No existe el Artemergente

Qué pena tener que iniciar de esta manera pero decir o escribir Artemergente es un barbarismo, una tontería. Estoy seguro que quienes propusieron este nombre saben bien que no existe y que, al menos en español, es un error juntar de esta manera dos palabras. Hacer este señalamiento, lo sé, es una necedad mía, lo admito, pero no por su aparente inocencia o inocuidad se debe dejar pasar; es a partir de estos detalles “mínimos”, sin importancia, que se va deformando el idioma –y todo lo demás-, y quizás eso no sea importante para nadie, pero para mí, que nací y crecí en este país, es algo tan relevante como que en su integridad va parte de nuestra identidad, tema que tampoco importa a muchos, y aun así hay que defender si no queremos acabar siendo un champurrado de todo y de nada.

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La palabra esta es el nombre que se le impuso a la exposición resultante del concurso realizado bajo el cobijo de la Bienal Nacional de Arte Emergente que se inauguró el pasado día 26 en las instalaciones del Centro de las Artes en el Parque Fundidora.

La muestra exhibe un total de 50 piezas de 33 productores de distintos estados del país. El número es ligeramente superior al exhibido en eventos similares, pero continua siendo escandalosamente bajo si tomamos en cuenta que el total de participantes fue de 625, es decir, apenas un 5.92% resultó elegido. Datos que cuestionan no el resultado con el que se ha armado esta muestra, sino la vigencia de estos procesos como medios a través de los cuales se pueda dar cuenta –lo más cercano a lo que sucede en la práctica cotidiana- de lo que se produce en el país, región o donde sea que fuera.

Dejemos lo anterior de lado para concentramos en lo que se expone. No deja de sorprender, por ejemplo, la casi ausencia de la fotografía cuando en otros concursos del mismo tipo ocupaba un espacio importante (es curioso, por ejemplo, que Fabiola Menchelli, ganadora de la XVI Bienal Nacional de Fotografía, ahora participe con tres dibujos impresos en cianotipia. Por otra parte, el que no se exhiban más que una o dos fotografías, no significa que no haya productores que se valgan del medio para expresarse, significa, eso sí, que lo que se presentó no tuvo la calidad exigida por el jurado; luego entonces, lo que llama la atención es la pérdida de calidad en lo que se hace, en particular en el terreno de la fotografía).

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Igualmente, la presencia de la escultura u objetos escultóricos resulta relevante, de hecho los dos apoyos que se entregaron junto con el premio de adquisición recayeron en trabajos de esta naturaleza, la pieza del llamado colectivo Salazar, y las cerámicas de Andrés Anza C., junto a ellos había, por lo menos, otros cinco productores; cifra, comparada nuevamente con otras ediciones de este mismo concurso, o de similares, que esperamos sea indicativa del interés creciente por el quehacer tridimensional entre los productores más jóvenes.

Dos aspectos más me parecen dignos de mención. Por una parte la participación de los trabajos en vídeo que por primera vez en mucho tiempo presentan una calidad uniforme; destacan las obras de Edgar Luna Celis (quien obtuvo el premio de adquisición), Adrián Regnier Chávez, y Carlos A. Hoyos (cuyo trabajo, desde mi punto de vista, resulta el más interesante y mejor construido de lo presentado.) También hay que mencionar el trabajo-proyecto de Yolanda García Ceballos, un excelente ejemplo del equilibrio que debe guardar esta clase de obras en las que la información es vital pero no al grado de suplantar a lo visual.

