablemente substituidos por nuevos actores con las mismas pretensiones de hegemonía o antihegemonía. Entre mas sean difundan, más saldrá ganado el público.

 

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Un comentario sobre Bansky

Girl with Ballon/ Love is in the Bin. 2006-2018

Como muchos, hace ya algunos años que sé del británico Bansky (1974- ). De él me llama la atención que para ser un tipo que presume su anonimato sea bastante notorio e incluso que no pase mucho tiempo entre nota y nota que de cuenta de lo que hace o de lo que le hacen a su trabajo. En lo personal no me atraen mucho sus pintas se me hace un buen ilustrador, pero dulzón, apropiacionista, oportunista, sentimentaloide, y sus textos o mensajes carentes de novedad y/o verdadero espíritu crítico (en ese sentido nada que ver con la obra, por ejemplo, de Bárbara Kruger o Jenny Holtzer).

A partir del pasado 5 de octubre no ha dejado de aparecer, por uno u otro motivo, en las páginas principales de los medios dedicados a difundir las noticias del mundo del arte. Como se recodará, ese día al final de la última sesión de la jornada, la casa de subastas Sotheby’s, sacó a venta Girl with Ballon(2006) una tela de este productor; a través de la puja, la pieza terminó vendiéndose en 1,042,000 Libras Esterlinas. Cerrado el trato, y ante el asombro de todos, el marco de la tela empezó a ronronear, chisporrotear y a echar a andar un triturador oculto que de inmediato fue devorando la tela mientras arrojaba por debajo tiras, jirones que fue lo único que quedó de lo que, un momento antes, era el lienzo original. A partir de este hecho, se ha dicho cualquier cantidad de cosas a favor y en contra, ha aparecido información complementaria y declaraciones del propio Bansky, así como de los funcionarios de la casa de subastas y diversas autoridades del mundo del arte.

No tengo el gusto de conocer al Sr. Bansky ni a nadie que lo trate personalmente por lo que no tengo por qué dudar de sus intenciones y propósitos, si se dice un maverik del mundo del arte le creo, el problema es que sus acciones y consecuencias resultan, cuando menos, confusas con respecto a su afirmación de autonomía y oposición, es decir, la lectura que provocan acciones como esta, hace suponer que hay mucho más atrás de lo que hace y que lo que dice no forzosamente refleja o es consecuencia de lo que hace. Lo que entiendo del suceso lo divido en tres partes. La primera, la destrucción de la obra, hecho que no es absolutamente nuevo (quizás lo nuevo es que lo haya hecho en una casa de subastas), sólo habría que pensar en Rauschenberg y el dibujo de De Kooning, en las máquinas autodestructivas de Tinguely, las acciones de Arte Correo de Fluxus, e incluso en la famosa quema de obra, aquí en Monterrey, como parte de las protestas de los productores de la ciudad, en contra de la inauguración de la Fuente de la Vida en la Macro Plaza (ahí se quemaron pinturas de Claudio Fernández, Enrique Canales, Juan Alberto Mancilla, Rosa Linda Bulnes, Sergio de Osio, Geroca, Oscar Estrada, Diamantina Gonzáles, y otros).

La segunda, que no es enteramente mía, sino que toma en cuenta otras opiniones y declaraciones de Sotheby’s, es lo poco creíble que resulta que nadie en la casa de subasta se hubiera dado cuenta, antes, durante y después de la venta de la pieza, que dentro del marco (hay que imaginar el grosor de este para que en su interior se escondiera un aparato triturador) había un mecanismo desconocido y por tanto potencialmente peligroso. En otras palabras, es más que probable que la propia casa de subastas o alguno(s) de sus empleados hayan participando en el evento, fueran cómplices de Bansky y facilitaran el suceso. Todo lo anterior, como es de suponerse, pone en tela de juicio la supuesta rebeldía del ilustrador y su afán por desenmascarar la manipulación del mercado del arte. Peor aún, hoy sabemos por declaraciones del propio Bansky, no sólo que efectivamente hubo un comprador que pagó por la Girl with Ballon, esa nada despreciable suma aun ya hecha tiras (pensando, supongo, que así valdría mucho más), sino que ahora, esos mismos deshechos se convierten en una nueva obra Love is in the Bin(El amor está en el basurero)(2018) misma que podría volver a salir a subasta pues como han proclamado algunos se trata de una obra por completo nueva; es más para algunos especialistas asistimos, por primera vez, a la creación de una obra en vivo, ante la presencia del público.

