IN/OUT

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Con el fallecimiento de

Doña Márgara Garza Sada de Fernández, México pierde,

a nivel de patronazgo cultural, un elemento irremplazable.

Que en paz descanse.

 

Hace una semana expresé la esperanza de que los comentarios que hacía no fueran mal interpretados, como tampoco espero lo sean los que siguen a continuación, aunque para las alturas del partido en que me encuentro, lo mismo me debería dar si me consideran grosero, ignorante que inhumano.

Inhumano, es, por cierto y de acuerdo a definición del diccionario, todo aquello falto de humanidad, y lo que yo encuentro en la exposición que se presenta en el museo MARCO, inaugurada el pasado 11 del presente, bajo tal encabezado, es precisamente lo contrario, una humanidad, representada por sus productores simbólicos, preocupada por su actuación en este único mundo que conocemos y que compartimos con otros tantos miles de seres vivos. Quiero decir, de Inhumano la muestra a la que aludo no tiene nada, por el contrario, presenta una serie de piezas a través de las cuales podemos conocer distintas versiones de cómo el grupo de productores seleccionados interpreta la relación o relaciones entre el hombre y su entorno natural.

Ah! Pero no es este inhumano del que habla la exposición sino del otro, el in-humano, y aunque no sé si semánticamente haya alguna diferencia, tipográficamente sí que la hay y por tanto debemos leer en in-humano algo así como la oposición entre el hombre y la naturaleza, o su extrañamiento, y por tanto, las obras que se presentan como expresiones del pensamiento, de la reflexión, que provoca esta situación.

Me he detenido en estas anotaciones -que son un tanto ociosas- debido a que hoy día no basta con presentar una exposición colectiva bajo un mismo tema, sino que tal colección de obras debe servir de vehículo para otras tantas ideas que propone el curador de la exposición. Luego entonces lo que hay que aprender a leer y apreciar son las exposiciones completas y no las obras individuales, tal y como uno juzga un libro por su contenido y no por las palabras empleadas para escribirlo.

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Si esta el la situación –y estoy de acuerdo si se piensa que es pura fantasía personal- entones, desgraciadamente, lo que falla en este caso es la exposición y no las piezas que la componen. Me explico. El tema de las relaciones (incluso si se quiere pensar en la simple y llana oposición) del hombre con la naturaleza, con los diversos entornos que ocupa, explota y condena, es tan basto, tiene raíces tan profundas y consecuencias tan importantes, que difícilmente se agota en una muestra, por más variada y amplia que sea. Es uno de esos temas que como hemos visto ha ido ganando prioridad y sin duda, se volverá central en cualquier discusión a nivel local, nacional e internacional, en el los próximos años, por lo que todo o casi todo lo que implique o roce cualquier aspecto en que esté involucrada esta relación, puede ser referido al tema del desastre ecológico en que nos encontramos, al calentamiento global, el maltrato a los animales, los alimentos transgénicos, el hacinamiento de las ciudades, el desplazamiento del campo y las selvas por las zonas urbanas, el cambio climático, etc.

Y esto es lo que nos presenta la muestra a la que aludo, los 17 productores que en ella participan, mal que bien han hecho su trabajo, cada cual teniendo en mente una problemática particular, la que a ellos en lo personal les preocupa pero que no forzosamente coincide con la de la exposición. Yo me pregunto ¿qué tiene que ver un trabajo como el de Claudia López Terroso con las fotografías de Alec Soth?, más aún ¿qué tiene que ver Joseph Beuys en esta muestra? Su acto shamánico, si así se la ha de llamar, en I like America and America Likes Me (1974) está tan lejos de las intenciones y búsquedas de los demás productores como yo de la luna.

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A veces a pesar de que todo quepa en un jarrito, no significa que el contenido vaya a ser preservado correctamente. Esta es la tercer exhibición en MARCO que se puede asociar al mismo tema (Meso-cosmos y Ruta mística), no está mal, el estado de salud del planeta lo amerita, pero empiezan a ser repetitivas y pueden llegar a ser hasta aburridas.