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Finalmente. Cuando llegué a las salas de exhibición del Centro de las Artes y leí la primera de las tres cédulas de presentación, me imaginé un recorrido chato y pobre en referencias a la cotidianeidad que se viven en el país. Y es que quienes sirvieron de jurado en esta ocasión afirman, en dos de estos textos y/o en las ruedas de prensa que ofrecieron, que esperaban ver referencias a la situación económica, política y de violencia por las que pasa el país, y que sin embargo lo que perciben en lo que se sometió a su juicio, fue otro tipo de preocupaciones, preocupaciones lejanas a sus expectativas y más bien centradas en lo individual y en la factura de la obra. Creo que lo externado no es exactamente cierto, hay, como siempre en estos eventos, de todo incluidas piezas que hablan abierta y explícitamente de lo que sucede en el país. El que no todos los productores estén tratando, reflexionando y/o pronunciándose sobre estos temas a partir de su obra, puede tener muchas aristas que lo expliquen, no es forzosamente por falta de interés, madurez, o sensibilidad al respecto. Esperar encontrar una presencia absoluta de estos temas en el trabajo de los jóvenes productores y expresarlo de esa manera me parece un grave prejuicio que pudiera llegar a cuestionar la objetividad del jurado convocado en esta ocasión.

 

Publicado originalmente en Milenio Diario.
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Aunque la Mona se cambie de nombre…

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La última edición causó tal revuelo que propios y extraños juraron y perjuraron que harían hasta lo imposible por enmendar faltas y no repetir errores, por hacer que el antiguo Salón de la Fotografía volviera a ser un evento digno, trascendente, que reflejara el estado real de la fotografía en Nuevo León; tan así fue que hasta se le cambio de nombre a ver si con eso algo se remediaba o en eso estaba la clave de un futuro éxito.

El pasado 12 del presente se inauguró en la Fototeca del estado, la muestra intitulada Revisión 2015, fotógrafos de Nuevo León. Está compuesta por el trabajo de ocho productores, León Uribe, Yolanda leal, Carolina Camarena, Iván Manrique, Juan José Herrera, Veronique Chapuy, Eduardo Jiménez, Eduark Collazo y el grupo Estética Unisex, quienes fueron seleccionados, habiendo cumplido con todos los requisitos de la convocatoria, por Alejandro Castellanos. Como era de esperarse la exposición resulta breve (lo que se agradece) a pesar de presentar “grandes” proyectos como el de Yolanda Leal.

Pero, ¿no fue esta parquedad o ausencia de productores uno de los puntos que generó la polémica en torno a lo que vimos hace un año? Qué curioso que hasta ahora no se ha sabido de ninguna opinión en contra, o algún cuestionamiento al respecto. Llama la atención también la extraña combinación de grupos, casi me atrevería a decir que de generaciones, pues mientras hay gente con una trayectoria más o menos sólida como Yolanda Leal, Juan José Herrera o Carolina Camarena, hay quienes empiezan hacer sus presentaciones, Veronique Chapuy, León Uribe, Eduark Collazo, quizás su reunión esté más bien dictada por el contacto que guardan o han guardado con la Fototeca y sus distintos proyectos (a través, por ejemplo, del PFC).

 

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Sí me parece que ocho productores es una cifra nada representativa del quehacer fotográfico que se realiza en la ciudad. Exhibir cuatro o más imágenes de cada uno de los seleccionados, de los proyectos con que acudieron a la convocatoria, tampoco alivia la situación, sirve, eso sí, para llenar el espacio, pero, por ejemplo, ¿no sería mucho mejor tener tres o cuatro fotografías de Eduardo Jiménez (Hotel) en gran formato en lugar de las 13 que se exhiben? No digo que desmerezcan su participación sino, al contrario, algunas de ellas son tan buenas que merecieran imprimirse en otro formato en lugar de saturar el tema.

Si partimos de que quienes acudieron al llamado de la convocatoria, tienden a identificar su trabajo con una determinada tendencia, con un cierto Nuevo Realismo, entonces se puede entender de igual manera lo expuesto que el bajo número de participantes, ¿pero es que en la ciudad no hay retratistas, no hay documentalistas, no hay quienes se sientan tentados por el paisaje urbano o natural, por salir a las calles y registrar lo que les salga al paso, quien tenga curiosidad científica o tecnológica? ¿Estaremos más bien frente a un problema de convocatoria y no de selección estricta o carencia de nivel?