Tercera, que todo esto suena escandaloso, sin duda, pero no sería la primera, ni la última vez que quedan expuestas las nada éticas relaciones que establecen las casas de subasta con las galerías y otras fuerzas del mercado y últimamente hasta con los propios productores. Que es el mercado el que controla qué se produce, cómo, cuándo, dónde y quién, es una realidad a la que hay que irnos acostumbrando, no solo porque cada día es más evidente, sino porque siempre, en mayor o menos medida, ha sido así. Respecto a Bansky, antes que condenarlo pensemos mejor en él como un prototipo de lo que quizás llegue a ser el productor de los próximos años, uno que no sólo sea hábil en lo que haga (pintura, escultura, video, fotografía, etc.) sino que además sepa cómo operar y posicionarse en un mercado ávido de novedades, de notoriedad, de superficialidades y que sea una feria de vanidades y egos, un productor capaz de satisfacer todas estas necesidades a través de su obra, su actuar e incluso su personalidad.

 

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Ni tan cálido y sí muy árido

Carlos Lara

Hace casi cuarenta años inició la construcción de la Macro-Plaza marcando así el inicio del Monterrey contemporáneo, el de nuestros días. En aquel entonces, entre los escombros que fueron quedando y lo que se empezaba a construir el panorama era desolador, como si fuera zona de guerra. Hoy día, a pesar de estar lejos de ser una plaza ideal, es un agradable paseo, una zona de tránsito, sitio de servicios gubernamentales y hasta espacio para la cultura. Hay un flujo constante y permanente de gente de aquí, de allá y de acullá, y los fines de semana es lugar de recreo y solaz seguro para muchísimas personas.

Por la historia del lugar, por su importancia, política, económica, social y cultural, me llama la atención que sólo uno, quizás dos, de los productores invitados a participar en el evento Árido-Cálido, dentro del Festival Santa Lucía y organizado por Las Artes Monterrey, hagan referencia a la misma (la obra de Oswaldo Ruíz, la que más adelante volveré a citar). Por lo ambicioso del proyecto y del alcance que podría tener, quiero ser muy puntual en lo que sigue, más que profundizar, abrir un diálogo que a todos nos conviene.

Allá por los años ochenta del siglo pasado, anualmente se llevaban a cabo las Jornadas para la identificación de la cultura del noreste, lideradas, entre otros, por Armando Flores, director de la flamante Facultad de Artes Visuales de la UANL. El tema era novedoso y pertinente por el momento que se vivía, local, nacional e internacionalmente. Hoy día está passé, es un tema de derechas, el mundo es otro y nuestra ciudad cada vez más es multicultural (centro y sudamericanos; coreanos, asiáticos en general, europeos y por supuesto norteamericanos pasaportados o no). Salvo la pieza de Carlos Lara, ¿alguien piensa en serio que estas obras son resultado de una reflexión sobre el tema de la identidad norestense? Por cierto, ¿qué hacen aquí las piezas de Ana Mercedes Hoyos y de Friedeberg? ¿muy regios ambos?

Pedro Friedeberg

Pedro Friedeberg

Me interesaría conocer cuál es concepto que los organizadores tienen de público, porque lo que he visto en este recorrido por la gran plaza son obras en la calle, algunas en funcionamiento, otras de plano cerradas, y otras más esperando (supongo) que sea el momento adecuado para mostrarse, por ejemplo, el neón Voy a traer el pelo suelto, de Issa Tellez, creo, que a lo largo del día está apagado; y ni qué hablar de los contenedores que supuestamente están dispuestos para otro tipo de exhibición y permanecen cerrados, se abren el día que se inaugura el evento en cuestión y se vuelven a cerrar, si lo viste bien, si no también. Según entiendo hay una programación de exhibiciones que se irán dando a lo largo del tiempo que dura el Festival; me disculpo, pero yo no conozco tal programación ni encuentro la información en ningún lado. ¿Qué será lo público entonces? ¿Salir en las páginas de sociales? Porque tampoco veo que haya una gran sensibilidad hacia lo público o al público que se congrega en este espacio. Con todo respeto, una pieza como la de Rubén Gutiérrez, un código QR que remite a una liga de Internet, demuestra un total desconocimiento de quiénes transitan y visitan el lugar, por no decir nada de la discriminación que supone (me imagino a un chavo de Dr. González o de Hualahuises, apuntando o fotografiando la dirección que ofrece Gutiérrez, para al llegar a su casa, consultarla y extasiarse con la obra que el artista pone así a su alcance). Lo mismo pasa con todos los que pusieron letreros –eso sí muy conceptuales todos– sin ton ni son, por toda la plaza.

