De donde sale el sol

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En términos generales, para evitar malentendidos, no hablo de eventos o actividades en los que he estado involucrado directamente, lo mismo que de las que tienen lugar en donde trabajo. No obstante, en esta ocasión sí me detendré a comentar la exposición Nuevos Horizontes que presenta una selección de fotografías de la Sociedad Fotográfica de Japón.

Inaugurada el pasado día 14 en la Galería II del Centro Roberto Garza Sada (CRGS) de la UDEM, está formada por 60 imágenes fotográficas de seis productores, de hecho se trata de los ganadores en la categoría “Artista Revelación” del 2010 al 2012, distinción que otorga, desde 1952, The Photographic Society of Japan.

A la fotografía, por no decir al Daguerrotipo, le tomó más menos un año llegar a nuestro país, al otro lado del mundo, al Japón, casi 10, las primeras fotografías están fechadas en 1848 y corresponden, obviamente, a las generadas por occidentales que armados de cámaras y demás implementos, se lanzaron por el mundo a fin de mostrar qué tan extraños eran los países más lejanos, entre más lejos se encontraran, más exóticas eran las imágenes que de ellos difundían (en el caso del Japón destaca la labor de Félix Beato [1832-1909]). Mas al igual que sucedió en otros países, ya para la década de los ‘60 del mismo siglo XIX, los nativos dejan de ser objeto de la fotografía para ser quienes la producen mostrando así no sólo una imagen más real, menos estereotipada, de su país, sino la manera en que interpretan su cotidianidad y visión personal de lo real. A partir de entonces los fotógrafos japoneses no han dejado de asombrar al resto del mundo por la calidad e intensidad de sus trabajos, así como por su ánimo experimental y propositivo. Los nombres de Daido Moriyama, Taiji Matsue, Nabuyoshi Araki, Hiroshi Sugimoto, o

Yasumasa Morimura, por mencionar algunos de los más conocidos, figuran tanto en las principales historias de la fotografía, como entre los productores consentidos de las galerías y museos especializados.

Más allá de las imágenes folklóricas que se siguen produciendo para un mercado extranjero ávido de exotismos, la fotografía japonesa presenta características particulares muy diferentes digamos de la que están haciendo los fotógrafos chinos, coreanos, indios, que con el advenimiento de la imagen digital cada día se acercan más a lo que hacen ingleses, chilenos o mexicanos. Quiero decir, a pesar de que la imagen digital acaba convirtiéndonos en una enorme aldea global en donde todos nos parecemos, los fotógrafos japoneses conservan, desde mi punto de vista, rasgos particulares que los distinguen de los demás.

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Los seis productores que se presentan en el CRGS, pertenecen a distintas generaciones y procedencias profesionales, su acercamiento a la fotografía va de los estudios universitarios o formales, al desarrollo simple de una afición que se convierte en forma de vida. Las series exhibidas transitan de lo conceptual, ie. Aya Fujioka, al paisaje tradicional Asako Saito, pasando por una suerte de Street Photography, género muy explotado por los fotógrafos japoneses, de Keiko Sasaoka. Incluso hay uno de estos productores que en ese espíritu de innovación y búsqueda que todos presentan, práctica exitosamente diferentes tipos, no géneros, de fotografía, me refiero a los trabajos de Ryo Ohwada, Colección de vinos y FORM.

Dos aclaraciones pertinentes. Estos seis productores son, quizá, representativos no de toda la fotografía que se hace en Japón, sino de la agrupación a la que pertenecen, por lo que hay que ser cuidadosos a la hora de sacar conclusiones pues podríamos obtener una imagen equivocada de la fotografía japonesa contemporánea.

La segunda, se refiere a que es esta una exposición itinerante (en México se presentará en otras cinco sedes), por lo que se entenderá se arma a partir de copias de las imágenes originales o controladas por sus autores, razón por la que, por más cuidado que se haya puesto en su producción, no permiten ver exactamente la calidad con que trabajan estos fotógrafos, lo que dificulta u obstaculiza su apreciación.