 

Publicado originalmente por Milenio Diario
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Vida en la ciudad

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Hace una semana cerraba estas mismas líneas, diciendo que la exposición de Robert Doisneau en el Palacio de las Bellas Artes en la Ciudad de México me había dejado la invaluable lección de que es necesario ampliar y profundizar la reflexionar ante cualquier imagen, cuánto más en aquellas que se convierten en las favoritas de un determinado público; decía que hay que hacerlo en y con ellas en particular, porque ese éxito, ese gusto mayoritario, no es, por supuesto, gratuito.

Hoy me enfrento a una situación que bien podría calificar de antítesis de lo apuntado hace ocho días. No me encuentro ahora ante imágenes que, independientemente de su temática, tengan una difusión mediática que las convierta en el gusto de todos, sino más bien a simples imágenes que aspiran quizás no a una circulación generalizada, pero si a ser tomadas por fotografías, y al cambiar de imagen a fotografía quiero decir que circulen como piezas de “arte”.

Hace un par de semanas, la galería de la Alianza Francesa, local Valle, inauguró la muestra Vida urbana, organizada por la Asociación de la Plástica de Garza García, A.C., 12 imágenes, en color y B&N, conforman la exhibición. En términos generales suelo ser muy respetuoso de las actividades que  lleva a cabo esta y otras asociaciones del mismo tipo. Las aspiraciones de sus miembros, como las de cualquier otro, son enteramente legítimas, y todos los trabajos y demás actividades que llevan a cabo son muestra patente de la honradez y profesionalismo con que pretenden actuar y mostrarse en público. De hecho, el esfuerzo que han llevado a cabo en la exposición a la que me refiero, por mantener un mismo formato, una misma temática, por presentar, en síntesis, una muestra homogénea con un texto bien preparado, habla, precisamente, de la seriedad de sus intenciones.

Ahora bien, por todo lo anterior y aunque nunca pensé llegar a hacerlo, sí quisiera regañar a las expositoras por el trabajo que presentan. Así como los que estamos de este lado hemos de obligarnos a prepararnos mejor y ser más claros en las ideas y principios de deseemos comunicar, así, creo, quienes exponen deberían detenerse un momento y pensar mejor qué es lo que quieren mostrar al público y para qué. Si esto es cierto en cualquier forma de expresión lo es mucho más en el caso de la fotografía, nada más ni nada menos, porque estamos tan saturados de imágenes que exhibir más de éstas lo único a lo que contribuyen es a contaminar e hinchar más una ya muy deteriorada iconosfera.

Hay una gran diferencia entre fijar imágenes y hacer fotografías, en este sentido la exposición de Doisneau es más que ejemplar, pues no basta salir a las calles de cualquier ciudad e ir apretando el obturador ante lo que me sale al paso, sino de querer atrapar, representar, comunicar, aquello que yo entiendo, percibo, siento, de esta o aquella zona de la ciudad, de estos o aquellos personajes, de tal o cual situación. La ciudad, sus calles, personajes y acontecimientos no son temas fotográficos por sí mismos, es el fotógrafo, su sensibilidad, su ojo, la que los convierte en motivos que, unos más otros menos, se van convirtiendo en tópicos o representativos. Desgraciadamente en esta exposición hay únicamente 12 imágenes que nada me dicen de lo que simplemente muestran,

Y si no se vale ser irreflexivo en la temática, menos aún en la cuestión técnica. Se bien que suele recomendarse no prestar mayor atención a los aspectos técnicos y máxime si no eres fotógrafo sino un “productor de más amplios intereses” que se vale de este medio sólo para realizar una parte de su obra pero que mañana podría mudar a la pintura por ejemplo. Pues bien, a quienes han prestado oídos a tales consejos o indicaciones, déjenme decirles que les han visto la cara. Jugar con el “ruido” técnico, con los defectos de la imagen, es cuestión más seria de lo que parece; el creer que todo se vale es más bien hacerse tonto y pensar que todos los demás también lo son. Ya que vas a presentar tu trabajo, preocúpate no por si está bonito el marco, sino porque esté, si quiera, bien impresa la imagen.