Rubén Gutiérrez

En términos generales reina la confusión y prevalece la improvisación. No hay manera de saber qué piezas participan en el evento y cuáles no, con todo y un mal mapa que se distribuyó electrónicamente. Por ejemplo, me hubiera encantado, por lo irónico, que alguien hubiera llevado los leones cursis que están en la fachada del palacio de gobierno; o que fuera muy conceptual aquello del Teatro del Progresoanuncio sobre uno de los contenedores y que estuviera de verdad cerrado, pero no, más bien no estaba abierto cuando fui por lo que se diluyó todo su encanto; o el limosnero que está en el dintel de la entrada principal al atrio de Catedral, pensé sería parte de las piezas de Larios como lo hacen José Luis Cuevas o Héctor Zamora, y ¿quién es el artista que diseñó al pavorreal vegetal?

Oswaldo Ruiz

 

Carlos Balderrama

Tengo la impresión de que en términos generales la plaza, los contenedores, el evento en sí mismo, les quedó grande a todos. ¿Se imaginan una pieza como la de Carlos Balderrama 4 o 5 veces más grande?, o que se integrara el trabajo de Federico Jordán con los demás (por malo que sea) ?, ¿Los contenedores abiertos las 24 horas? Y sobretodo, ojalá hubiera habido la planeación y programación necesarias para que todos los invitados realmente pudieran producir piezas para el lugar, para los públicos que lo visitan, para las dimensiones de la plaza, es decir que en serio hubieran trabajado para el evento y no solo llevado lo que siempre hacen. La verdad, así, no creo que a muchos les interese, como dice un buen amigo y colega “la gente desprecia al arte que desprecia a la gente”.

 

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Un día (sin) lluvia

Amenazado por la lluvia y por las consecuencias que ésta había tenido en el primer cuadro de la ciudad, me frené este domingo y me perdí la exposición al aire libre Árido/Cálido, sólo para ver, más tarde, que ni una gota de agua cayó en todo el día. Así que, sin falta, prometo ir en estos días para comentarla la siguiente semana.

Por lo pronto hay tres temas que por su pertinencia bien vale la pena tratarlos en este momento. El primero es, obviamente, el 2 de octubre que no se olvida. Tras cincuenta años de uso irrestricto, de ser enarbolado en campañas políticas o lo mismo da cuando no las hay, por líderes de la derecha, de la izquierda, del centro o de cualquier tendencia que tenga necesidad de echar mano de un hecho vergonzoso para denunciar, criticar, enjuiciar al otro, así tenga o no que ver con aquello, empiezo a dudar si es que significa algo sobretodo para las generaciones más jóvenes.

Por mi parte, creo que debemos seguir recordando el 2 de octubre, porque probablemente sea el acontecimiento más relevante de nuestra historia contemporánea, un auténtico parteaguas entre el México surgido de la Revolución del ‘10 y el México de nuestros días. Desde el punto de vista de las actividades simbólicas, de la cultura pues, el Movimiento Estudiantil del `68, en México, como en el resto del mundo, en especial en los países que tuvieron sucesos como el nuestro, significó el rompimiento de los viejos moldes de comportamiento, creación, juicio e incluso gusto, una etapa decisiva en la lucha por el reconocimiento a la paridad de géneros y de la inclusión de otras formas de vida; creo que si hubiera una palabra que resumiera lo que se ganó a partir de entonces, esta sería nuevas cotas de libertad. Si hoy en día podemos gozar de una libertad casi irrestricta en los terrenos de la cultura y la opinión pública, sin duda se lo debemos a esos movimientos, es por eso, entre otras tantas cosas, que no podemos dejar de recordar este día, que hasta para eso se necesita contar con esa libertad que en ese entonces sólo se concebía como una utopía más.

