Morales, José Alejandro

Jorge Cuevas, 2015

Si es posible creer que el mundo ya no volverá a ser como antes, la siguiente reflexión de José Alejando Morales, curador de las galerías del CRGS de la UDEM, nos obliga a pensar que será necesario hacer mucho más que simplemente confiar en que las nuevas respuestas se encuentran en el mundo de lo virtual.

-Desde antes de la crisis provocada por el Covid-19, las galerías comerciales y en general el comercio del arte habían entrado en una fase de profundas transformaciones. Una vez pasada la pandemia se dice que difícilmente los organismos y procedimientos habituales en el comercio del arte e incluso en su simple promoción cambiarán más aún. ¿En qué sentido crees que esta crisis afectará al sistema de las artes en general?, ¿Crees que cambiará radicalmente la forma en que se promociona, vende y compra el arte?

“No puedo hablar de la venta y compra de arte, ya que mi trabajo se ha desenvuelto en espacios sin fines de lucro e iniciativas independientes no comerciales. Sin embargo, creo que hablar de un cambio radical no les haría justicia a las distintas iniciativas que tanto instituciones culturales públicas, privadas e independientes, han venido desarrollando en el campo de lo virtual desde mucho antes. Varios ejemplos los podemos encontrar en proyectos como la bienal digital The Wrong y sus online pavilions; convocatorias como #ZEROWALLS sobre contenidos GIF; proyectos artísticos como 9-eyes de Jon Rafman, que explora el mundo a través de Google Maps; juegos de video como Jeff Koons, Must Die!!! de Hunter Jonakin; así como iniciativas recientes como la exposición elocuentemente alojada en wellnow.wtf, o la invitación a recrear en casa obras de las colecciones del Rijksmuseum, Louvre o Getty, sin mencionar blogs, takeovers, recorridos, podcasts, livestreams, etc.

“Sin duda, todas estas manifestaciones están enfocadas a promocionarse ante un público con diferentes finalidades. Pero adentrarnos en el campo de la web, también significa participar de sus reglas, clasificaciones y definiciones siempre cambiantes.  La experiencia del usuario, a diferencia de un público general, que visita un museo tiene una amplia gama de roles con posibilidad de ser activo como crítico, trol, moderador, creador de contenidos, compilador, etc., que de manera individual o grupal y con expresiones diversas que van desde un convencional texto en .docx hasta un comment, (dis)like, sticker,retweet, #hashtag, meme o challenge, han demostrado ser herramientas participativas más democráticas sobre cómo experimentamos el arte.

“Es importante pensar que más allá de los cambios en la venta, compra y promoción del arte, esta crisis reconfigura – a partir del uso de diferentes plataformas- a un usuario con mayor participación, uno que con mayor libertad puede cuestionar el papel que tenemos en estos ecosistemas, junto a sus diversos retos, implicaciones e impactos más allá del mundo del arte.

“Como ejemplo, el curador Hans Ulrich Obrist, dio a conocer que reducirá sus viajes alrededor del mundo, sus envíos de correos electrónicos y la implementación de una curaduría sostenible. Otro caso es el de la feria Frieze NY, que se vio obligada a trasladarse completamente a un formato online, siendo así más transparente en sus precios, con entrada gratuita y reduciendo completamente los viajes tanto de los artistas, coleccionistas y curadores, así como de la obra en sí. Estos, sin duda, son pasos significativos. Sin embargo, en el mundo digital, se debe tomar en cuenta que también cada click que realizamos, tienen un impacto en el mundo físico (un e-mail puede tener una huella de carbono de 50 g de CO2e).

“Parece que poco a poco sentimos más las implicaciones reales que tiene nuestro comportamiento. La pantalla no podrá ser nuestro refugio permanente ante una pandemia que eventualmente terminará, nuestra nueva normalidad nos obligará a revisar qué estamos haciendo desde las trincheras más allá de trasladarnos a una pantalla.”

 

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Los marcianos llegaron ya

Tan desafortunada es la propuesta de monumento de Pedro Reyes, Tlali, la caricaturesca mujer Olmeca que substituirá a Colón en su puesto del Paseo de la Reforma en la Ciudad de México, que su gobernante y principal promotora del adefesio, Claudia Sheimbaum, ha tenido que salir a calmar las aguas y aclarar que la presentada no es el trabajo final sino un simple bosquejo, una probadita de la capacidad de Reyes como escultor. Agreguemos, por otra parte, que el grupo oficial de feministas ha cuestionado la designación de Pedro Reyes, por ser hombre, blanco y mestizo y proponen que en su lugar la autora del monumento sea una mujer y, mucho mejor, si es indígena. Podríamos seguir sumando a favor y en contra argumentos, opiniones y disparates sobre este caso el cual se ha convertido en un agujero negro que devora todo lo que se le acerque, esta y no otra es su principal función, un distractor más que impida la percepción y debate de los asuntos realmente importantes para el país.