A pesar de todo, no deja de ser positivo que se promuevan las exhibiciones de fotografía, y más si a través de ellas tenemos acceso a mundos tan lejanos y diferentes a nuestra cultura como lo puede ser Japón.

 

Publicado originalmente en Milenio Diario.
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La pintura nuestra de cada día

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El titulo que llevan estas líneas lo tomo de la exposición con que la Pinacoteca de Nuevo León le rinde, en tres de sus cuatro salas, un merecido homenaje a Gerardo Cantú, el cual inauguró el pasado 26 de septiembre. Así pues, hoy hablaré de esta muestra, ahora que aún, y por fortuna, Gerardo se encuentra vivo y sigue igual de aguerrido y vociferante que siempre.

La sala de la planta baja se destinó a la pintura. No quisiera entretenerme mucho en ella, pues por lo general quienes se ocupan de él es lo que suelen ponderar. Apunto que se trata de un pintura agradable, bien cocinada y muy propia de Cantú, es decir, a través del tiempo ha ido ganando un estilo que le es inconfundible. Si tuviera que describirlo diría que se mueve entre el dibujo y el color, en algunos casos parece que le gana el gusto y sabor por el pigmento (i.e. Luz de luna 2002), mientras que en otros parece supeditarse al dibujo (Mujer de perfil en espera, 1992), aunque, como he dicho, en su mayoría mantiene una correcta y adecuada combinación de ambos recursos.

La sala acristalada de la planta baja, la dedicaron a sus dibujos. Recuerdo que las primeras obras que conocí de él fueron unos grabados, y desde entonces me pareció un dibujante destacado. No creo que haya necesidad de abundar en la relación entre dibujo y grabado (buril, punta seca, aguafuerte, etc.), y aunque son habilidades y practicas que no siempre van juntas, aún así en ambas Gerardo Cantú, alcanza, desde mi punto de vista, sus mejores logros ya que evita la distracción y emoción que el color agrega a la obra, obligando a concentrarse en el juego de la línea.

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Recuerdo, además, una histórica exposición de Cantú en el ya desaparecido Museo de Monterrey. Si no me equivoco era la segunda o tercera que tenía en ese recinto un productor regiomontano, lo que para esas épocas (80’s) era una verdadera rareza. La muestra resultó memorable, lo mismo porque estaba dedicada al dibujo y obra gráfica (lo cual tampoco era común) (algunos de los dibujos, los de gran formato, se exponen aquí) como porque alguien pensó que resultaba inmoral, que mejor sería darla por concluida y así sucedió.

Más allá de las anécdotas, el dibujo de Gerardo Cantú posee una línea fácil, ágil, rítmica y decorativa, con la que ha creado una muy bien delimitada serie de personajes entre los que destacan, por supuesto, las mujeres; ya sean madres, musas o amantes, dormidas, de pie, solas o acompañadas, tentadoras o siendo tentadas, finas como azares o ricas en carnes, vestidas, envueltas en rebozos, semidesnudas o en absoluta libertad y control de sus cuerpos, estas féminas han acompañado e inspirado al productor a lo largo de su trayectoria, y han concentrado sus esfuerzos en este u otros medios, de ahí que no sea casual que salten del papel al lienzo. La pareja dibujo-mujer, es el centro de la obra de Gerardo Cantú, en torno o a partir de ella, va a apareciendo la Troupe, con que se identifica al productor.

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En la última sala dedicada a este homenaje, se montó lo que incorrectamente se identifica como instalaciones. Se trata de una colección de Objets Trouvés, bastante desenfadada y casual. No agrega nada a la apreciación de la obra de Cantú, si acaso nos deja ver que se trata de un coleccionista de curiosidades (alguien le podrá llamar de otra manera) que arma y combina, una y otra vez, para encontrarles sentido y plasticidad.