Espero no sea mal entiendo mi “regaño”, mi intención no es ofender, sino por el contrario tratar de contribuir. La galería de la Alianza Francesa, quienes participan en esta asociación y la asociación misma, merecen algo mejor.

 

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Nombres e imágenes

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Es muy probable que usted haya visto más de una vez estas imágenes, fotografías como El Averno, Miradas oblicuas, Picasso con penacho o sentado comiendo pescado, y quizás la más famosa de ellas, la del Beso en las calles de París recién concluida la Segunda Guerra Mundial (la otra versión de la misma fotografía, tomada en Times Square con idéntico motivo es de Alfred Eisenstaedt), sin embargo, pocos conocen o recuerdan el nombre  de su autor. Por lo menos eso es lo que a mí me sucede: Robert Doisneau (1912-1994)

Como parte de ese extraño re-encuentro entre la diplomacia francesa y la de México, fuimos regalados con distintas exposiciones, dos de ellas se presentan actualmente en el Palacio de las Bellas Artes de la Ciudad de México. Una acertada combinación de  muestras que tienen como eje la amistad entre Pablo Picasso y Doisneau. La de Picasso es una muestra de la colección de obra gráfica que es propiedad del Museo Picasso de París, Francia, en tanto que la del fotógrafo está formada por cerca de 200 imágenes provenientes de distintas colecciones públicas.

El caso de Doisneau, e insisto en que todo lo que sigue es según la perspectiva que tengo de su trabajo, me resulta curioso en tanto que, como he dicho, una parte de sus fotografías son muy populares y sin temor a equivocarme podría decir aparecen entre las primeras en las listas de preferencias, y sin embargo, no sólo su autor es prácticamente desconocido, sino que el resto de su obra pasa también desapercibido para el gran público.

El caso, me parece, tiene que ver con los usos y circulación del material fotográfico. Con el uso, cuando ciertas imágenes por su carga emocional se convierten en icónicas al concretar un sentimiento, una expectativa mayoritaria, compartida por muchos otros. Este uso, representar un sentimiento generalizado,  provoca, por su parte, una circulación que de otra manera u otro tipo de imagen difícilmente lograrían.

Cuando uno tiene la oportunidad de ir más allá de esas cuantas imágenes que la publicidad y la mercadotecnia han escogido por nosotros, entonces es posible apreciar verdaderamente el trabajo del fotógrafo. No quiero decir con esto que aquellas imágenes no valieran la pena o no tuvieran la calidad suficiente para gozar de tal difusión, a lo que apunto es que en un contexto más amplio, que vaya más allá de ese impacto inmediato y emocional que pueden provocar las imágenes más conocidas, éstas, incluso, puede adquirir otro significado y valor, tal y como ocurre en el caso de Doisneau.

Sin duda, Doisneau fue un gran fotógrafo; buena parte de su quehacer, por lo menos lo que se muestra en la exhibición de Bellas Artes que cubre las décadas de los 40’s a los 60’s, da la impresión de haberse dedicado a mostrar, a los franceses primero, al resto del mundo después, que la vida seguía después de la Segunda Guerra, que la gente continuaba viviendo, gozando, sonriendo, sufriendo, dolida si se quiere, pero que ahí estaba un país y una ciudad que había que volver a poner al día, regresar a la normalidad. Con estas fotografías Doisneau también despertará el interés, señalará la importancia, de lo que hoy día llamamos Street Photography, la fotografía que, más que lo documental, registra la vida cotidiana, la actividad, el ir y venir de la población entregada a sus preocupaciones, placeres, alegrías, sueños y frustraciones.

