Lo que sí y lo que no

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Hace un par de semanas, con motivo de la exposición del mismo nombre, declaré que el Artemergente no existía. Puesto que ha causado cierta confusión e incluso hay quienes se sienten molestos aclaro de inmediato qué es lo que quise decir y por qué lo hice. Pensé que resultaba claro que me refería al término, a emplear Arte y Emergente como si se tratara de una sola palabra, que es la que no existe pues ni siquiera se trata de un neologismo producto de la adaptación del lenguaje a nuevas e imprevistas circunstancias (por ejemplo hablar del nylon, el PET o el Internet), sino a un simple capricho mercadotécnico o de diseño, con la finalidad de hacer creer que se trata de un producto muy, pero muy moderno (en el supuesto que con eso se atrae más fácilmente a un público joven).

Con mi afirmación no pretendí poner en duda o entredicho la existencia del arte joven o emergente como se le prefiere llamar; mejor dicho, ni ahora ni entonces he cuestionado la existencia o presencia del trabajo de los productores que inician su carrera (jóvenes o no). Lo que sí he criticado siempre es la insistencia por encontrar un solo molde o denominación para todos ellos cuando se trata de un universo variopinto que no se agota en un rango de edad, o su visibilidad pública.

Es muy probable que escondida tras este rechazo al uso indebido del lenguaje o al desenfado con que se emplea, se encuentre la crítica que apunta no a su nomenclatura que siempre será algo superficial y contingente, sino a la razón misma de llevar a cabo, de continuar, con este tipo de evento. Si se observa con cuidado el resultado que presenta la Bienal Nacional de Arte Emergente –que podría tratarse de cualquier otro evento, local, nacional o internacional realizado bajo el mismo esquema- lejos está de poder echar las campanas al vuelo, pues independientemente de lo que se piense o nos parezcan las piezas premiadas e incluso la selección misma del salón, nadie podría pretender que ahí se encuentra un ejemplo significativo, válido, suficiente, de lo que se produce en el país; es posible, incluso, que sea al revés, que lo que aquí vemos sea lo menos representativo, o bien que simplemente se trate de lo que, en efecto, se sometió por vez primera a una prueba más allá de su ámbito local en busca de mayor legitimación.

Me atrevo a plantear este escenario por el agotamiento que muestran, una y otra vez, estos concursos y que se hace manifiesto en la baja participación de productores con una incipiente pero ya reconocida trayectoria, y la dudosa calidad de los objetos con que se presentan a concursar (cada vez es más frecuente encontrar que la cantidad de inscritos es infinitamente mayor que la de los seleccionados, lo que no siempre se puede justificar aludiendo al estricto –o estrecho- criterio de los jurados, cuando en realidad lo que puede estar sucediendo es que se selecciona y premia a lo poquito digno que llega a concursar). Por otro lado hay que ver la cantidad de recursos que hoy día tienen a su alcance quienes más en contacto están con los medios electrónicos de comunicación, no sólo cuentan con múltiples oportunidades gracias a las políticas culturales asistencialistas del estado (que no digo estén mal), sino también con el acceso a recursos frescos provenientes de la globalización, es una realidad incuestionable que hoy día puedes ganar un concurso lo mismo en Nuevo León que en Melbourne o Lisboa, e incluso, estas son vías más atractivas y expeditas que los medios tradicionales para la legitimación del quehacer de estos productores.

Mi oposición a esta libertad con que se maneja el lenguaje, tiene su origen, por supuesto, en la defensa del castellano, entre otras cosas, por la estrecha relación que guarda con los procesos de identidad e identificación; no tiene nada que ver con tratar de impedir, frenar o negar, la necesaria y permanente renovación del habla. Sí tiene que ver con ello, y decididamente, cuando veo que los únicos esfuerzos que se hacen para enfrentar un escenario como el que he descrito –y que seguramente mañana será más extremo-, son inventar palabras, modificar procedimientos, o de plano cambiar de nombre, como si con estos actos, cual si fueran de magia, se le enfrentara eficazmente.