Me parece que no se puede dudar del merecimiento que tiene Gerardo Cantú de esta exposición y homenaje, como tampoco se puede dudar de que esta sea una de las funciones que debe cumplir una Pinacoteca como la nuestra. Nos guste o no este productor seguirá siendo un representante dilecto de lo que se produjo en esta ciudad y estado durante la segunda mitad del siglo XX.

Su obra y trayectoria, su postura personal, plantean una serie de temas de investigación que de ninguna manera son desestimables, sino que al contrario van directo a conocer y poder explicar la particular evolución que la práctica de las artes visuales ha tenido en esta ciudad. Son esos temas y no la especulación fácil y gratuita que hacen los especialistas foráneos, los que han de formar parte de esa comprensión de la historia de la cultura en Monterrey, que se ha ido formando, precisamente, a través de la visión de productores como Gerardo Cantú.

 

Publicado inicialmente en Milenio Diario
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50 Años con el MAM

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Como quizás muchos otros tengo mi historia personal con el Museo de Arte Moderno de la Ciudad de México (MAM), que, como se sabe, junto con el Nacional de Antropología, cumplieron, en septiembre pasado, 50 años (los dos, junto con el llamado El Caracol, también en Chapultepec, y el de Arte Moderno de Ciudad Juárez, Chih., formaron parte del plan de infraestructura cultural del gobierno de López Mateos).

A la distancia, parece increíble que en ese tiempo no se haya llevado a cabo ningún otro proyecto museístico con ese mismo alcance y pretensión (salvo, posiblemente, el MUAC, Museo Universitario de Arte Contemporáneo, inaugurado en el 2008); no se trata únicamente de que ya no existan o sean vigentes las visiones totalitarias y universales, sino de contar con instituciones que sigan sirviendo de referencia para indagar en el pasado e imaginar el futuro. En su lugar tenemos organizaciones (principalmente privadas) cuyo horizonte no es más amplio que lo contemporáneo y que no saben hablar más que en tiempo presente.

Para muchos de nosotros el MAM fue, efectivamente, nuestro primer contacto con el arte moderno ya fuera el nacional o internacional, ahí supimos de un tal Felguérez o un Soriano, vimos en vivo y a todo color un Picasso o un Rothko, paseamos, intrigados y absortos, por la exhibición de grandes colecciones del extranjero, o de muestras individuales a manera de homenajes nacionales; escuchamos conferencias de Raquel Tibol. Jorge Alberto Manrique, o Teresa del Conde que además fue su directora por más de 10 años. Puedo decir que para mi generación, entrar en contacto con el MAM, fue la confirmación de nuestra propia pertenencia a la modernidad.

Para quienes conocen por vez primera sus instalaciones, vale la pena comentar que, por desgracia, es un proyecto que nunca llegó a su fin, no sólo le hacen falta otras salas de exhibición, sino también bodegas y talleres, un adecuado auditorio y más eficientes recepciones o acceso a las salas, por no decir nada de la necesidad de su permanente mantenimiento y renovación constante de equipo museográfico. Por cierto, el caprichoso diseño arquitectónico que tienen sus plantas, más el hecho de que sea una construcción sin muros, es decir, únicamente acristalada en todos sus flancos, plantea serios problemas a la exhibición de cualquier tipo de obra, ya sea desde la necesidad de bloquear permanentemente el paso de la luz solar, hasta cuestiones de seguridad, la indispensable climatización, y los requerimientos de iluminación. Así que el museo puede ser atractivo, un ejemplo de la arquitectura mexicana tardomoderna, pero un verdadero rompecabezas para la exhibición de arte y su museografía.