Frente a esta Revisión, resulta imposible pronunciarse sobre el estado de la fotografía en Nuevo León, no creo que sea suficiente con conocer lo hecho por estos ocho productores porque además son trabajos en una línea ya vista, conocida, no son malos, pero sí carentes de frescura y/o novedad (Yolanda Leal, Carolina Camarena, Estética Unisex, Eduardo Jiménez) como para estar en un salón con objetivos como los del presente. En este sentido sólo me atrevo a destacar el trabajo de Iván Manrique y tal vez el de Chapuy, que por cierto es el único en Blanco y Negro. Esto sí es un balance, pero únicamente de lo que hay en ese campo, el cultivado por estos productores y, posiblemente, algunos otros que se interesan por este tipo de fotografía y no alcanzaron a presentar su material, o de plano Castellanos no los tomó en cuenta en esta ocasión.

No sé que pase con los demás fotógrafos y productores que se valen de la fotografía para realizar su trabajo (pienso en Larios cuando nos sorprendió con sus trabajos “fotográficos”), pero por alguna rezón no están presentes en esta Revisión; lo más fácil es pensar que no conocieron la convocatoria o que su carga de trabajo es tal que no tuvieron tiempo como para atender el llamado de la Fototeca. Lo complicado es lo que sigue, qué hacer para que regresen (suponiendo que esto es lo que interesa a las autoridades), para que sientan la necesidad de dar a conocer y compartir su trabajo a través de los salones oficiales. Nos vamos dando cuenta entonces de que lograrlo requiere de mucho más que un simple cambio de nombre.

 

Publicado originalmente en Milenio Diario
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Trabajo por comida

 

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Una de las fallas que presenta el inmueble que alberga la Casa de la Cultura de Nuevo León, la antigua Estación del Golfo, un edificio histórico, es, precisamente, que nunca se pudo adaptar a las necesidades y funciones que le demandaba su nueva condición, y si bien durante un buen tiempo funcionó más o menos adecuadamente, hoy día, por desgracia su propia estructura arquitectónica, esa que lo convierte en un singular ejemplo de las construcción finisecular de la ciudad, se vuelve en su contra y prácticamente hace que cuanta exhibición se monte en ella se vea limitada.

Por ello es que cuando se hace un esfuerzo por adaptar y modificar las salas de exhibición, así como por preparar el material de exhibición para que mejor se presente, se aprecie, se entienda, en los espacios asignados, se agradece independientemente de cuál sea el resultado. Tal es el caso de la exhibición de Eduardo Jiménez, La estricta recompensa, que ahí se exhibe desde el pasado 20 de febrero. Compuesta por 28 fotografías a color de formato grande (cuatro de ellas tamaño mural) y tres videos, ocupa las salas de la planta baja, más el espacio del segundo nivel, todo lo cual ha sido modificado, como ya se dijo, con la idea de reforzar el mensaje que Jiménez pretende transmitir, comunicar a sus espectadores.

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El tema de la exposición más que los comedores industriales es el del ambiente, el clima, la atmósfera e incluso las estrategias que las grandes armadoras transnacionales ponen en marcha para obtener mejores rendimientos sin que eso signifique mejores condiciones ni de trabajo ni de vida para quienes laboran en estos lugares. Un ejemplo de los medios de los que se valen las maquiladoras y otras empresas para mejorar y/o incrementar su productividad son, precisamente, los comedores industriales. No es exagerado decir que en tales compañías y a través de prestaciones como estas hacen que se trabaje por comida, una versión contemporánea de las casas de raya. Dado que este es el tema central del trabajo de Jiménez, a lo largo de la exposición se presentan textos y diagramas que explican los modelos económicos en los que se basan este tipo de procesos o políticas laborales. Igualmente se exhibe una serie de mapas demográficos y económicos en dónde se muestra la distribución de la fuerza laboral en el país, y cuanta de ella se encuentra en esta situación.