Finalmente, declaro la inexistencia de palabras de este tipo, de la misma manera y por las mismas razones por las que debiéramos cuestionar, por absurdo y poco coherente, abuelos con cola de caballo y arracada al oído con abuelas de minifalda y tacón alto, convencidos, de que si no lo pueden ser, por lo menos sí pueden aparentar ser eternamente jóvenes.

 

Publicado originalmente por Milenio Diario
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Balas y sombrerazos

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Tenía un buen rato que no me acercaba a esa extraña construcción, mitad Fort Knox, mitad edificio de oficinas, mitad laberinto, mitad caja de sorpresas, que es el Museo del Noreste, el MUNE, adjunto al Museo de Historia Mexicana, adjunto, a su vez, a la llamada Gran Plaza. Hace unos días, el pasado 31, se inauguró ahí la muestra La Revolución mexicana, un valse triste, razón de mi visita. Apunto de inmediato que se trata de una magnífica exposición compuesta por más de 300 fotografías, libros y revistas, pinturas y grabados, películas y vídeos, todos, obvio es, en torno a la gesta revolucionaria de 1910.

Creada por el historiador Miguel Ángel Berumen para el Museo Nacional de San Carlos, ahora llega a nuestra ciudad con una propuesta diferente sobre el conocimiento que tenemos de la Revolución y el papel que la fotografía ha jugado y juega en dicho conocimiento. De los seis ejes temáticos en que está distribuida la exhibición, hay dos de ellos que especialmente llaman mi atención, aunque sea por diferentes razones. El primero de ellos –que me parece es el central para la apreciación de la exposición y su recorrido- tiene que ver con el recurso y uso de la fotografía en el trabajo del historiador.

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Ya en otras columnas hemos tocado este tema y la urgencia que debería haber por instruir a los futuros investigadores en un conocimiento específico sobre la fotografía, desde aspectos meramente técnicos, hasta cuestiones de apreciación estética y semántica. De lo que se trata es que aprendan a valerse de este medio, que sin duda es uno de los lenguajes más importantes y abundantes del siglo XX, así como lo hacen de los documentos escritos, a fin de obtener visiones más completas, o si se prefiere, simplemente distintas, de aquellas que han sido elaboradas exclusivamente a partir de la palabra escrita. En este sentido la exposición muestra un par de ejercicios en los que, gracias, a la fotografía se obtiene una comprensión más precisa, por ejemplo, de la caída de Ciudad Juárez.

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El siguiente tema que reclamó mi atención, quizás por haber resultado incomprensible, tiene que ver con el Archivo Casasola, como se sabe el fondo fotográfico más importante acerca de la Revolución mexicana. Aunque todo mundo sabe o se imagina que no todas las imágenes posibles de los diez u once años en que el país estuvo en pleito consigo mismo, se encuentran ahí, o que los miles de fotografías que lo componen y que están al alcance de los investigadores en la Fototeca Nacional de Pachuca, no son exclusivamente de la familia Casasola, sino que más bien son las de ellos junto a muchas más, hay una actitud beligerante de parte del curador de esta muestra que resulta complicado entender pues, al parecer, va más allá de explicar por qué es importante contar, conocer, con muchos puntos de visita –muchas y diversas imágenes- antes de pronunciarse por un hecho, para insistir en que a partir del Archivo Casasola se ha difundido una imagen distorsionada de la Revolución y sus actores centrales. En cambio me parece un acierto haber dedicado un apartado a los fotógrafos; una pequeña muestra pero representativa de los más de 400 fotógrafos que se sabe cubrieron en distintos momentos el conflicto armado.

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Dos observaciones más tendría que hacer en contra de esta exposición a pesar de reconocer su valor e importancia. La primera se refiere a que no queda –no me queda- claro cuál es el fin u objetivo final de la exhibición: la parte dedicada a destacar el valor de la imagen fotográfica como documento histórico y la metodología para su estudio e interpretación, o más bien demostrar que hay otros archivos, otros fotógrafos, otras aproximaciones, que difieren incluso del Archivo Casasola, por lo que debiéramos revisar lo que se ha concebido por medio de él a fin de corregir posibles yerros; o es que simplemente se trata de una exposición de fotografías de la Revolución mexicana con la que se buscó, como se ha dicho, dar presencia física, real, a los miles de compatriotas anónimos que perecieron defendiendo uno u otro bando.