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Como institución legitimadora, la Ruptura le debe al MAM, no su oficialización, pero sí quizás el reconocimiento individual de sus miembros, así como de su historia y primeras revisiones. Operó como plataforma para Los Grupos, y más adelante para el lanzamiento del llamado Neo-Mexicanismo, y ni qué decir de las generaciones de los 80’s con las que inicia, desde ahí, nuestra postmodernidad. Para todos ellos el MAM fue su respaldo, su entorno, su referencia, como también el centro de gravedad del que había que huir o contraponerle alternativas.

Hoy, 50 años después, y desde la sana distancia que da el no estar en la Ciudad de México, el MAM se ve un tanto deslavado, los mismos proyectos que se han presentado con motivo de su medio siglo de vida, aunque importantes sin duda, no han tenido la espectacularidad que se hubiera esperado o deseado, pero sobretodo no han sido lo trascedentes que creo debían haber sido. Es decir, creo que la importancia que ha tenido el MAM en el la conformación del arte de nuestro tiempo en México, tendría que ser conocida y compartida en todo el país; este año, toda ciudad en México debería haber contado con una representación, por mínima que fuera, del MAM y del museo de antropología. Son esta clase de logros los que hay que dar a conocer y de los cuales se ha de sentir orgulloso este país.

Restaurar la fuerza y vigor del MAM, volverlo organismo líder, epicentro de proyectos museísticos de alcance nacional e internacional, debería ser parte de su plan de trabajo para los próximos 50 años.

 

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Imagen: obrasweb.mx

 

Milenio

EntradaHace una semana comenté cómo se pasa el tiempo y lo que dejamos de hacer por tratar de atender lo inmediato. Y lo hice un poco para justificar porque en ocasiones no atiendo puntualmente las exhibiciones de artes visuales que hay en la ciudad –de las que me llego a enterar, que no son todas por supuesto-, pero también para permitirme retomar temas que pudiera parecer han perdido su actualidad; pero actualidad es una cosa e importancia otra, así que el criterio que intento aplicar en estas líneas se refiere más a la importancia que pueda tener la presentación de un tema que no su novedad, con sus inevitables excepciones se entiende.

Hace una semana aborde una muestra que había abierto hacía un mes, ahora me voy un poco más atrás, al 21 de agosto cuando fue inaugurada la muestra El Milenio visto por el arte, en el Museo Metropolitano de Monterrey.

La invitación indica que se trata de una muestra colectiva formada por 34 piezas de igual número de productores, y así es, pero de hecho se trata de la presentación de dos proyectos, este, el de la obras pictóricas, y otro, quizás y hasta más interesante, el de la intervención de cada uno de los seleccionados sobre una portada del diario Milenio, acompañada por la fotografía, el retrato, de los mismos. Desgraciadamente no me puedo detener en este punto, pero vale la pena señalar, uno, que es un acierto el que todas las fotografías vayan firmadas (recordemos qué sucedía con la fotografía de prensa hace 15 o 20 años) y que los autores sean fotógrafos del propio periódico; y, dos, si papel tan importante se le concede a la fotografía (ocupa, este otro proyecto, toda la sala central del segundo piso del museo), ¿por qué no se encuentra entre los 34 productores seleccionados, ningún fotógrafo?

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Sin lugar a dudas el que el Grupo Milenio se haya lanzado a crear su propia colección de arte, es un gesto que debe aplaudirse y un ejemplo que ojalá cundiera entre muchas otras empresas que tienen capacidad para llevar a cabo acciones como esta. Aunque el proyecto es muy nuevo y habrá que ver cuál es su evolución, quizás algo que podría esperarse es que también se fueran formando colecciones regionales, de aquellas ciudades en las que el diario tiene presencia, para que así la acción de fomento se diera en esa doble vía, la nacional y la local, ambas, a no dudarlo, importantes y necesarias.

Ahora bien, es claro que estamos ante una colección de solo pintura, y de un particular tipo de pintura, y este es, desde mi punto de vista un problema, pues ¿de qué pintura estamos hablando? No nos detengamos en discutir la vigencia del medio, o si conserva la prerrogativa de seguir ejemplificando la producción de las artes visuales, no digamos del arte en general. Analicemos la idea o ideas sobre las cuales se ha llevado a cabo esta primer etapa de la colección.