La gran lección que me deja esta exposición es el tener que reflexionar mucho más al momento de enfrentarme a las imágenes publicitarias más populares, no porque tras ellas se encuentre siemp0re un Doisneau por descubrir, sino porque su popularidad no es gratuita, por algo la han ganado.

 

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Un buen hombre

JOSE EMILO AMORES 01Juan Rodrigo Llaguno. José Emilio Amores.

Así como una jornada bien empleada produce

un dulce sueño, una vida bien usada

causa una dulce muerte.

Leonardo Da Vinci.

 

El pasado viernes 27, después del medio día, empezó a circular la triste noticia del deceso de José Emilio Amores (1909-2014). No voy a decir, como otros tantos en otras tantas ocasiones, que fui su gran amigo, que conocía sus confidencias, no lo fui como un Gerardo Puertas, Sylvia Vega, José Javier Villarreal o Minerva Margarita Villarreal, como Rubén González Garza, Jorge Elizondo, Gerardo Azcúnaga o Ida Rodríguez Prampolini. Lo que sí puedo decir y con mucho orgullo, es que cada que me topaba con él me daba un enorme gusto, lo mismo si sólo cruzábamos un par de ideas que si compartíamos una reunión en su casa.

Mi relación con José Emilio quizás sea mucho más antigua que la que pudiera haber sostenido con él cualquier otro de estas tierras, pues bien recordaba a otro Moyssén, a un condiscípulo suyo en la Escuela Nacional Preparatoria de la Ciudad de México. Yo lo conocí hace menos tiempo, cuando trasmitíamos por televisión las obras que componían el programa de los célebres e importantes (aunque no recordados) Festivales de Música y Danza, que anualmente y por un lapso de seis o siete años se llevaron a cabo desde el ya también desaparecido Cine-Teatro Reforma. De ahí en adelante, y hasta ahora, nos volvimos a ver con frecuencia, siempre con el mismo gusto, atención y camaradería.

Mientras fue director del Centro Cultural Alfa –cito estas anécdotas no cronológicamente sino como me vienen, más que a la mente, al corazón- me invitó a participar en un extraordinario grupo reunido una vez por semana por las noches, para conocer, revisar y comentar distintos momentos, obras y acontecimientos relacionados con la historia del arte. Desconozco qué tanto habrán aprendido mis contertulios pero para mi fueron veladas y compañeros inolvidables.

El hambre que tenía por aprender de todo y la permanente inquietud de hacer algo útil y constructivo con su tiempo libre, lo llevaron a cursar la Maestría en Humanidades de la Universidad de Monterrey, ahí tuve el privilegio de ser su “maestro” a lo largo de los 4 semestres que duran los estudios, sólo para después acompañarlo en la producción de la tesis con que se gradúo. Me detengo un momento es este punto ya que se trata de un valioso documento que por desgracia no se conoce. En resumen, José Emilio buscaba sostener o refutar la idea del arte como inversión, si es o no rentable. Lo interesante de su trabajo es que con base en datos objetivos pudo llegar a una conclusión que en su momento resultaba la opinión más autorizada sobre el tema. Es además, un buen ejemplo de cómo un hombre formado en el campo de las ciencias exactas, puede hacer una importante aportación al estudio de las humanidades.

Como todos los que lo conocieron, estrecha o circunstancialmente, podría seguir encontrando anécdotas con que retratar qué clase de hombre fue el Ing. Amores (por ejemplo la amistad que tenía con Sergio de Osio que también EPD), pero prefiero dedicar las líneas que faltan a tratar de contestar qué es lo que pierde la ciudad con su partida.