El otro señalamiento es el mismo que ya he hecho en aquellas ocasiones en donde se habla de la fotografía en manos de los historiadores. Y es que a pesar de la exégesis que pueden hacer de ellas, de la gran cantidad de información que les pueden arrancar, siempre dejan para otro momento la consideración de la imagen como fotografía, como objeto específico producto de una práctica igualmente singular que fatalmente imprime su naturaleza en el resultado final. Quizás una participación más activa y decisiva de fotógrafos de profesión o de especialistas en el medio, pudieran hacer que este escollo no obscurezca los resultados, que saltado el obstáculo, se pueden obtener.

Publicado originalmente por Milenio Diario
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No existe el Artemergente

Qué pena tener que iniciar de esta manera pero decir o escribir Artemergente es un barbarismo, una tontería. Estoy seguro que quienes propusieron este nombre saben bien que no existe y que, al menos en español, es un error juntar de esta manera dos palabras. Hacer este señalamiento, lo sé, es una necedad mía, lo admito, pero no por su aparente inocencia o inocuidad se debe dejar pasar; es a partir de estos detalles “mínimos”, sin importancia, que se va deformando el idioma –y todo lo demás-, y quizás eso no sea importante para nadie, pero para mí, que nací y crecí en este país, es algo tan relevante como que en su integridad va parte de nuestra identidad, tema que tampoco importa a muchos, y aun así hay que defender si no queremos acabar siendo un champurrado de todo y de nada.

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La palabra esta es el nombre que se le impuso a la exposición resultante del concurso realizado bajo el cobijo de la Bienal Nacional de Arte Emergente que se inauguró el pasado día 26 en las instalaciones del Centro de las Artes en el Parque Fundidora.

La muestra exhibe un total de 50 piezas de 33 productores de distintos estados del país. El número es ligeramente superior al exhibido en eventos similares, pero continua siendo escandalosamente bajo si tomamos en cuenta que el total de participantes fue de 625, es decir, apenas un 5.92% resultó elegido. Datos que cuestionan no el resultado con el que se ha armado esta muestra, sino la vigencia de estos procesos como medios a través de los cuales se pueda dar cuenta –lo más cercano a lo que sucede en la práctica cotidiana- de lo que se produce en el país, región o donde sea que fuera.

Dejemos lo anterior de lado para concentramos en lo que se expone. No deja de sorprender, por ejemplo, la casi ausencia de la fotografía cuando en otros concursos del mismo tipo ocupaba un espacio importante (es curioso, por ejemplo, que Fabiola Menchelli, ganadora de la XVI Bienal Nacional de Fotografía, ahora participe con tres dibujos impresos en cianotipia. Por otra parte, el que no se exhiban más que una o dos fotografías, no significa que no haya productores que se valgan del medio para expresarse, significa, eso sí, que lo que se presentó no tuvo la calidad exigida por el jurado; luego entonces, lo que llama la atención es la pérdida de calidad en lo que se hace, en particular en el terreno de la fotografía).

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Igualmente, la presencia de la escultura u objetos escultóricos resulta relevante, de hecho los dos apoyos que se entregaron junto con el premio de adquisición recayeron en trabajos de esta naturaleza, la pieza del llamado colectivo Salazar, y las cerámicas de Andrés Anza C., junto a ellos había, por lo menos, otros cinco productores; cifra, comparada nuevamente con otras ediciones de este mismo concurso, o de similares, que esperamos sea indicativa del interés creciente por el quehacer tridimensional entre los productores más jóvenes.