En lo personal no encuentro cuál es ese hilo conductor que me lleva no sólo de una a otra obra, sino a ver la colección como un conjunto que me dice o demuestra algo. No se centra en un naturalismo exacerbado (Víctor Rodríguez, Daniel Lezama o Javier Peláez), o una abstracción de viejo cuño (Manuel Felguérez, José González Veites, Blanca Rivera Rio), ni de otras tendencias figurativas (Sergio Garval, Gustavo Monroy, Miguel Angel Garrido). Si acaso se trata de una muestra, más o menos completa, de lo que se produce hoy día, pero sin distinción de generaciones o tendencias, cuando ambas variables influyen en lo que se hace y mucho.

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No veo mala pintura, pero tampoco nada sobresaliente o especialmente bueno (salvo quizás la pieza de Beatriz Zamora que se aleja tanto de lo pictórico). Parece que toda la colección descansa sobre la coincidencia de los productores acerca del arte y su inclinación a él, pero bien sabemos que, por lo general, pintores, escultores, o fotógrafos, no son exactamente, la fuente más confiable sobre su quehacer, por lo que parece que su reunión más bien se debe a la voluntad de quien los ha seleccionado y agrupado. Tanto haber luchado contra la siniestra autoridad de los curadores, para acabar convirtiéndote en uno.

Con todo, el cuidado puesto en la museografía, en la información complementaria, en la difusión del proyecto, auguran que esta colección, la colección del Grupo Milenio, podría pasar a formar parte, a mediano plazo, de las importantes colecciones de arte privadas que se están formando en México en este momento.

 

Publicado originalmente por Milenio Diario
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Relativo a la familia

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Hay exposiciones que dan la impresión de resistirse a ser comentadas, que van deslizándose por las orillas, saltando de esquina a esquina hasta que logran pasar desapercibidas por más que uno esté esperando el momento adecuado para echarles mano.

Tal es la sensación que me queda de la muestra Parental, inaugurada en el espacio de la Alianza Francesa, Valle, hace ya más de un mes, en el lejano 21 de agosto. Que si la Bienal FEMSA reclamaba una conclusión, que si la lluvia nos mantenía a distancia, que si otras muestras parecían más importantes e interesantes, por una u otra razón, no había podido visitar la galería, mucho menos comentar lo presentado.

Tanto interés por hablar de esta muestra, aun antes de conocerla, se debía, en primer lugar, a que se trata de un grupo de fotógrafos locales reunidos en el llamado Colectivo Tr3ce; el tema también tenía que ver con mi interés, o mejor dicho que se presentara una muestra colectiva bajo un mismo tema, me pareció interesante; y, en seguida, que el colectivo había sometido su trabajo al ojo crítico de Juan José Herrera, convirtiéndose así en el curador de la exposición (desconozco si Juan José es o no miembro del colectivo; puedo suponer que lo sea pues sólo hay trabajos de 12 integrantes, por lo que, lo lógico, sería que el miembro número trece fuera él). En síntesis, una exposición de fotógrafos locales curada por un fotógrafo igualmente local, en uno de los mejores espacios que hay en la ciudad para la exhibición de fotografía, ¿cómo no tener la tentación de hincarle el diente a tanta “localidad”?