Obviamente los tiempos son distintos y son muchísimas las variables que nos separan ya irremediablemente del siglo pasado, pero creo que una de las grandes diferencias entre las generaciones de hoy día y las que actuaron a lo largo de la segunda mitad del siglo XX, es el inmenso cariño, respeto y orgullo que sintieron por esta ciudad. En su horizonte siempre estuvo presente qué hacer, cómo lograr, a quién convencer, a quién invitar, para que Monterrey, diera otro paso adelante, para que culturalmente se hiciera más fuerte, para consolidar sus logros, no había otro fin, otra meta. Esto es, me parece, lo que se ha estado yendo de la ciudad cada que un José Emilio se nos adelanta. El espíritu de comunidad, de amor a la tierra que te da de comer, es el que va languideciendo con la partida de otro buen hombre como lo fue, sin duda alguna, José Emilio Amores.

 

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¿Diálogos (im)posibles?

 

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La idea de favorecer o de crear situaciones, disponer espacios, producir obras, en las que dos o más manifestaciones simbólicas dialoguen entre sí ha asumido a lo largo del tiempo diversas formas y ha corrido, igualmente, con suerte múltiple. Una de estas experiencias que ha resultado del todo exitosa lo es, sin duda, el espectáculo de la Opera. La arquitectura y las artes visuales han buscado, también, desde siempre, encontrarse en esa situación, la célebre Bauhaus se ha encargado de proponer y promover este diálogo como modelo, y el campus central de la UNAM es una muestra, más que digna, de las muchas posibilidades que hay en este terreno. Otras opciones van del Ut pictura poesis de Horacio a intentonas por reunir literatura y artes visuales, como, sea el caso, el proyecto que esta editorial patrocina (La poesía vista por el arte).

Así pues, que las artes dialoguen entre sí no parece una idea extraña o ajena a proyectos generados o que se generan en el campo cultural. No obstante, la lógica dicta que habrá situaciones y participantes en donde el diálogo sea más fluido y sobretodo edificante, mientras que en otros lo único que se podría favorecer es un diálogo de mudos que es peor que el de sordos. En otras palabras, así como hay casos que se enriquecen con la presencia, convivencia y trabajo entre dos o más manifestaciones artísticas, hay otros en que el diálogo, de inicio, puede parecer imposible.

Pensar, como ejemplo, en una relación o diálogo entre la fotografía y la escultura, puede ser uno de esos casos pues lo que una afirma, la tridimensionalidad, el volumen, la textura, la otra lo niega, lo suprime o de plano es incapaz de incorporar, físicamente, aquellas dimensiones. Desconozco de quien habrá sido la idea pero el pasado día 12 en la Galería Drexel, se inauguró la muestra Diálogo: Lorusso-Yázpik, esto es, una exposición en la que se ha puesto a dialogar a las esculturas de Jorge Yázpik, con las fotografías de Nicola Lorusso, y por increíble que pudiera parecer, no sólo la convivencia entre ellas se da, sino que se alcanza a escuchar el suave murmullo de lo que se dicen entre sí imágenes y moles de piedra.

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La exposición está formada por ocho esculturas y ocho fotografías. Tres de estas esculturas son de formato medio o de mesa y las 5 restantes de dimensiones mayores; aunque hay un par de obsidiana, la mayoría son de tezontle gris. Por su parte, todas las fotografías son de 95x135cms., de inyección de tinta de carbón sobre papel de algodón.

El diálogo que entre estos ocho objetos se alcanza a percibir tiene que ver con la posición que asuma el que oye, si es la postura de la escultura entonces escuchará reflexionar sobre su origen y posterior destino, ya que 4 de las fotografías de Lorusso son de canteras (de la serie Bajo el umbral del cielo) y las restantes de estudios de escultores. Pero si la posición que se toma es la de la fotografía entonces el diálogo será, como las mismas esculturas lo son, un interminable ir y venir entre la naturaleza y la mano, la obra, del hombre. Otro de los temas que se llega a percibir en esta reunión de fotografía y escultura es el del espacio, el ocupado y el vacío, el exterior y el interior, el virgen y el transformado, y cómo a través de la suma de materia o de su eliminación nacen otros espacios, nacen las obras.