Las 28 fotografías que se exponen representan distintos comedores industriales en Nuevo León, Coahuila, Zacatecas, Chihuahua, etc. unos más grandes que otros, mejor equipados, mejor diseñados, y salvo una o dos fotografías las restantes se encuentran vacías, frías, totalmente asépticas; esta es la imagen que un día identificó la modernidad en nuestra ciudad a través de las fotografías de Eugenio Espino Barros, cuando las empresas locales empezaban a implementar estos recursos aunque con una distinta finalidad.

Las fotografías de Eduardo Jiménez son como las de Espino Barros, limpias, precisas, compuestas simétricamente, estrictas en su estructura que busca ser un reflejo de lo retratado, salvo el color en las fotografías actuales, todo lo demás permanece casi idéntico, o mejor dicho, semejante al modelo que Espino Barros fotografiara hace ya más de medio siglo. En un sentido estrictamente fotográfico la exposición que estamos comentando no tiene desperdicio, no obstante, al enfrentarnos al mismo material, incluidos los 3 vídeos que se presentan, entonces, como exposición, desgraciadamente, cambia la apreciación.

Entiendo bien que se hagan esfuerzos por hacer ver a los fotógrafos o a los que se valen de la fotografía para comunicarse, la necesidad de que cuenten o elaboren un proyecto que los respalde, que de sentido y oriente a su producción, para evitar de esta manera al burro que toca la flauta. Pero me parece que en un caso como el de Jiménez, lo más importante no son, o mejor dicho, sus fotografías han perdido el papel central que debían tener ante el discurso que las acompaña y más aún cuando este también asume la forma gráfica, esto es, que compite visualmente con las fotografías; 28 imágenes para todo el espacio que ocupa la exposición son, en verdad, muy pocas, y si se ha empleado tanto espacio es por la necesidad de mostrar toda la información estadística que forma parte de la muestra, no la acompaña, no la refuerza, es tan imagen como lo son las fotografías o los vídeos.

Ahora que se ha aprendido a trabajar con proyectos, habrá que encontrar el delicado equilibrio entre la imagen fotográfica, la información que en sí misma posee, y la que hay que acercarle a fin no sólo de hacerla comprensible sino complemento de otros temas.

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Publicado originalmente por Milenio Diario
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Kubrick y los días de fiesta

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El pasado viernes 6 del presente, el MARCO abrió sus puertas al público para que visite, conozca, comente y goce la exposición dedicada a la memoria y figura del director de cine Stanley Kubrick (1928-1999). Como lo he confesado en otras ocasiones en que me he ocupado del tema del cine, nada más alejado de mis intenciones, que hacer una crítica del quehacer del cineasta, a pesar de ser, quizás el único, del que he visto toda su filmografía, con excepción de una sola de ellas (Flying Padre, 1950-51) y de ser, quizás también el único, del que he visto más de una de sus películas más de una vez.

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La muestra ha sido organizada desde Europa por medio del Deutsches Filmmuseum de Frankfurt, Alemania, en colaboración con su viuda, Christiane Kubrick y Jan Harlan, su cuñado, productor ejecutivo e investigador principal en el que posiblemente haya sido el proyecto más ambicioso pero también el más frustrante de Kubrick, la película sobre el gran corso, Napoleón. El recorrido por la muestra es simple, limpio y sin complicaciones, inicia con los indispensables antecedentes que nos presentan a un Kubrick más bien tirado a la fotografía (no deja de llamarme la atención que se haya privilegiado la exhibición de las tiras de contacto en lugar de las imágenes seleccionadas para imprimirse, que por supuesto también se presentan; me imagino que se debe a la idea de dar a entender la presencia de una mirada atenta a la secuencia, al registro del tiempo, que después cede su lugar, casi obligatoriamente, al cine). Posteriormente, con más o menos material, se van presentando y comentando cada una de las 17 películas que llegó a exhibir, más los proyectos en que trabajó hasta el día que le sorprendió la muerte a los 71 años de edad en su casa en Londres.