Dos aspectos más me parecen dignos de mención. Por una parte la participación de los trabajos en vídeo que por primera vez en mucho tiempo presentan una calidad uniforme; destacan las obras de Edgar Luna Celis (quien obtuvo el premio de adquisición), Adrián Regnier Chávez, y Carlos A. Hoyos (cuyo trabajo, desde mi punto de vista, resulta el más interesante y mejor construido de lo presentado.) También hay que mencionar el trabajo-proyecto de Yolanda García Ceballos, un excelente ejemplo del equilibrio que debe guardar esta clase de obras en las que la información es vital pero no al grado de suplantar a lo visual.

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Finalmente. Cuando llegué a las salas de exhibición del Centro de las Artes y leí la primera de las tres cédulas de presentación, me imaginé un recorrido chato y pobre en referencias a la cotidianeidad que se viven en el país. Y es que quienes sirvieron de jurado en esta ocasión afirman, en dos de estos textos y/o en las ruedas de prensa que ofrecieron, que esperaban ver referencias a la situación económica, política y de violencia por las que pasa el país, y que sin embargo lo que perciben en lo que se sometió a su juicio, fue otro tipo de preocupaciones, preocupaciones lejanas a sus expectativas y más bien centradas en lo individual y en la factura de la obra. Creo que lo externado no es exactamente cierto, hay, como siempre en estos eventos, de todo incluidas piezas que hablan abierta y explícitamente de lo que sucede en el país. El que no todos los productores estén tratando, reflexionando y/o pronunciándose sobre estos temas a partir de su obra, puede tener muchas aristas que lo expliquen, no es forzosamente por falta de interés, madurez, o sensibilidad al respecto. Esperar encontrar una presencia absoluta de estos temas en el trabajo de los jóvenes productores y expresarlo de esa manera me parece un grave prejuicio que pudiera llegar a cuestionar la objetividad del jurado convocado en esta ocasión.

 

Publicado originalmente en Milenio Diario.
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Aunque la Mona se cambie de nombre…

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La última edición causó tal revuelo que propios y extraños juraron y perjuraron que harían hasta lo imposible por enmendar faltas y no repetir errores, por hacer que el antiguo Salón de la Fotografía volviera a ser un evento digno, trascendente, que reflejara el estado real de la fotografía en Nuevo León; tan así fue que hasta se le cambio de nombre a ver si con eso algo se remediaba o en eso estaba la clave de un futuro éxito.

El pasado 12 del presente se inauguró en la Fototeca del estado, la muestra intitulada Revisión 2015, fotógrafos de Nuevo León. Está compuesta por el trabajo de ocho productores, León Uribe, Yolanda leal, Carolina Camarena, Iván Manrique, Juan José Herrera, Veronique Chapuy, Eduardo Jiménez, Eduark Collazo y el grupo Estética Unisex, quienes fueron seleccionados, habiendo cumplido con todos los requisitos de la convocatoria, por Alejandro Castellanos. Como era de esperarse la exposición resulta breve (lo que se agradece) a pesar de presentar “grandes” proyectos como el de Yolanda Leal.

Pero, ¿no fue esta parquedad o ausencia de productores uno de los puntos que generó la polémica en torno a lo que vimos hace un año? Qué curioso que hasta ahora no se ha sabido de ninguna opinión en contra, o algún cuestionamiento al respecto. Llama la atención también la extraña combinación de grupos, casi me atrevería a decir que de generaciones, pues mientras hay gente con una trayectoria más o menos sólida como Yolanda Leal, Juan José Herrera o Carolina Camarena, hay quienes empiezan hacer sus presentaciones, Veronique Chapuy, León Uribe, Eduark Collazo, quizás su reunión esté más bien dictada por el contacto que guardan o han guardado con la Fototeca y sus distintos proyectos (a través, por ejemplo, del PFC).