Aunque exitosa la experiencia, e incluso sin que se hubiera dado el diálogo habría que decir que tanto esculturas como fotografías, en lo individual, son sobresalientes, de incuestionable calidad, creo que es insuficiente, por eso es que he dicho que entre ellas apenas se percibe un murmullo y no un diálogo pleno y en voz alta; no se debe a esa primera impresión de lo inútil que sería hacer compartir a la escultura y la fotografía, de que entre ellas hay un diálogo imposible, sino más bien, a que el tema, la reunión, no se encuentra del todo explotada, no se fue más allá de esta aproximación que es puramente literal. Queda demostrado que quizás no haya diálogos imposibles, pero precisamente, por las muchas opciones que aparecen al insistir y favorecer esta clase de encuentro, es que valdría la pena ir más allá hasta lograr generar proyectos de los que se obtengan no sólo diálogos, sino polifonías completas entre las artes.

 

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Sociedad

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Con las líneas que siguen se cierra el mini-ciclo iniciado hace quince días dedicado a la comprensión de uno de los  fenómenos más complejos del quehacer humano, aquel que conocemos bajo la denominación Arte. Obviamente con estos textos, Arte, Libertad y el de hoy, no pretendo satisfacer ni colmar el tema; no creo que a través de ellos nos hayamos acercado un poco más al entendimiento que requiere hoy día tal fenómeno, aunque sí espero, por lo menos, haber inquietado a alguien o llamado su atención, de ser así cobra sentido este diálogo que busco sostener con cada uno de los lectores, semana a semana.

Hablo de fenómeno y no de Arte a secas, para tratar de comprender como es que ciertos objetos se convierten o asumen el valor Arte, y para hacerlo es necesario ir más allá del objeto, no basta con desarmarlo, sino que hay que ubicarlo en distintos contextos y condiciones hasta encontrar aquella o aquellas en las que mejor parece se lleva a cabo el fenómeno, estos es, en la(s) que un objeto cualquiera deviene en arte.

Como fenómeno que es, como producto del quehacer humano, el arte se encuentra históricamente situado y socialmente determinado. Ningún objeto, material o inmaterial, escapa de estas dos dimensiones.

Hoy día decir que entre arte y sociedad existe una íntima relación, o que el arte depende de su sociedad, e incluso que es un reflejo de ella, ha dejado de ser tema de discusión, es decir se da por un hecho. Pero si bien todos estamos de acuerdo con lo anterior (o casi todos), lo que no está muy claro, o en donde no todos coincidimos es en cuáles son los mecanismos, los procesos, la trama a través de la cual se manifiesta o se ejecuta esta relación.

Al decir que el fenómeno que llamamos Arte se encuentra históricamente situado, lo que se quiere dar a entender es que esos objetos dependen de lo que en ese momento de la historia se conoce, se acepta, se hace. No existen objetos contemporáneos primitivos, como tampoco los hay que se adelanten a su tiempo como tantas veces se ha dicho. Socialmente determinado significa que son las diversas dinámicas sociales las que específicamente definen qué y cómo ha de ser el objeto de arte; debe ser obvio que ese qué y cómo, no son los mismos a lo largo de la historia, sino que mudan conforme pasa el tiempo y las sociedades se transforman.

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La semana anterior afirmé que la decisión de pintar un retrato con dos o tres ojos, no tiene nada que ver con el cuestionamiento del libre albedrío. Y así es, esa decisión pertenece al ámbito del individuo y es tan fuerte y se encuentra tan enraizada en nosotros que nos causa la ilusión de libertad, incluso hay quienes creen que sin esa libertad no sería posible la “existencia del arte”. A lo que se refiere la determinación social del arte, no es a lo que el individuo decide o deja de hacer, sino a su interacción social, su participación en una dinámica social particular en la que se desempeña como arquitecto, contador, comerciante o “artista”; todos y cada uno de ellos está determinado en su quehacer fundamental por su sociedad, y más allá de ella, por el momento histórico en el que le ha tocado vivir. ¿Después de haber pintado la serie de los Lirios Acuáticos, porqué Monet no proclamó la pintura abstracta o informalista? Simple y sencillamente porque ni social, ni históricamente, era posible hacerlo. ¿En algún momento Monet sintió que su libre albedrio corría algún riesgo? No lo creo. Todo lo contrario, tan libre se sintió de pintar lo que quiso, que llevó (junto con otros por supuesto) a la pintura hasta el borde mismo de la Modernidad.