 

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Tuve la oportunidad de visitar la exhibición hace dos días, es decir, el domingo 8, dedicado a celebrar el Patrimonio Cultural de Nuevo León; nada más reconfortante que ver un museo lleno y en apariencia atento a lo que se le presenta (con sus consabidas excepciones), no hay duda de que la entrada libre fue una de las razones que explican la afluencia del público, no obstante quiero pensar que también lo ha sido la temática y la forma en que se ha presentado un material de suyo difícil aunque museable, y aunque la mayoría de los espectadores difícilmente ha visto más de una película del director norteamericano, durante el recorrido y a la salida del museo, todos nos hemos transformado en expertos, conocedores de su hacer y sus motivaciones.

 

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En consecuencia, no puedo, ni quisiera, decir nada en contra de esta exhibición, y sin embargo, no es algo que me haya gustado, me explico. Aplaudo que en términos generales y en particular el MARCO de cabida a muestras, digamos, poco ortodoxas, cuya culminación bien podría ser la que he estado comentando. Su presencia, la cantidad de público que lograr convocar, los comentarios favorables que levantan, son, desde mi particular óptica, señales, llamadas de atención sobre algo que en el mundo de la cultura ha cambiado o, mejor aun, se encuentra mudando de piel. No es simplemente que se acoja al cine como el séptimo arte, sobre eso no hay discusión, sino, como en este caso, que su parafernalia, su memorabilia, se incorpore también a lo coleccionable, a lo museable, como he dicho, a la gama de lo apreciable sensiblemente tal y como si viéramos un grabado, un dibujo, una pieza cerámica. En este sentido muestras como la presente, para mi, se encuentran dentro de los límites del concepto Salón de la Fama (del Base-Ball, del Box, o del fútbol, donde te conmueve hasta las lagrimas el bate con que Babe Ruth pegó su último Home Run, o la camiseta con que el llamado niño de oro ganó su séptimo Pichichi con el Real Madrid). Ver la silla de director que usaba Kubrick, el traje de astronauta de 2001, el casco de los soldados de Full Metal Jacket, las correcciones hechas sobre los guiones aquí y allá, las cartas de filmación, los llamados, etc., a mi, en lo particular, no me mueven a apreciar y/o entender más, ni mejor, su trabajo, me resisto al culto a la personalidad que creo promueven estas exhibiciones.

Si quitamos los días oficiales, el 24, 25, y 31 de diciembre, el 1 de enero, las festividades personales, el día del santo del pueblo, nos deben quedar, más menos, unos 300 días libres ¿no se pudo escoger cualquiera de ellos para celebrar al Patrimonio Cultural de Nuevo León y no interferir con el día Internacional de la Mujer; no podríamos haber respetado al menos ese día?

 

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La política en manos equivocadas

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¿Cuál debería ser el mejor momento para dar a conocer lo que piensas -en mi caso, en materia de política cultural, de cara al cada vez más próximo proceso electoral que nos tocará vivir a los neoleoneses? Como no entiendo lo que es eso de los tiempos políticos, o el tiempo en que un político puede o no pronunciarse por uno u otro tema, prefiero exponer cuanto antes mi parecer, cuando aun puede ser de alguna utilidad, que de eso se trata, no de opinar por opinar, u opinar para ver que me cae a cambio.

Para empezar aclaremos que a pesar de que mi área de competencia sea la actividad cultural, mi voto no depende de lo que hagan o dejen de hacer en ella los ahora candidatos, futuros gobernadores; mi voto estará en función, más bien, de la honradez en su actuar presente y pasado, de lo que opinen sobre temas como Monterrey VI, la seguridad, la impartición de justicia y la lucha contra la corrupción, el endeudamiento, la selección de colaboradores, etc., etc., de entre estos y otros temas, por supuesto que me interesa conocer qué es lo que proponen como políticas de estado respecto a la actividad cultural. Para mi tienen prioridad los otros temas porque es en ese contexto en el que se insertan las actividades culturales y las prácticas artísticas; si no pensamos en estas de una manera amplia e incluyente, que vaya más allá de las llamadas Bellas Artes, estaremos cometiendo el gran error de excluir de este campo a la mayoría de la población. De lo que se trata es de ir definiendo una cultura contemporánea en la que todos encuentren su medio, su tiempo y espacio de expresión, de encuentro con sus públicos.