Ya que hacemos mención de las consecuencias que el ’68 tuvo en la cultura de este país, pasemos a comentar nuestro siguiente tema. Por lo menos desde que tengo consciencia de la política que se ejerce y cómo se ejerce en México, no recuerdo que se haya discutido públicamente el nombramiento de este o aquel responsable (persona o partido) de la Comisión de Cultura en la Cámara de Diputados, sí en cambio el de quien podía dirigir el INBA, el INAH y/o más recientemente el CONACULTA, y aun en estos casos no recuerdo que se haya removido del cargo a alguno de ellos cediendo a la presión pública. ¿Por qué, entonces, se ha vuelto un tema tan socorrido últimamente? Porque podrían estar en riesgo esos logros que, al menos en el terreno de la creación simbólica, se han ganado, y están en peligro por los dudosos antecedentes y declaraciones públicas que han hecho los que ahora pretenden ser cabeza de esa comisión, la cual es importante porque de ella dependen muchos de los recursos que la federación destina a estas actividades. Y si los recursos siempre han sido magros y han estado castigados, ¿qué se podría esperar cuando su destino y distribución están en manos de quienes, precisamente, han cuestionado los logros alcanzados? Hago notar que el mismo debate, este debate, es posible gracias a lo que social y culturalmente se logró a partir del `68, sin aquel movimiento, hoy, simplemente, no estaríamos discutiendo este tema y menos en las páginas de un diario.

Tercer y último tema. Con respecto a la polémica de los nuevos museos en San Pedro, se han tratado de justificar diciendo que lo que ahí se expondrá está valuado o simplemente vale millones de dólares. Se trata de la triste confusión entre el valor monetario de las cosas y su valor artístico, estético, simbólico, cultural o como se le quiera llamar. Generalmente se tiende a pensar que entre más cuesta una cosa, mayor será su valor, digamos, artístico, y, al contrario, si no cuesta mucho o es gratuito, no tiene ningún chiste o relevancia.

Tales creencias tiene su origen, me parece, en dos aspectos, uno la existencia de un mercado para este tipo de obras, que comparte, con otros mercados, entre otros aspectos, los efectos de la especulación; y, dos, factores asociados a ciertas piezas que nada tienen que ver con ellas, su manufactura o significado estético y sociohistórico, como pudiera ser quién o quiénes son o han sido los que poseyeron este o aquel otro objeto, es decir, su prestigio social, que para una sociedad clasista es un valor muy importante.

Ninguna de estas dos variables puede ser reversible, ni se cambiará o reformará el mercado (que además es necesario), ni el prestigio social dejará de ser una motivación importante a la hora de adquirir una obra. Lo que sí se puede hacer es no dejar pasar oportunidad alguna para intentar explicar estas cosas, para que la gente cobre consciencia de lo que se le esté diciendo y tome la mejor decisión, posibilidad que, por cierto, también se la debemos a los logros del movimiento del ’68.

 

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Los Juanjos


A diferencia de lo que algunos pensaron, cuando me enteré que Arte, A.C. había inaugurado el pasado día 19 una exposición colectiva de fotografía intitulada, Los Juanjos, me pareció simpática, ingeniosa e incluso lúdica como propuesta. La muestra presenta, en efecto, el quehacer fotográfico de seis productores cuyo nombre de pila es, precisamente, Juan José: Herrera, González, García, Lozano, Cerón, Salazar, todos ellos conocidos e identificados con la fotografía y el gremio que los agrupa dentro de la estructura del CONARTE.

No hay una disposición especial para visitar una exposición, menos si se trata de las que presenta una galería o centro cultural, a diferencia de ir a un museo en donde sí puede haber una cierta expectativa positiva por la información previa con que se cuenta. Tan sencillo como el humor con que llegas al lugar, si tuviste un tránsito amable o complicado para llegar, afecta la apreciación de lo que verás la cual será distinta en uno u otro caso, incluso, una misma exhibición, dependiendo únicamente de esta variable, podrá ser un día abominable y al siguiente extraordinaria.

Supongamos que como profesionales logramos aislarnos de esas influencias medioambientales para entrar con el ánimo los más neutro posible para mejor apreciar lo que ofrece la exhibición; aún así hay otros factores, estos sí a considerar, que provocan la fluctuación de la opinión que pueda despertar aquello que verás. Hay que decir que, en principio, uno espera que toda exhibición sea buena, que estimule tu interés, curiosidad, inteligencia, gusto, etc., incluso puede llegar a ser una experiencia positiva le exhibición de material aborrecible, pésimo en calidad, propuesta y contenido, pues algo podrás aprender; lo que nunca esperas suceda es que te deje impasible, indiferente, sin intención o afán de opinar a favor o en contra, simplemente porque ni eso vale la pena hacer al respecto.