Trabajar en grupo, pareja, con los cuates, asociaciones, colectivos o como quiera llamársele tiene sus ventajas pero también sus riesgos, uno de ellos es que todos acaben pareciéndose tanto formalmente como en cuanto al tratamiento de los temas, máxime cuando hay uno sólo de estos. Creo que podemos ver tal efecto o consecuencia en esta exhibición. Otro podría ser la connivencia de los compañeros, es decir, que el grupo te arrope simplemente por ser miembro de él, y no por los resultados que entregues. Ventajas, son muchas las que se pueden obtener, el aprender a compartir y trabajar en grupo, y si el nivel de exigencia va elevándose conforme se consolida el grupo, y la crítica y la autocrítica es sincera y bien intencionada, se vuelve una costumbre, se hace hábito, el someter al escrutinio de otros trabajos de calidad. Este es uno de los beneficios que se obtienen de esa actividad tan rara que se llama “tallerear” (rara no porque sea extraña sino porque casi nunca se realiza con la disciplina, rigor y duración que demanda).

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En cualquier caso, ventajas o desventajas, tiene que llegar un momento en el que, como todo en la vida, te tengas que despedir de los pares para seguir por tu propia cuenta. Si la agrupación es sana y en realidad te ayudó volverás una y otra vez, salirte de ella, no quiere decir romper con los lazos que los unen, exactamente tal y como sucede en una familia.

Ahora bien, quiero suponer que Herrera ha sido lo suficientemente exigente como para reducir la participación en la muestra a una imagen por miembro. En tal sentido qué bueno que así haya sido pues es evidente que se trata, en la mayoría de los casos, de una práctica aun en desarrollo, tanto si consideramos estas fotografías formalmente, como por su contenido (hay que hacer la aclaración que entre los 12 expositores hay uno que presenta un vídeo, Yussel Estrada, trabajado con los temas de las otros once miembros).

He dicho hace un momento que me parece hubo cierta “contaminación” en el tratamiento del tema. Y es que salvo el trabajo de Nora Gómez, que por cierto es un autorretrato y ella el contacto del grupo, todas las demás imágenes nos ofrecen un acercamiento, ni siquiera nostálgico al mundo de la familia, sino más bien triste, en el que priva la soledad, la enfermedad o el abandono. Flaco favor le hacen a la familia, ninguna de ellas, al parecer, termina su ciclo felizmente, satisfecha y venturosa.

Como podrá deducirse, Parental, no es la gran exposición, los miembros del colectivo que la presenta, no son, ni con mucho, los mejores fotógrafos de la ciudad, pero da gusto saber y constatar que hay quienes desde otras trincheras, sin pretensiones grandilocuentes, y con mayor humildad, se están preparando para lograrlo.

Publicado originalmente por Milenio Diario

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Días de Lluvia

No deja de maravillar la regularidad que posee la naturaleza a pesar de todo lo que hemos hecho por alterarla. Cada año, después del caluroso estío inician las lluvias tan esperadas pero también tan odiadas o temidas cuando llegan. Como sea, además de lo mucho que significa el agua para una ciudad como la nuestra, de los destrozos que llega a causar y de ser el anuncio infalible de que se acerca el fin de año, la lluvia trastorna nuestra vida y obliga a que cambiemos de actividades.

Hace muchos, muchos años, cuando llovía y debíamos refugiarnos en casa, cuando nos quedábamos sin luz por cualquier llovizna, mi madre debía sumar a su lista interminable de deberes domésticos, la de entretenernos para que no causáramos destrozos o termináramos en pelea campal de unos contra otros. Recuerdo que así fue como conocí la versión materna del teatro de sombras, y a través de él las más asombrosas narraciones de la literatura infantil. Pero este no era su mejor truco para hacernos pasar una tarde lluviosa, lo mejor era cuando de algún closet o ropero sacaba una caja de zapatos o de sombreros, le practicaba en pequeñísimo orificio en una de sus caras más cortas, después, en plena obscuridad del cuarto, nos hacía sentar teniendo al frente la caja y prendía un pequeño cabo de vela que situaba al frente de ella, justo a unos centímetros de donde estaba el orificio antes practicado. Lo que sucedía a continuación era casi un acto de magia y a pesar de todas las veces que mi madre nos enseñó lo mismo, nunca dejamos de terminar encantados, como si hubiéramos visto algo de otro mundo. Al fondo de aquella caja aparecía la imagen invertida del mismo cabo de vela que ardía fuera de ella, bastaba con interponer la mano en cualquier momento para que desapareciera ésta o bien que regresara la luz para hacernos despertar del influjo de la imagen proyectada.