La oportunidad que cada seis años se abre en busca de la participación ciudadana, que en el mejor de los casos, una vez cerradas las urnas, no vuelve a tomarse en cuenta, me parece no debería convertirse en paño de lagrimas, esto es, todos conocemos cómo y cuál ha sido la actuación del CONARTE estos últimos seis años. No hay quien estando en contacto con el consejo no tenga por señalar yerros y equívocos, direcciones discrecionales, o total inanición, como también habrá quien aplauda lo hecho, festeje su actuación, y agradezca su participación y orientación. Tampoco es tiempo, creo yo, de solicitudes, de extender la mano y pedir ya que mi gremio es el más desprotegido, el que menos recibe, el más castigado, el que más merece. Y esta opción menos aun debería aprovecharse para presentar proyectos, los que harán de Nuevo León una potencia mundial en la cultura actual, los que llevarán a las multitudes a los museos y centros culturales, los que sensibilizarán a la población y harán de ella un potencial coleccionista de arte local.

Antes de que sucedan estas y peores cosas, deberíamos exigir a los candidatos que sean ellos quienes en reuniones con los gremios, sectores, vecinos, agrupaciones o como quieran llamarles, presenten cuál es la política cultural que llevarán a cabo en el estado, con la que administrarán las muchas y muy diversas tareas con que tienen que cumplir; las que dictarán cuáles serán los proyectos a realizar, cómo se seleccionarán, etc. Antes de que vuelvan a reunirse con nosotros, antes de que pidan les demos ideas para un diagnóstico, un plan, un programa, escuchemos que tienen qué decir al respecto, son ellos los que nos tienen que convencer, son ellos los que necesitan de nuestro voto, son ellos los que tienen que responsabilizarse por sus propuestas para que entonces sí podamos reclamarles, pedirles rendición de cuentas, de otra manera es como hacerse seppuku, ¿qué les reclamas si las ideas fueron las tuyas, si con ellas se supone alimentaron sus proyectos; no para eso te invitaron?, ¿cómo hacerse cargo, como sentir la responsabilidad por un trabajo, cuando ni siquiera se les ocurrió y menos imaginaron? (por supuesto que estoy consciente del poco o nulo caso que se presta a las propuestas que surgen de estas reuniones, pero aún suponiendo que sí las atendieran, cómo llevarlas a cabo si no fueron sus ideas?)

Los actuales candidatos son los políticos no nosotros, de esa capacidad depende su actuar y éxito al frente del gobierno del estado; son ellos, entonces, los que deben ofrecer su plan de trabajo en esta área como en cualquier otra, y no los involucrados en ella, los supuestos “expertos”, caer, una vez más, en este juego, es dejar la política en manos equivocadas, que no nos sorprendan, entonces, los resultados.

 

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La tía Raquel

unnamed-1Juan Rodrigo Llaguno. Raquel Tibol.

El pasado domingo 22 de febrero, a primera hora de la noche, se dio a conocer el deceso de la mtra. Raquel Tibol (1923-2015).

Empezaré como todos los que se han referido a la noticia. Raquel Tibol, no sólo fue una extraordinaria persona con capacidades profesionales encomiables y ejemplares, sino también un personaje imprescindible, testigo y actor, de la vida cultural del país, imprescindible también para entender los flujos y reflujos, la dinámica del arte del siglo XX en México, e incluso de su proyección internacional.

Si alguien entendió y ejerció a plenitud lo que entonces se entendía por crítica de arte, sin duda Tibol lo fue, ya lo hiciera desde las páginas de la revista Proceso, ya como jurado en los cientos de certámenes que encabezó, en sus conferencias, en las muchas participaciones que tuvo en congresos, seminarios y mesas de discusión, en debates públicos, y en cuanta declaración se le pidió. Por esa comprensión de la crítica, digamos muy a la Baudelaire, por su ejercicio libre y sin compromisos, es que dicen se le temía, y en verdad era de temer pero porque siempre hacía que los demás nos tuviéramos que enfrentar con su verdad, compendio de sabiduría, para que a partir de ahí se iniciara cualquier posible diálogo.