Otro aspecto a considerar son las condiciones físicas y museográficas del lugar. Qué esté limpio, dispuesto para recibir al público, despejado y sin otro mobiliario que el indispensable, adecuadamente iluminado, con cédulas para las obras expuestas o si no se emplean que se explique, con textos de sala claros y con la información necesaria para entender lo que se esté presentando. En síntesis, la galería, centro cultural, o espacio de exposiciones debe mostrar respeto tanto por los visitantes como por el trabajo de aquellos que se exponen al juicio de los demás.

Finalmente, por lo menos en mi caso y creo que esta debe ser la actitud correcta para quien pretende dedicarse a la crítica, nunca vas a una exposición para tratar de perjudicarla, menospreciarla, injuriarla, denostarla, todo lo contrario, pero también si ese fuera el caso, estar dispuesto a hacerlo cueste lo que cueste, pues habrá quien esté esperando esa otra voz, la disidente, la crítica, la que exhibe otro lado, otra manera, de ver y juzgar las cosas.

Explico todas esto porque en realidad no tengo nada qué decir de los Juanjos, tan mala es que no sabría ni por dónde empezar. Salvo el trabajo de Juan José Herrera, que es congruente con lo que le conocemos y lo que le conocemos siempre está bien resuelto técnica y expositivamente, así como su propuesta que sabemos resulta interesante desde el punto de vista de la memoria, los recuerdos, la nostalgia, o sobre la identidad y la formación de los géneros. Después de los cinco trabajos que presenta, no hay nada más que comentar, el panorama es tan yermo con sus desoladas lagunas.

Montar una exposición no es cuestión de tener ocurrencias o incluso buenas ideas, eso equivale a creer que el te es la bolsita en la que se encuentra contenido, más cuando se trata de una muestra colectiva y aún mucho más tratándose de fotografía. La ausencia de un aparato conceptual más allá de la pura coincidencia en los nombres de estos productores, así como de una curaduría que supiera qué, cómo y por qué exhibe este y no aquel material, con qué criterio, permite, de entrada, que cada expositor presente el número de obras que quiera, ¿por qué en unos casos hay hasta 10 piezas y en otros sólo 2? Y el colmo, aceptar que cada fotógrafo presente material de chile, de dulce y de manteca con tal de cubrir los muros de la galería o cumplir con una cuota (véanse las dos fotos de producto –comida—que irrisoriamente tratan de hacerse pasar por naturalezas muertas y que nada tienen que ver con las otras cinco que exhibe el mismo productor y que, finalmente, todas, son igual de malas).

Me da tristeza hablar así de una exposición y más cuando los que expone son conocidos y apreciados productores; porque mal que bien Arte, A.C. ha tratado de mantener su inclinación por la exhibición de fotografías; porque fue la única institución que recordó que septiembre es o era el mes dedicado a la fotografía de ahí que haya organizado esta, pero habiendo tanto productor en la ciudad, lo mismo de los consagrados que de los más jóvenes, creo que es justo pedir algo más que puntadas o buenas intenciones.

 

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México, historia, fotografía

Fototeca Nacional, Pachuca, Hidalgo

Fototeca Nacional. Pachuca, Hidalgo

La semana anterior, al hablar de las razones que nos empujan a guardar, y dado el caso, a restaurar fotografías antiguas, dije se debe a la necesidad de mantener vigentes los lazos que nos unen al pasado y que son indispensables para nuestra proyección al futuro, para el diseño de cómo queremos y nos gustaría fueran los días por venir.

A pesar de ello y por contradictorio que pudiera parecer, en ese mismo presente se puede generar el movimiento opuesto, es decir, la eliminación, de todo aquello que una o ligue a los orígenes, a la memoria individual y/o de grupo. Entonces no sólo no se conservan, al igual que otras cosas, las fotografías antiguas, sino que son deliberadamente destruidas, rompiendo así cualquier relación con el pasado.

La función ordenada y sistemática de guardar los rastros del pasado (no sólo imágenes fotográficas, sino cualquier tipo de documento u objeto) es una de las más importantes en el quehacer histórico, y generalmente cae dentro de lo que es la archivística o el coleccionismo especializado. En ambos casos, marcan la diferencia con lo que usted o yo podemos guardar, en tanto ordenan el material cronológicamente y forma parte de un discurso histórico que se re-elabora permanentemente.