 

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Sí me parece que ocho productores es una cifra nada representativa del quehacer fotográfico que se realiza en la ciudad. Exhibir cuatro o más imágenes de cada uno de los seleccionados, de los proyectos con que acudieron a la convocatoria, tampoco alivia la situación, sirve, eso sí, para llenar el espacio, pero, por ejemplo, ¿no sería mucho mejor tener tres o cuatro fotografías de Eduardo Jiménez (Hotel) en gran formato en lugar de las 13 que se exhiben? No digo que desmerezcan su participación sino, al contrario, algunas de ellas son tan buenas que merecieran imprimirse en otro formato en lugar de saturar el tema.

Si partimos de que quienes acudieron al llamado de la convocatoria, tienden a identificar su trabajo con una determinada tendencia, con un cierto Nuevo Realismo, entonces se puede entender de igual manera lo expuesto que el bajo número de participantes, ¿pero es que en la ciudad no hay retratistas, no hay documentalistas, no hay quienes se sientan tentados por el paisaje urbano o natural, por salir a las calles y registrar lo que les salga al paso, quien tenga curiosidad científica o tecnológica? ¿Estaremos más bien frente a un problema de convocatoria y no de selección estricta o carencia de nivel?

Frente a esta Revisión, resulta imposible pronunciarse sobre el estado de la fotografía en Nuevo León, no creo que sea suficiente con conocer lo hecho por estos ocho productores porque además son trabajos en una línea ya vista, conocida, no son malos, pero sí carentes de frescura y/o novedad (Yolanda Leal, Carolina Camarena, Estética Unisex, Eduardo Jiménez) como para estar en un salón con objetivos como los del presente. En este sentido sólo me atrevo a destacar el trabajo de Iván Manrique y tal vez el de Chapuy, que por cierto es el único en Blanco y Negro. Esto sí es un balance, pero únicamente de lo que hay en ese campo, el cultivado por estos productores y, posiblemente, algunos otros que se interesan por este tipo de fotografía y no alcanzaron a presentar su material, o de plano Castellanos no los tomó en cuenta en esta ocasión.

No sé que pase con los demás fotógrafos y productores que se valen de la fotografía para realizar su trabajo (pienso en Larios cuando nos sorprendió con sus trabajos “fotográficos”), pero por alguna rezón no están presentes en esta Revisión; lo más fácil es pensar que no conocieron la convocatoria o que su carga de trabajo es tal que no tuvieron tiempo como para atender el llamado de la Fototeca. Lo complicado es lo que sigue, qué hacer para que regresen (suponiendo que esto es lo que interesa a las autoridades), para que sientan la necesidad de dar a conocer y compartir su trabajo a través de los salones oficiales. Nos vamos dando cuenta entonces de que lograrlo requiere de mucho más que un simple cambio de nombre.

 

Publicado originalmente en Milenio Diario
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Trabajo por comida

 

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Una de las fallas que presenta el inmueble que alberga la Casa de la Cultura de Nuevo León, la antigua Estación del Golfo, un edificio histórico, es, precisamente, que nunca se pudo adaptar a las necesidades y funciones que le demandaba su nueva condición, y si bien durante un buen tiempo funcionó más o menos adecuadamente, hoy día, por desgracia su propia estructura arquitectónica, esa que lo convierte en un singular ejemplo de las construcción finisecular de la ciudad, se vuelve en su contra y prácticamente hace que cuanta exhibición se monte en ella se vea limitada.

Por ello es que cuando se hace un esfuerzo por adaptar y modificar las salas de exhibición, así como por preparar el material de exhibición para que mejor se presente, se aprecie, se entienda, en los espacios asignados, se agradece independientemente de cuál sea el resultado. Tal es el caso de la exhibición de Eduardo Jiménez, La estricta recompensa, que ahí se exhibe desde el pasado 20 de febrero. Compuesta por 28 fotografías a color de formato grande (cuatro de ellas tamaño mural) y tres videos, ocupa las salas de la planta baja, más el espacio del segundo nivel, todo lo cual ha sido modificado, como ya se dijo, con la idea de reforzar el mensaje que Jiménez pretende transmitir, comunicar a sus espectadores.