El tema tiene varios niveles de lectura, sin embargo, no debe perderse de vista que el más importante de todos es el ideológico o, más bien, el del enfrentamiento entre una concepción maniquea de la historia y otra versión, que sin ser mejor o la única verdadera, si es más objetiva y fundada en la investigación no de ahora sino de hace décadas. Cualquier de estas lecturas conduce al mismo resultado, la confrontación, el enfrentamiento entre posturas que parecen no aceptar la gama de grises.

No es esta, es verdad, la primera vez en que un gobierno decide convertirse en adalid estético y recetar monumentos sin ton ni son. Hace años (en 1989 salió la edición en inglés) Helen Escobedo presentó un extraordinario libro Monumentos mexicanos: Extraños encuentros. Un catalogo de las piezas escultóricas más absurdas, extravagantes, onerosas, y francamente feas que uno se encuentra en cualquier plaza pública del país, desde las cabezas de Juárez, hasta el monumento al camarón, de los arcos triunfales, a los obeliscos y columnas de todo tipo y tamaño. El libro lleva un texto de Néstor García Canclini, en donde habla de cómo nacionalismos y gustos estéticos, además de no llevarse son casi siempre producto del autoritarismo del tlatoani en turno.

Más recientemente, recordemos como Sebastián llenó varias capitales del país con horribles y monstruosos encargos incluido un Matzinger-Z (Guerrero Chimalli, 2014). Si bien esta es una tendencia de todos los gobiernos, de todas las épocas y de cualquier punto de nuestra geografía, lo cierto es, también, que, en ningún caso, se había visto una intención tan burda de rehacer, al gusto del cliente, la historia. 

La substitución del centenario monumento de Colón por la cabeza gigantesca de una extraterrestre, forma parte, no del reconocimiento que, sin duda, merecen los grupos indígenas lo mismo del presente que del pasado, sino de querer forzar la historia a fin de que se vea, se crea, se acepte que este gobierno de la 4T es el siguiente eslabón en esa grandiosas sucesión histórica que arranca con una fantasiosas fundación lunar de Tenochtitlán; para lograrlo hay que acabar con cualquier símbolo que no vaya de acuerdo con su versión (recordar el cambio de nombre al Árbol de la Noche Triste, la calle Puente de Alvarado, o la terca insistencia en que fueron los españoles quienes derrotaron a los mexicas cuando bien se sabe de las múltiples alianzas indígenas en contra de quienes los tenía avasallados, etc.)

Otra lectura es la presencia misma de Pedro Reyes como escultor figurativo cuando su trayectoria ha sido más bien apegado a lo contemporáneo por no decir a lo conceptual. No puedo dejar de ver en él un rapaz oportunismo, sea esta o no su propuesta. Para nosotros, para la ciudad, es de triste memoria. Durante el Fórum Universal de las Culturas (2007) ganó un certamen para la realización de una escultura pública que conmemorara el evento. Por las razones que hayan sido nunca se llevó a cabo el proyecto. Años después, durante la realización la X Bienal Femsa (2012) en el MARCO, se le invitó a participar y él decidió volver a presentar su fallido proyecto, queriendo aprovechar el foro que le brindaba la bienal para elevar de nuevo sus protestas por la cancelación de su obra, confundiendo dos eventos que en realidad nada tenían ver y que sólo a un oportunista se le hubiera ocurrido aprovechar.

Finalmente está la mentira como explicación o justificación de los actos públicos que lleva a cabo el gobierno, en este caso el de la Ciudad de México. ¿No se dijo que el retirar el conjunto escultórico de Colón de Paseo de la Reforma, era para restaurarlo?

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Imagen: redil.com

Cuando la fotografía dejó de ser fotografía

Hace poco dije en público que tengo la impresión de que día a día estamos más lejos del concepto del fotógrafo tradicional y por ende de la supuesta esencia de la fotografía, de su concepción original. He dicho, por otra parte, que la fotografía no es más que el eslabón que la Modernidad agregó a las tareas de representación, como lo fue en su momento la pintura, y hoy lo son las imágenes digitales. Creo que si queremos saber por qué y cómo se está gestando este cambio entre la fotografía que duró más de 180 años y lo que hoy se produce debemos fijarnos más bien en qué es lo que representan unas y otras, o, más específicamente, en las diferencias que existen entre lo que hoy día representamos a través de imágenes (sin importar la técnica que empleemos), y lo que se producía hace, digamos, medio siglo.