Gracias a la institucionalización de estos archivos, colecciones, acervos y/o fondos, es posible conocer y continuar con el estudio e investigación de la historia tanto del medio –de la fotografía, por ejemplo—como del lugar y momento en el que se generó. En nuestro país, gracias a las muchas fototecas que hay, a la Fototeca Nacional, y a uno de sus más famosos archivos, el Casasola, el periodo de la Revolución Mexicana, años antes, años después, es uno de los más estudiados y conocidos en cuanto a personajes, acciones y equipo militar, sitios de batalla, ejércitos y demás fuerzas contendientes, políticos, actos públicos, ceremonias, vida cotidiana de las tropas, ejecuciones, ciudades y poblados, comercio, el papel de las mujeres, la pacificación, etc., Ha sido por esas fotografías que incluso se han podido precisar y corregir datos, fechas y otros detalles de acontecimientos que se creían ya totalmente conocidos (recuerdo en particular una extraordinaria exposición en el Museo de Historia Mexicana, precisamente sobre cómo la fotografía de la Revolución ha servido para completar o corregir lo que muchas veces los documentos escritos recogen deficientemente o de manera incompleta).

Por desgracia no contamos con fotografías de lo que fue la gesta de Independencia (la fotografía llegará a nuestro país entre 1839-41), es decir unos 20 años después de haber concluido. Con lo que sí contamos, y en buen número, es con fotografías provenientes de la muy movida y cambiante segunda mitad del siglo XIX, empezando, por ejemplo, con las fotografías del Segundo Imperio, Maximiliano y Carlota, su corte en México y de su corto y penoso paso por nuestro país. Como sabemos, incluso, trajo consigo su propio fotógrafo, François Aubert. Un poco antes, otro francés, siguiendo los pasos de los norteamericanos Stephens y Catherwood, Desiré Charnay, presentará al mundo las primeras fotografías de lo que fue una de las grandes civilizaciones del México antiguo, la Maya.

La presencia de estos y algunos otros fotógrafos, los llamados viajeros, influyó definitivamente para que el medio echara raíces en nuestro país y favoreciera su posterior desarrollo y fortalecimiento. Lo más interesante de este desarrollo fue que no se limitó a la Ciudad de México por lo que es posible encontrar ejemplos más que significativos de la fotografía nacional en casi todos los estados, cito a manera de muestra a Romualdo García, quien trabajó en el Bajío entre siglos y a Sotero Constantino Jiménez en Juchitán, Oaxaca, durante las décadas de los ‘30 y ‘40. El sólo estudio del trabajo que ambos realizaron nos permitiría comprender cómo se fue dando la vida cotidiana lejos de la capital, cómo se formaron sus clases sociales y cuáles eran sus expectativas, cuál el rol y papel de las mujeres, los niños y los ancianos, cuáles las costumbres, las tradiciones, las festividades, la indumentaria de trabajo y la de gala, y un largo etcétera que la fotografía nos aporta para el entendimiento y comprensión de la historia cultural de nuestro país.

Por absurdo que parezca y a pesar del conocimiento que tenemos de la historia de la fotografía en México, no conozco ningún estudio, individual o de grupo, que esboce, trace o incluso equivocadamente afirme, cuál ja sido esta historia. Claro que ahí esta la famosa Fuga Mexicana(1994), de Olivier Drebroise y antes el catálogo de la exposición Imagen Histórica de la Fotografía en México(1978) de Eugenia Meyer, y más recientemente el México a través de la fotografía (1839-2010)de AA.VV (2014) y, por ahí, un par más de textos que pudieran cumplir esa función. Curioso que no se haya abordado esta tarea, aunque para ser justos es de tal envergadura que quizás sea imposible llevarla a cabo correctamente, como cualquier otra historia que se pretenda general.

 

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La gracia de los retratos antiguos

Aunque es probable que se trate de una práctica que va cayendo en el olvido, la costumbre de guardar fotos antiguas, en especial las familiares, de amistades cercanas, de acontecimientos como nacimientos, bodas, cumpleaños, etc., tiene o tuvo más de una motivación. Si tratándose de sucesos familiares habrá hoy día quien cuestione el valor de conservarlos, mucho más sucede cuando esas imágenes que nos llegan del pasado no sólo carecen de aun autor ya no digamos reconocido sino simplemente no anónimo, sino que desconocemos casi todo lo que aparece ahí, desde los personajes, hasta los sitios y las razones, más allá de lo obvio, de porqué se fotografió.