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El tema de la exposición más que los comedores industriales es el del ambiente, el clima, la atmósfera e incluso las estrategias que las grandes armadoras transnacionales ponen en marcha para obtener mejores rendimientos sin que eso signifique mejores condiciones ni de trabajo ni de vida para quienes laboran en estos lugares. Un ejemplo de los medios de los que se valen las maquiladoras y otras empresas para mejorar y/o incrementar su productividad son, precisamente, los comedores industriales. No es exagerado decir que en tales compañías y a través de prestaciones como estas hacen que se trabaje por comida, una versión contemporánea de las casas de raya. Dado que este es el tema central del trabajo de Jiménez, a lo largo de la exposición se presentan textos y diagramas que explican los modelos económicos en los que se basan este tipo de procesos o políticas laborales. Igualmente se exhibe una serie de mapas demográficos y económicos en dónde se muestra la distribución de la fuerza laboral en el país, y cuanta de ella se encuentra en esta situación.

Las 28 fotografías que se exponen representan distintos comedores industriales en Nuevo León, Coahuila, Zacatecas, Chihuahua, etc. unos más grandes que otros, mejor equipados, mejor diseñados, y salvo una o dos fotografías las restantes se encuentran vacías, frías, totalmente asépticas; esta es la imagen que un día identificó la modernidad en nuestra ciudad a través de las fotografías de Eugenio Espino Barros, cuando las empresas locales empezaban a implementar estos recursos aunque con una distinta finalidad.

Las fotografías de Eduardo Jiménez son como las de Espino Barros, limpias, precisas, compuestas simétricamente, estrictas en su estructura que busca ser un reflejo de lo retratado, salvo el color en las fotografías actuales, todo lo demás permanece casi idéntico, o mejor dicho, semejante al modelo que Espino Barros fotografiara hace ya más de medio siglo. En un sentido estrictamente fotográfico la exposición que estamos comentando no tiene desperdicio, no obstante, al enfrentarnos al mismo material, incluidos los 3 vídeos que se presentan, entonces, como exposición, desgraciadamente, cambia la apreciación.

Entiendo bien que se hagan esfuerzos por hacer ver a los fotógrafos o a los que se valen de la fotografía para comunicarse, la necesidad de que cuenten o elaboren un proyecto que los respalde, que de sentido y oriente a su producción, para evitar de esta manera al burro que toca la flauta. Pero me parece que en un caso como el de Jiménez, lo más importante no son, o mejor dicho, sus fotografías han perdido el papel central que debían tener ante el discurso que las acompaña y más aún cuando este también asume la forma gráfica, esto es, que compite visualmente con las fotografías; 28 imágenes para todo el espacio que ocupa la exposición son, en verdad, muy pocas, y si se ha empleado tanto espacio es por la necesidad de mostrar toda la información estadística que forma parte de la muestra, no la acompaña, no la refuerza, es tan imagen como lo son las fotografías o los vídeos.

Ahora que se ha aprendido a trabajar con proyectos, habrá que encontrar el delicado equilibrio entre la imagen fotográfica, la información que en sí misma posee, y la que hay que acercarle a fin no sólo de hacerla comprensible sino complemento de otros temas.

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Publicado originalmente por Milenio Diario
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Kubrick y los días de fiesta

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El pasado viernes 6 del presente, el MARCO abrió sus puertas al público para que visite, conozca, comente y goce la exposición dedicada a la memoria y figura del director de cine Stanley Kubrick (1928-1999). Como lo he confesado en otras ocasiones en que me he ocupado del tema del cine, nada más alejado de mis intenciones, que hacer una crítica del quehacer del cineasta, a pesar de ser, quizás el único, del que he visto toda su filmografía, con excepción de una sola de ellas (Flying Padre, 1950-51) y de ser, quizás también el único, del que he visto más de una de sus películas más de una vez.