Pienso ahora en Raquel, por el tiempo que la conocí y la amistad que a ella me unió, como en esa tía de cariño que todos queremos. La recuerdo la primera vez que compartimos como jurado en el concurso de Arte Joven de Aguascalientes, a partir de ahí aprendí lo difícil que era negociar con ella por la autoridad que ejercía producto de la solidez de sus argumentos. También pienso en ella demandándome le adjudicara el “descubrimiento” de Miriam Medrez, “atribúyamela Moyssén, atribúyamela”; o cuando me preguntaba por el trabajo de Gerardo Azcúnaga, por el de Francisco Larios, cuando hablaba elogiosamente de Rosario Guajardo; para con esta ciudad, la tía Raquel fue siempre generosa con su tiempo y conocimientos, no olvidar que formó parte del grupo original que logró echar a volar la ahora mejor conocida como Bienal de Arte FEMSA; que apoyó a los ceramistas en su momento, y alentó el movimiento de arte en vidrio que parecía prometer más.

Las primeras noticias que tuve respecto a la fotografía contemporánea en México, las obtuve a través de sus Episodios Fotográficos, y la primera historia del arte moderno y contemporáneo en México, no oficial, la leí en su versión publicada por la editorial Quetzal. Fue ella la que me reveló el lado político, profundo y contradictorio, de Diego Rivera, así como uno de los tantos rostros que tuvo Frida Kahlo. Con ella descubrimos el trabajo casi desconocido de Hermenegildo Bustos y el de la malograda Estrella Carmona; la profundidad conceptual de los pintores Rufino Tamayo y Armando Morales a través de las entrevistas que les hizo aquí mismo en la ciudad.

Para mí como para la generación con la que me formé el nombre de Raquel Tibol está unido permanentemente a la historia del arte en México, sin embargo para las nuevas generaciones no estoy muy seguro de si sabrán responder a su legado. Si los nombres de quienes fueron los padres de esta disciplina en México, Manuel Toussaint, Justino Fernández, Francisco de la Maza, Elisa Vargaslugo, Beatriz de la Fuente, Ida Rodríguez Prampolini, no les dicen nada, es difícil pensar que los historiadores y críticos que les siguieron –entre los que se encuentra la misma Tibol– puedan significarles algo pues como dice Gustavo Avendaño con Tibol se cierra toda una época, quizás haya sido uno de los últimos representantes de la Modernidad mexicana, de ese grupo de hombres y mujeres que concebían al arte como algo más que simples mercancías o artículos de especulación comercial, que veían en los pintores, escultores y arquitectos a los líderes morales de su sociedad, no a quienes ahora gustan de salir retratados en las páginas de sociales o las del corazón. Un grupo que en verdad creía en el poder salvífico, individual y colectivo, del arte.

Quienes estuvieron más cerca de la tía Raquel en estos últimos años, dicen que trabajaba en la redacción de sus memorias, ojalá así haya sido y si no completas, sí las haya dejado avanzadas, tanto como para poder ser publicadas. Me parece que esta sería la obra que culminaría una carrera como la suya, amen de los muchos datos que aportaría para el conocimiento íntimo del arte en México. Que en paz descanse.

 

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Cuerpos en suspenso

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En el catálogo de la ahora famosa exposición El ojo del fotógrafo (1964-66), John Szarkowski, quien fue su curador, plantea cinco tópicos básicos para la comprensión-apreciación de la fotografía, entre ellos el movimiento, o mejo dicho, la relación que existe entre la dimensión temporal y la fotografía; a raíz de este y otros textos, que bien podríamos llamar los de la oficialización de tal relación, hemos aceptado y añadido al lenguaje de la fotografía todo detalle que denote que algo o alguien esté en movimiento, incluidos los que antaño podrían haberse visto como errores (desafocados, barridos, líneas continúas, etc.), comprobando así y una vez más, que la fotografía es una arte espaciotemporal.