            Desde hace mucho el ICP (International Center of Photography) ha sido para mí, por muchas razones que no vienen al caso, algo así como la Meca de la fotografía, motivo que me lleva a ver sus exhibiciones casi como si fueran el paradigma de la fotografía lo mismo la actual que la del pasado. Pues bien, ahora presenta una gran muestra denominada But Still Turns, que podríamos traducir como Pero aun así regresa (o Sin embargo vuelve), curada por el fotógrafo Paul Graham con la participación de 8 productores contemporáneos (Gregory Halpern; Carran Hatleberg; Vanessa Winship; Richard Choy; RaMell Ross; Stanley Wolukau-Wanambwa; Giogrio Casotti y Emanuele Brutti; y Kristine Potter). 

            Como se puede sospechar el título está tomado de la famosa frase de Galileo Galilei cuando fue forzado a abjurar de la circunvalación de la tierra en torno al sol; y es que para Graham los trabajos que reúne en esta exhibición, que son postdocumentales, representan esa visión nueva del artista en donde todo importa, todo entra en juego, está en constante movimiento, y aunque a veces sea confusa, siempre es genuina en su manera de ver el mundo; a través de estas fotografías, –siguiendo el discurso del curador– es posible apreciar como la concepción del tiempo desaparece y en su lugar tenemos una nueva visión acerca de cómo encajan unas cosas –temas—con otras formando patrones inesperados que nos llevan a considerar que la vida no es una historia que simplemente flota hacia su final, sino que puede volverse una espiral, torcerse, brincar, aparecer y desaparecer de nuestra consciencia.

            Son estas ideas y lo que de ellas se materializa en estas imágenes, lo que me lleva a pensar que son los cambios en los contenidos, en lo que cada imagen representa, lo que hace que vayan evolucionando las ideas tradicionales que tenemos no solo sobre la fotografía y los fotógrafos sino del arte mismo. De manera muy sintética y provisional podría decir que mientras la fotografía moderna, y una parte de la contemporánea, trató –trata—de representar una imagen homogénea –aunque poliédrica– del mundo, tal y como se aparecía –aparece–a los sentidos y a la conciencia, siguiendo un canon predeterminado (que las convertía –convierte– en imágenes fotográficas) –así fuera para negarlo criticarlo o desecharlo—estas nuevas imágenes, que de la fotografía solo toman la técnica (resultado de años de criticar y vapulear al canon) se lanzan a presentar no una visión, sino una plétora de imágenes que se empeñan en demostrar la inexistencia de un mundo homogéneo, lineal, predecible. Y aunque hay clara diferencias entre unas y otras, en ningún momento se plantea una ruptura total y definitiva con el pasado, sino que se mantienen en un mismo plano, respetando espacios.

Giorgio Cssotti y Emanuele Brutti

            Agrego a lo anterior, que, si las imágenes representaban los grandes temas, las historias que nos hacía concebir un mundo homogéneo, lo era porque tenían un autor y este autor se esforzaba (consciente o inconscientemente) por tener un lenguaje que lo identificara (de hecho ¿nos las llamábamos “fotografías de autor” para separarlas del resto de imágenes fotográficas?), las nuevas imágenes no lo tienen, se esfuerzan, igualmente, en carecer de él y dejar que sea el espectador el que concluya la obra al darle su propio significado. Este pase de la responsabilidad última sobre el contenido de las imágenes, de un autor reconocido que tiene algo qué decir sobre esto o aquello, a la multiplicación de voces sobre qué es lo que veo, marca un importante cambio sobre qué es lo que esperamos o podemos esperar de las nuevas imágenes que a pesar de todo se mueven y siguen siendo arte.

            Desgraciadamente no se pueden presentar aquí imágenes que ejemplifiquen lo que se ha dicho, pero como apunté al principio, cada día nos será más evidente que ya todo ha cambiado.

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En la calle

Fuera de las exposiciones en la Fototeca de Nuevo León –que son su obligación- cualquier otra en galería oficial o privada, centro cultural, alternativo o emergente, en casas de la cultura municipales o estatales, me mueve a esperar, o mejor aún, a desear, contemos, por fin, con un espacio dedicado exclusivamente a la fotografía. 