Toda fotografía antigua tiene un especial interés y atractivo, pero parece ser que son los retratos, en particular, los que ganan los mayores aplausos, quizás por ser ellos los que con mayor insistencia nos hablan del paso del tiempo y de la constante transformación de la vida. Uno mismo se sorprenderse al ver alguna fotografía de cuando era niño, muchas veces pareciera que contemplamos a otra persona. Así pues, a diferencia del paisaje, rural y urbano, de las fotografías de viaje, de objetos y un sinnúmero de curiosidades inanimadas, que pueden permanecer inmutables o que el tiempo parece no pasar por ellas, los retratos están ahí, como si de mementos mori se tratara, para recordarnos nuestra mísera mortalidad.

Sabemos que el 18 de noviembre de 1933 en la Sala de Arte de la Secretaría de Educación Publica se inauguró la exposición Fotografía. Retrospectiva siglo XIX, la primera muestra oficial de fotografía histórica en nuestro país. En ese momento la galería era dirigida por Gabriel Fernández Ledesma (1900-1983), uno de los productores de la primera vanguardia moderna en México, al que se le debe no sólo los inicios de la pintura nacionalista, sino también el haber sido de los primeros investigadores y divulgadores del arte popular mexicano, sus artesanías y en especial sus juguetes; además de haber sido de los fundadores de la LEAR, crítico y promotor del arte mexicano. Aquella noche, invitó a su hermano Enrique (1888-1939) a que dirigiera unas palabras acerca de las fotografías antiguas, su participación la intituló La Gracia de los retratos antiguos, que es de donde tomamos la frase que encabeza estas líneas. Al margen: En la misma velada también habló Manuel Álvarez Bravo, para entonces un fotógrafo ya casi consagrado internacionalmente, con un discurso sobre la fotografía mexicana. Para mayor información, apuntemos que el mayor de los Fernández Ledesma destacó como poeta, escritor e historiador. Uno de sus trabajos más conocidos es la recopilación de Los mexicanos pintados por sí mismos(1935), junto con sus indagaciones sobre la imprenta en México, su tipografía y diseño; de hecho, junto con su hermano sería uno de los responsables de la introducción del Deco a nuestro país en cuanto a las artes visuales se refiere.

Casi veinte años después de este evento, en 1950, el sello Ediciones Mexicanas, S.A. publica en forma de libro el texto de Enrique Fernández Ledesma, con un prólogo de otro apasionado del arte mexicano, Marte R. Gómez, con una colección de fotografías de variopinto origen, en un intento por dejar registro de ese material obtenido fundamentalmente del siglo XIX.

Ya decíamos al iniciar estas líneas que hay diversos motivos de por qué conservar las fotografías antiguas. Según la investigadora del IIE de la UNAM, Deborah Dorotinsky, una de ellas sería la nostalgia, el deseo por conservar el pasado, de mantener las raíces, pero no se trata de un movimiento puramente emocional, propio del romanticismo decimonónico, sino que este aparece –el sentimiento nostálgico—en aquellos momentos en que se está planeando el futuro mediato el cual en ese entonces parece una utopía. Es decir, en cuanto surgen planes hacia el futuro, de cómo se desea sea este, más allá de la ruptura inmediata que se requiere, aparece la necesidad de recordar el pasado, de tenerlo presente, como si fuera la lámpara de Diógenes que guía y va revelando la verdad.

Traer acá esta cita, tiene que ver también con cuestiones de teoría de la historia. Si leemos el texto de Fernández Ledesma, nada nos impediría creer que estamos frente a un poeta del Parnaso Mexicano, es decir frente a un discurso intelectualoide pero cargado de emoción, más propio del romanticismo que de las vanguardias del siglo XX, a las que pertenecía el propio Enrique y su hermano. Esta aparente contradicción nos deja ver, por una parte, que hay eventos en la historia que tienen diferentes tiempos o mejor dicho que se desarrollan a diferente velocidad, uno de los que más tarda en cambiar es el idioma, así mientras los productores mexicanos soñaban con un México moderno, con todo lo que Modernidad, significaba en ese momento (los ‘30s) su habla se mantenía pegada a los modos, si se quiere los más modernos, del romanticismo de hacia un siglo. Quizás la incierta consciencia del presente es la que nos obliga a ir del presente al pasado y del pasado al futuro.

 

Publicado en Milenio Diario
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