Si bien, entonces, desde Lartigue o Capa sabemos ver y entender que en la imagen también el mundo está en movimiento, lo contrario es igualmente válido, estos es, volumen, masa, peso, estructura, lo tectónico de las cosas habla de lo rotundo, lo permanente, y su temporalidad. Estas son algunas de las reflexiones a las que puede llevar la muestra El tiempo detenido, imágenes de la danza (fotografía alemana), en exhibición desde el pasado 5 de febrero en el Museo Metropolitano de Monterrey, gracias a la colaboración con el Centro Cultural Alemán de esta ciudad.

El primer conjunto de fotografías con el que nos topamos (Bettina StöB Moving Movements, 1996) es, precisamente, un extraordinario ejemplo de cómo la fotografía actual no sólo es capaz de congelar el movimiento, a las cosas, personas, objetos que estén moviéndose, sino hacer de tal congelamiento el antagonista del devenir y su dinámica, así como la imagen a través de la cual aparece la riqueza y solidez de las formas estáticas, suspendidas eternamente, como si de esculturas se tratara. Dígase lo mismo del conjunto intitulado Forsythe-Detail (1996-199) de Agnès Noltenius que alcanza a transformar en obra arquitectónica el cuerpo del coreógrafo por los encuadres empleados al momento de ser fotografiado.

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Pero la pequeña muestra (59 piezas en total) también es rica en otra clase de ejemplos: Es bien sabido que partir de los años 70 del siglo pasado la fotografía tuvo un importante viraje cuando empezó a ser empleada por productores que no eran fotógrafos y/o que tenían poco interés en el medio. Si recurrían a él, se debía, más bien a su capacidad para generar todo tipo de imágenes sin necesidad de recurrir a los convencionalismos del dibujo o la pintura. Desde entonces esta otra aproximación a la comprensión, uso y reflexión de la fotografía ha terminado por ser mayoritaria. Dos ejemplos tomados de la exposición, de Domink Mentzos, Human writes (2005) y de Andreas Esswein, Movimientos ampliados del 2004. Imágenes que siguen refiriéndose a la danza, pero también a otros conceptos difíciles de transmitir sin su concurso, o bien que aparecen gracias a que se pueden generar las imágenes que los comunican.

Con todo lo anterior y a pesar de lo mucho que me pueda interesar una exposición como esta y de que estoy consciente de que no es la gran exposición de fotografía alemana, que no son los Becher, Gurzky, o Thomas Struth los que ahí se presentan, creo que debería haberse mostrado más respeto por el trabajo de estos fotógrafos y el esfuerzo que representa traerlos a la ciudad. Me refiero al trato que se le ha dado a la muestra en el Museo Metropolitano.

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Había estado evitando mencionar el lugar dentro del museo en que se exhiben estas fotografías que no es otro que el pasillo del segundo piso y en ese sentido, el peor lugar en el que se puede exhibir fotografía o cualquier otra obra cuyo soporte sea el papel, sin importar como esté enmarcada (a menos que estuviera encapsulada al alto vacío) es en el exterior, la humedad (como la que ha prevalecido desde hace semanas en la ciudad), los cambios de temperatura y la luz solar son sólo algunos de los enemigos mortales del papel. Quizás en este momento no sean visibles sus efectos pero tarde o temprano, con toda seguridad, acabarán pagándolo. Y conste que únicamente me he referido a este aspecto cuando bien podría explayarme señalado el mal estado de mamparas, cédulas y pared sobre las que se lleva a cabo la exposición y que sin duda desmerece, y mucho, cualquier esfuerzo que se haga a favor de la cultura. No por tratarse de un inmueble municipal de carácter público, se autoriza a descuidar la atención que deben recibir todas las obras que ahí se exhiban.

 

Publicado originalmente por Milenio Diario
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