¿Por qué insisto en esto?

Por que creo que al tener más o además de una referencia constante, la Fototeca, el público se iría acostumbrado a ver este tipo de exposiciones, fomentándose la creación de un público especializado y eventualmente, un mercado y coleccionismo, a la par de una cultura fotográfica que vitalizaría todo el proceso, asegurándole a la fotografía una vida más o menos permanente como la tiene la pintura o las artes gráficas, por ejemplo.

            El pasado 11 de este mes, se inauguró la exposición Transeúnte, impresiones de la calle, en la Galería Regia, dependiente del Municipio de Monterrey. Participan en ella 10 fotógrafos con tres obras cada uno con idéntico formato (veintitantos por treinta tantos cms.), lo mismo en blanco y negro que en color (si no me equivoco sólo hay tres fotógrafos que participan con trabajos a color; igual si no me equivoco esta es la segunda o tercera ocasión en que se presenta una exposición de fotografía bajo el mismo concepto e incluso título.)

            Probablemente la llamada fotografía callejera o de calle, sea el género más practicado en la actualidad. Todos, merced los teléfonos inteligentes, hemos tirado una o varias fotografías en la calle. La fotografía de calle nos ofrece un escenario interminable de motivos, personajes y circunstancias, de luces, movimientos, tragedias, injusticias, juegos y esperanzas, es la plataforma política por excelencia, y por las noches parece transformarse en otra muy distinta lo mismo que quienes la habitan al ponerse el sol y encenderse el alumbrado público.

            Todos los grandes fotógrafos han hecho este tipo de fotografía, de Cartier-Bresson a Martin Parr, de Elliot Erwitt a Joel Meyerowits, o de Stephen Shore a Daido Moriyama, de Rodrigo Moya a Aristeo Jiménez, y sin embargo si nos acercamos con más cuidado a sus trabajos, nos toparemos con grandes diferencias entre ellos y es que este tipo de fotografía deriva rápida y fácilmente en otros géneros, igualmente importantes y valiosos, pero que dejan de formar parte de este otro. La fotografía de prensa, la documental, el foto-reportaje e incluso la fotografía de turismo, la cándida, la accidental y hasta la experimental son parte de ese otro contingente de géneros que conviven muy de cerca con la fotografía de calle. 

            Lo anterior, lejos de restarle valor a este tipo de fotografía, convierte al género en algo más rico pero que debe ser razonado, estudiado, planeado, de forma que no se confunda con ningún otro o sean producto más de la casualidad y la dinámica misma de la ciudad que de una intencionalidad o búsqueda del fotógrafo.

            La Galería Regia, con sus espacios individuales que permiten tener tres o cuatro exposiciones individuales simultáneamente, una sola que ocupe todas sus salas, o cualquier combinación entre ellas, me parece ha sido habilitada dignamente, además de ser un espacio privilegiado en el centro mismo de la ciudad, en su Barrio Antiguo. Quizás para la exposición que motiva estas líneas yo hubiera preferido otro tipo de museografía o mejor dicho de guion museográfico, pero ese es otro tema.

            De los expositores es poco lo que se puede decir, con sólo tres trabajos es complicado saber, leer, exactamente qué es lo que buscan con sus fotografías. Por otra parte, desgraciadamente si nos atuviéramos a estos trabajos, la evaluación resultaría negativa ya que, en ningún caso, se ve que haya un cuidado especial o preocupación por la impresión de los trabajos y si bien supongo la impresión corrió a cargo del Municipio, o sea que no hubo recursos para invertir en este rubro, no es justificación para presentar un mal trabajo. 

            Agrego que lo mismo se puede decir desde el punto de vista de los contenidos, no es lo mismo cargar una cámara y deambular por la ciudad a ver qué me encuentro a ir por un tema específico, trabajarlo, decantarlo, estudiarlo, involucrarte con él, etc. Y esto se hace más evidente cuando leemos las líneas con las que se les pidió se presentaran, en ese sentido sólo encuentro congruencia entre lo dicho y lo hecho en Tere G.

            Más allá de esto último y de las discusiones que puedan generarse en torno a la exposición, que, entre otras cosas para eso son, sigo deseando que este espacio, por lo menos una de sus salas, se dedique permanentemente a la fotografía.