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La muestra ha sido organizada desde Europa por medio del Deutsches Filmmuseum de Frankfurt, Alemania, en colaboración con su viuda, Christiane Kubrick y Jan Harlan, su cuñado, productor ejecutivo e investigador principal en el que posiblemente haya sido el proyecto más ambicioso pero también el más frustrante de Kubrick, la película sobre el gran corso, Napoleón. El recorrido por la muestra es simple, limpio y sin complicaciones, inicia con los indispensables antecedentes que nos presentan a un Kubrick más bien tirado a la fotografía (no deja de llamarme la atención que se haya privilegiado la exhibición de las tiras de contacto en lugar de las imágenes seleccionadas para imprimirse, que por supuesto también se presentan; me imagino que se debe a la idea de dar a entender la presencia de una mirada atenta a la secuencia, al registro del tiempo, que después cede su lugar, casi obligatoriamente, al cine). Posteriormente, con más o menos material, se van presentando y comentando cada una de las 17 películas que llegó a exhibir, más los proyectos en que trabajó hasta el día que le sorprendió la muerte a los 71 años de edad en su casa en Londres.

 

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Tuve la oportunidad de visitar la exhibición hace dos días, es decir, el domingo 8, dedicado a celebrar el Patrimonio Cultural de Nuevo León; nada más reconfortante que ver un museo lleno y en apariencia atento a lo que se le presenta (con sus consabidas excepciones), no hay duda de que la entrada libre fue una de las razones que explican la afluencia del público, no obstante quiero pensar que también lo ha sido la temática y la forma en que se ha presentado un material de suyo difícil aunque museable, y aunque la mayoría de los espectadores difícilmente ha visto más de una película del director norteamericano, durante el recorrido y a la salida del museo, todos nos hemos transformado en expertos, conocedores de su hacer y sus motivaciones.

 

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En consecuencia, no puedo, ni quisiera, decir nada en contra de esta exhibición, y sin embargo, no es algo que me haya gustado, me explico. Aplaudo que en términos generales y en particular el MARCO de cabida a muestras, digamos, poco ortodoxas, cuya culminación bien podría ser la que he estado comentando. Su presencia, la cantidad de público que lograr convocar, los comentarios favorables que levantan, son, desde mi particular óptica, señales, llamadas de atención sobre algo que en el mundo de la cultura ha cambiado o, mejor aun, se encuentra mudando de piel. No es simplemente que se acoja al cine como el séptimo arte, sobre eso no hay discusión, sino, como en este caso, que su parafernalia, su memorabilia, se incorpore también a lo coleccionable, a lo museable, como he dicho, a la gama de lo apreciable sensiblemente tal y como si viéramos un grabado, un dibujo, una pieza cerámica. En este sentido muestras como la presente, para mi, se encuentran dentro de los límites del concepto Salón de la Fama (del Base-Ball, del Box, o del fútbol, donde te conmueve hasta las lagrimas el bate con que Babe Ruth pegó su último Home Run, o la camiseta con que el llamado niño de oro ganó su séptimo Pichichi con el Real Madrid). Ver la silla de director que usaba Kubrick, el traje de astronauta de 2001, el casco de los soldados de Full Metal Jacket, las correcciones hechas sobre los guiones aquí y allá, las cartas de filmación, los llamados, etc., a mi, en lo particular, no me mueven a apreciar y/o entender más, ni mejor, su trabajo, me resisto al culto a la personalidad que creo promueven estas exhibiciones.

Si quitamos los días oficiales, el 24, 25, y 31 de diciembre, el 1 de enero, las festividades personales, el día del santo del pueblo, nos deben quedar, más menos, unos 300 días libres ¿no se pudo escoger cualquiera de ellos para celebrar al Patrimonio Cultural de Nuevo León y no interferir con el día Internacional de la Mujer; no podríamos haber respetado al menos ese día?

 

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La política en manos equivocadas

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¿Cuál debería ser el mejor momento para dar a conocer lo que piensas -en mi caso, en materia de política cultural, de cara al cada vez más próximo proceso electoral que nos tocará vivir a los neoleoneses? Como no entiendo lo que es eso de los tiempos políticos, o el tiempo en que un político puede o no pronunciarse por uno u otro tema, prefiero exponer cuanto antes mi parecer, cuando aun puede ser de alguna utilidad, que de eso se trata, no de opinar por opinar, u opinar para ver que me cae a cambio.