Muchos años después vine a enterarme al igual que mis hermanos y vecinos que el acto de mi madre no era otra cosa que la demostración de una cámara obscura; lograr que esa imagen que aparecía al interior de la caja, fuera permanente y no volviera a desaparecer fue el gran triunfo de la fotografía.

De aquellas experiencias infantiles a la actualidad, conservo la relación fotografía-lluvia, o sea, como fue que, sin saberlo, conocí por primera vez lo que sería la fotografía gracias a la lluvia, pero igual me vienen a la mente fotografías en las que la lluvia es su principal protagonista, por ejemplo un par de hermosas imágenes de Manuel Ramos, una en la que se ve completamente inundada la plaza de la Constitución o Zócalo de la Ciudad de México, y la otra, una imagen limpia como si la lluvia hubiera hecho su trabajo, del mismo zócalo pero transparente con la catedral al fondo y los famosos Pegaso que custodiaban sus cuatro esquinas (hoy en la plaza frente al Palacio de las Bellas Artes), ambas de 1920, o el extraordinario e irónico Tláloc de Héctor García, de 1964. Llenas de nostalgia son las muy pictorialistas Lluvias de verano de Alfred Stieglietz cuando apenas despuntaba el siglo XX (son de 1902).

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Manuel Ramos, 1920

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Alfred Stieglitz. 1902    

  Curiosamente, en esta ocasión, no es una fotografía mi imagen favorita de la lluvia, sino las muchas tratadas en la inmensa serie de México bajo la lluvia de Vicente Rojo (1983). Lienzos, estampas, textiles, esculturas y arte objeto, completan la serie, que es un homenaje sin paralelo a la Ciudad de México, pero también a la pintura y demás artes visuales, y, principalmente, a la infinita capacidad renovadora de la creación humana, que en lugar de agotar los temas los potencia al infinito. Una serie, que desde mi punto de vista, es piedra clave del arte mexicano que vendría después y que, también es mi apreciación, no ha sido suficientemente estudiada y valorada.

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Vicente Rojo. 1983       

  La lista de fotografías en las que aparece la lluvia podría extenderse en número y a lo largo del tiempo, de las tormentas marinas de Le Gray, a las infames imágenes de las anegadas trincheras de la Primera Guerra Mundial, a las de Gerardo Suter y su penúltima región. Ahora que lo pienso bien, me parece que después de la nieve (que es agua congelada), la lluvia es el segundo de los elementos más abordado por las artes visuales, incluso imágenes de un futuro, lejano o no, como Blade Runner, nos muestran nuestras ciudades inteligentes bajo una pertinaz lluvia, no en balde tres cuartas parte de este planeta están cubiertas por agua.

Empieza a llover de nuevo, habrá que irse adaptando al cambio de temporada y aunque aún quedan días de luminoso y cálido sol, el año ya ha entrado en su última fase.

Publicado originalmente en Milenio Diario.
Ver también: http://visionyrepresentacion.blogspot.mx
Imágenes: http://museografo.com; http;//en.wikipedia.org; http://www.suramexico.com
 

Fascinante

 

 

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Conforme nos alejamos del siglo XX surgen nuevos estudios e interpretaciones que nos permiten ver, bajo otra luz, hechos, procesos y hasta personajes que anteriormente tenían otras consideraciones. Tal es el caso, me parece, del período entre guerras (1920-1940), que en mucho puede ser el responsable no sólo de definir lo que sería la Modernidad en ese siglo, sino también y como consecuencia, de fincar lo que es el mundo de hoy tal y como lo conocemos.