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Buscando profesionales

El diccionario de la RAE define profesión como aquel empleo, facultad u oficio que se ejerce a cambio de una remuneración. Profesionista o profesional, como se acostumbra en México, sería el que ejerce una profesión de manera o con capacidad relevante. Las necesidades del mundo moderno fueron acabando con oficios y empleos para convertirlos en saberes racionales, es decir, codificados a fin de ser compartidos, siempre y de la misma manera entre generaciones. Dejó atrás el territorio de los aprendices, ayudantes, maestros, oficiales, para dar paso al de los profesionistas, no al de los profesionales, término que se reservó para los que destacarán en un determinado saber o hacer.

            Esta racionalidad en el tránsito de las manufacturas a la producción industrial desechó antiguos saberes y oficios, olvidó otros, mientras que, a algunos, los que le eran más útiles los alentó, creando así las profesiones que fue necesitando según su progreso hasta que finalmente llegó al campo de las artes o de la producción cultural y simbólica, según se quiera entender. Hoy día, un pintor, un poeta, un bailarín son considerados tan profesionistas como sus pares de la medicina, la administración o la ingeniería. Atrás quedaron los días en que los padres de familia se escandalizaban por que sus hijos(as) querían dedicarse a la música, los deportes o la literatura. Hoy día hay madres que alientan y promueven a sus hijas(os) a ser modelos, dedicarse al mundo del diseño de modas o cualquiera de sus periféricos. En otras palabras, actualmente se reconoce socialmente que basquetbolistas, escenógrafos, fotógrafos, bailarines, músicos o caricaturistas, son profesionistas, ejercen una profesión, un saber o hacer codificado, y por ello reciben una remuneración.

            A pesar de lo anterior, en términos generales existen profundas diferencias entre ser profesionista de la ortodoncia o el derecho, que serlo de la danza clásica, la actuación o la escultura, sin mencionar que en ningún caso será lo mismo ser un profesionista que ser profesional. Por supuesto que en todo este proceso tampoco hay nada escrito que impida que un poeta sea mejor remunerado que un magistrado, o que el más mediocre de estos, reciba los mayores beneficios dentro de su propia profesión.

            Mencionaré tres diferencias que me parecen clave no sólo para entender estas diferencias, sino para saber por qué se dan. La primera de ellas es la densidad de población. Precisamente por ser un saber o empleo socialmente demandado, nunca se necesitarán tantos novelistas como ingenieros, y de esos pocos que decidan seguir el camino de las letras, todavía faltaría ver cuáles serían los verdaderamente profesionales, y aunque en el camino de la ingeniería se siguiera un proceso similar, nunca se demandará la misma cantidad de empleos en una y otra profesión.

            Segunda, como extensión de la anterior. La diferencia entre un buen y un mal químico dedicado a la perfumería, por ejemplo, se establece en términos objetivos, cuantificables y replicables, no dependen de la opinión, gusto, o preferencias de quienes se encargan de establecer esas diferencias. Si un perfume no pasa los estándares de la industria, muy difícilmente recibirá el aplauso del público consumidor. En cambio, la diferencia entre un buen y un mal compositor, dependerá de la respuesta del público, independientemente de lo que piensen de ellos sus pares. Una composición desde el punto de vista de la música, de la letra, de la ejecución pueden ser malísimas, pero si el respetable la acoge no hay nada más que decir. O sea, la diferencia se encuentra en el grado de subjetividad que interviene al momento de juzgar un hacer desde la perspectiva de su usuario último.

            Y, tercera y última diferencia, Esta incapacidad de aplicar criterios objetivos a las profesiones encargadas de los empleos del mundo del arte y la cultura, se debe, entre otras cosas, a que en éstas su valor muchas veces consiste en romper con lo establecido, ir más allá de lo permitido, experimentar con todo lo que interviene en su producción, no repetir lo ya hecho, saltarse las reglas y normas, buscar lo nunca antes visto, fines que sería imposible siguiera la medicina, las finanzas o la metalurgia (se que hoy día muchas de estas actitudes se comparten o se buscan en otros terrenos que no el de las artes, pero hablo en términos generales). 

            Creo, finalmente, que no importa tanto que todo aquel que produzca algo sea considerado profesionista, sino que, como sociedad, lo que necesitamos ahora son más profesionales, gente que verdaderamente destaque en lo que hace, no sólo que sepa qué es lo que hace.