Para empezar aclaremos que a pesar de que mi área de competencia sea la actividad cultural, mi voto no depende de lo que hagan o dejen de hacer en ella los ahora candidatos, futuros gobernadores; mi voto estará en función, más bien, de la honradez en su actuar presente y pasado, de lo que opinen sobre temas como Monterrey VI, la seguridad, la impartición de justicia y la lucha contra la corrupción, el endeudamiento, la selección de colaboradores, etc., etc., de entre estos y otros temas, por supuesto que me interesa conocer qué es lo que proponen como políticas de estado respecto a la actividad cultural. Para mi tienen prioridad los otros temas porque es en ese contexto en el que se insertan las actividades culturales y las prácticas artísticas; si no pensamos en estas de una manera amplia e incluyente, que vaya más allá de las llamadas Bellas Artes, estaremos cometiendo el gran error de excluir de este campo a la mayoría de la población. De lo que se trata es de ir definiendo una cultura contemporánea en la que todos encuentren su medio, su tiempo y espacio de expresión, de encuentro con sus públicos.

La oportunidad que cada seis años se abre en busca de la participación ciudadana, que en el mejor de los casos, una vez cerradas las urnas, no vuelve a tomarse en cuenta, me parece no debería convertirse en paño de lagrimas, esto es, todos conocemos cómo y cuál ha sido la actuación del CONARTE estos últimos seis años. No hay quien estando en contacto con el consejo no tenga por señalar yerros y equívocos, direcciones discrecionales, o total inanición, como también habrá quien aplauda lo hecho, festeje su actuación, y agradezca su participación y orientación. Tampoco es tiempo, creo yo, de solicitudes, de extender la mano y pedir ya que mi gremio es el más desprotegido, el que menos recibe, el más castigado, el que más merece. Y esta opción menos aun debería aprovecharse para presentar proyectos, los que harán de Nuevo León una potencia mundial en la cultura actual, los que llevarán a las multitudes a los museos y centros culturales, los que sensibilizarán a la población y harán de ella un potencial coleccionista de arte local.

Antes de que sucedan estas y peores cosas, deberíamos exigir a los candidatos que sean ellos quienes en reuniones con los gremios, sectores, vecinos, agrupaciones o como quieran llamarles, presenten cuál es la política cultural que llevarán a cabo en el estado, con la que administrarán las muchas y muy diversas tareas con que tienen que cumplir; las que dictarán cuáles serán los proyectos a realizar, cómo se seleccionarán, etc. Antes de que vuelvan a reunirse con nosotros, antes de que pidan les demos ideas para un diagnóstico, un plan, un programa, escuchemos que tienen qué decir al respecto, son ellos los que nos tienen que convencer, son ellos los que necesitan de nuestro voto, son ellos los que tienen que responsabilizarse por sus propuestas para que entonces sí podamos reclamarles, pedirles rendición de cuentas, de otra manera es como hacerse seppuku, ¿qué les reclamas si las ideas fueron las tuyas, si con ellas se supone alimentaron sus proyectos; no para eso te invitaron?, ¿cómo hacerse cargo, como sentir la responsabilidad por un trabajo, cuando ni siquiera se les ocurrió y menos imaginaron? (por supuesto que estoy consciente del poco o nulo caso que se presta a las propuestas que surgen de estas reuniones, pero aún suponiendo que sí las atendieran, cómo llevarlas a cabo si no fueron sus ideas?)

Los actuales candidatos son los políticos no nosotros, de esa capacidad depende su actuar y éxito al frente del gobierno del estado; son ellos, entonces, los que deben ofrecer su plan de trabajo en esta área como en cualquier otra, y no los involucrados en ella, los supuestos “expertos”, caer, una vez más, en este juego, es dejar la política en manos equivocadas, que no nos sorprendan, entonces, los resultados.

 

Publicado originalmente por Milenio Diario
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Imagen: http://www.reylf.devianart.com
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