Si a nivel mundial difícilmente se le podría escamotear importancia a estos 20 años, en México sucede igual. Estos años en los que alrededor del mundo no hay distinción entre vida política, vida pública y vida cultural, en nuestro país toman vida a través del período postrevolucionario que concluirá al cambiar la apuesta a favor de un país industrializado y un gobierno asociado a los empresarios. Culturalmente son los años de ascenso del nacionalismo en todas las manifestaciones artísticas, literatura, artes visuales, música, arquitectura, gracias a una política estatal que al tiempo que se favorece con la obra de los productores los alcanza a beneficiar con múltiples encargos. El modelo es tan exitoso que rápidamente llama la atención a nivel mundial, acercando a muchos para conocerlo en detalle y empaparse de su espíritu.

Toda esta introducción puede servir como telón de fondo a la exposición Fascinación que se presenta en el MARCO. Inaugurada el pasado día 22 de agosto, está formada por unas 70 imágenes fotográficas de Edward Weston (1886-1958) y Tina Modotti (1896-1942), seleccionadas de entre las más de mil que produjeron mientras se encontraron juntos en México, es decir, de 1923 a 1926, agrupadas bajo subtítulos tales como “Retratos”, “Objetos”, “Manos y cuerpo”, etc.

Es innegable la estrecha relación que hubo entre Weston y la Modotti, que incluso había iniciado un par de años antes en los Estados Unidos, como también el que en México hayan trabajando juntos en un forzado estudio fotográfico con el que se ganaban el pan de todos los días, o que se relacionaron íntimamente con los círculos culturales más prestigiosos del momento (quizás mucho más la Modotti), pero de ahí a que haya una mutua influencia o una transformación de su trabajo por encontrarse en México, es difícil de apreciar, por lo menos en esta muestra. No olvidemos que para estas fechas Weston ya había hablando en Nueva York con Alfred Stieglitz acerca de romper con el pictorialismo (lo mismo que hará unos años más adelante Paul Strand quien también viaja por nuestro país), y que en México empezaba a consolidarse una robusta cultura fotográfica representada por los hermanos Casasola, Manuel Ramos, o María Santibáñez, reforzados por la presencia de productores extranjeros como Hugo Brehme, Franz Meyer, o Walter H. Horne, por mencionar unos cuantos

He intitulado Fascinante estas líneas porque así me lo parece la época y lo que sucedía en nuestro país, pero más allá de lo estrictamente personal entre Modotti y Weston, no entiendo porqué llamar Fascinación a la muestra, a no ser que se refiera al efecto que pueden causar las imágenes de estos fotógrafos en nosotros.

La exposición, por otra parte, me confronta con un tema que en otras ocasiones he tocado aquí mismo: ¿la función del museo es simplemente mostrar o debe ir más allá y tratar, no de educar tal vez, pero sí de instruir? Y si esto último fuera parte de la misión de los museos, exhibiciones como esta se prestan como anillo al dedo. Por ejemplo, si nos fijamos bien hay diferentes tipos de impresión de las fotografías, desde las llamadas “vintage”, hasta las “digitales”, así que bien se podría explicar en qué consiste cada una de ellas, cómo afectan al negativo original (si lo hay), y a la imagen final. De esta manera, el visitante podría entender el por qué de las diferentes tonalidades, dimensiones y orígen de las imágenes (por cierto, no deja de llamar la atención la variedad de fuentes a las que se tuvo que acudir en busca de cada uno de estos ejemplares). Otro apunte podría ser el tema con que iniciamos, o sea, el contexto de la época y el país; algunos otros fotógrafos del mundo y México que en ese momento estuvieran en activo, etc.

Desgraciadamente hay ocasiones en que los expuesto por más calidad y prestigio que tenga deja una sensación de vacío, de no haber sido fascinante.

 

Publicado originalmente en Milenio Diario.
Ver también: http://visionyrepresentacion.blogspot.com
Imágenes: http://www.brettwestonarchive.com y http://www.theguardian.com

 

 

 

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