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Imagen: liderempresarial.com

La propuesta

Hace unas semanas hablé de la llamada Plaza Cultural, nuevo espacio público que se encuentra ubicado entre el palacio de gobierno y lo que fue el palacio federal, hoy Lab, N.L., dependiente del CONARTE. En aquella ocasión por el enfoque múltiple que di a mi comentario tuve que dejar fuera un par de temas que ahora quisiera tratar. Recuerdo, para quienes no leyeron mi comentario anterior, que este trató, fundamentalmente, del uso inaugural que se le dio a la plaza, la presentación de una muestra fotográfica sobre los migrantes en nuestro estado.

            A fines de año pasado y a principios de este, cuando la pandemia no era una realidad aún un grupo de conocidos comentamos sobre la necesidad de promover la fotografía o darle una mayor promoción de la que actualmente tiene, los beneficios creíamos –creemos—son varios, desde el reforzamiento de un bisoño mercado, hasta la formalización de colecciones públicas y privadas, sin mencionar las ventajas que pudiera tener para el o los públicos que podrían irse formando. En ese momento, entre las diversas opciones que se plantearon, además de una mayor presencia en las redes sociales, surgió la idea de llevar la o las fotografías a la calle, visibilizarlas a un nivel más allá de la galería, museo o centro cultural, a la manera, por ejemplo, de lo que sucede en las rejas de Chapultepec en la Ciudad de México, en el Paseo de la Reforma o en el exterior del Centro de la imagen ambos, como se sabe, también en la Ciudad de México. A raíz de esas conversaciones, se formó un grupo aún menor encabezado por el fotógrafo y promotor Arturo Moctezuma que intentó encontrar una fórmula que nos permitiera llevar a la práctica estas intenciones. Fue a Roberto Ortiz Giacomán a quien se le ocurrió que este nuevo espacio, la Plaza Cultural, que en ese entonces se encontraba en construcción y se desconocía su futura vocación, podría ser una especie de corredor de la fotografía, es decir que este espacio se dedicará a la exhibición permanente de fotografías, sin interferir, por supuesto, con otras actividades que ahí pudieran llevarse acabo.

            Por desgracias, como otros tantos proyectos, este se vio frustrado por razones diversas, entre ellas, la más importante quizás, el no haber encontrado el momento indicado para presentarlo a las autoridades del CONARTE. De ahí que no dejará de sorprenderme (no sé si a los demás involucrados en el tema, les causó la misma impresión) que el primer uso que se le diera a este espacio haya sido una exposición de fotografía, lo cual, en lo personal, me complace y anima a seguir insistiendo en el tema.

            Al respecto, existe un excelente ejemplo que desde hace tiempo sigo, se trata de Photoville, una serie de acciones, sin fines de lucro, que tuvieron su origen en Brooklyn, N.Y. en el 2011, enfocadas a la promoción de una mayor comprensión y mayor acceso a la fotografía. La mayor parte de estas acciones son exhibiciones en espacios públicos (principiaron con exposiciones en el parque Brooklyn Bridge Plaza), ya sea en bardas, auditorios comunitarios o escolares, o bien por medio de contenedores de ferrocarril (lo que se ha vuelto su sello distintivo o marca registrada) lo que facilita moverlas a distintos lugares. Hoy día Photoville, se ha convertido en una organización de alcance no solo nacional, que presta servicios que van desde los educativos hasta curadurías de exposiciones y cuenta con un festival internacional que cada día cobra mayor importancia, amen de las exposiciones públicas que promueve por todo el país a lo largo del año.

            No quisiera se malentendiera lo que aquí trato y propongo, de ninguna manera esperaría que esta plaza se convirtiera en el Photoville regiomontano, he citado esta organización para ejemplificar que sí se pueden llevar a cabo proyectos como el que aquí he esbozado, que existen espectadores y usuarios diversos para el arte público y más cuando de fotografía hablamos, el medio al que estamos más expuestos en nuestra vida cotidiana.

Convertir o emplear esta plaza como un corredor de la fotografía podría ayudar, entre otras cosas, a dar aconocer las acciones que lleva a cabo la Fototeca de Nuevo León, sus exposiciones, premios y acervos, es decir, como una extensión de lo que realiza en el Parque Fundidora y que muchas veces se pierde porque los posibles espectadores no llegar hasta allá. 

Pero además sería la gran oportunidad de hacer uso del aspecto social de la fotografía, exposiciones a gran escala como la de los migrantes, pero también, como lo dije en su momento, de los desaparecidos; los proyectos de Alejandro Cartagena, los Güeros de Allende de Perla Tamez, etc. Otra manera de promover, ver y entender la fotografía.

Publicada por Milenio Diario

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