Todo lo anterior no es más que una pequeña rendija por la que podemos mirar al interior de este fenómeno, y constatar que lo verdaderamente complejo, como se ha dicho, se encuentra en dar con esa correa de transmisión a través de la que se pasa del terreno puramente social al individual. Esta “correa de transmisión” no es la misma en todo momento y sociedad, es más, hay que estar conscientes de que hoy pueden participar como medios de esa correa procesos y/o normativas, que ayer o mañana, ni serán los mismos, ni su influencia se sentirá de igual forma. Esto es lo que hace fascinante el estudio del arte, lo que lo convierte en fenómeno digno de analizar y en buen tema de conversación.

 

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Ver también: http://visionyreprsentacion.blogspot.com

Imégenes: http://www.sobremalaga.com; http://www.coca-cola-art.com

 

Libertad

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Jean Brueghel. La visión. De la serie alegorías de los 5 sentidos. 1617-18

Quizás no exista ningún otro pensamiento tan valorado y complejo como el de la libertad. Su aplicación y uso tiene múltiples implicaciones individuales o grupales, morales, jurídicas, políticas y filosóficas. Es un derecho, pero también una responsabilidad. En su nombre, bien lo sabemos, se han cometido toda clase de atrocidades, como también de actos que engrandecen al hombre como especie.

         Asociada a él está la idea del libre albedrío, también con extensiones de tipo religioso, ético, psicológico, legal y hasta científico. De manera simple y apretada el libre albedrío es la creencia según la cual los humanos somos capaces de elegir y tomar nuestras propias decisiones. Como se sabe, sobre su existencia se encuentra abierto un debate permanente entre quienes la defienden como parte esencial e inalienable del hombre, y quienes creen que, en realidad, no tienen nada de libres las decisiones que tomamos, sino que se encuentran condicionadas, dependen, de una gran cantidad de factores sobre los que el individuo no tiene control alguno.

         Hace una semana afirme que el arte era nuestra última fantasía respecto al libre albedrío, ahora trataré de explicar por qué.

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Jean Brueghel. Alejando Magno visita el estudio de Apeles. c. 1628

         Aunque no lo admitamos así, cada vez estamos más consientes de que nuestra vida cotidiana y todo lo que sucede en ella, depende no de nuestras decisiones sino por lo que otros ya han optado por nosotros; el ejemplo más sencillo que se me ocurre en este momento, es el de la moda, y más grave aún, el de los medios de comunicación que deciden qué temas son los que importa tratar y discutir. En estos casos, a pesar de que en apariencia uno es el que toma la decisión, no se cae en cuenta de que el número de posibles elecciones está definido de antemano y que cualquiera que sea la decisión, conducirá a lo ya definido. Reparar en esta situación contribuye, junto con otras tantas variables, a crear el clima de desencanto que caracteriza a nuestra sociedad actual.

Mientras que los terrenos económico, laboral, político y hasta social, dependen de fuerzas cada vez más alejadas de nosotros, el del arte da la impresión de escapar de esta situación y permitir, y hasta cultivar, la entera libertad creativa del individuo. Antes de continuar, viene al caso que hagamos tres anotaciones. La primera de ellas indica que habrá que distinguir entre la producción de aficionados y la de los profesionales. Segunda, que existe una cierta idea general que se ha extendido sobre lo que es o debe ser el arte. Y, tercera, que los objetos al ser considerados más como mercancía que como puro “arte”, dependen principalmente de su cotización, no de su apreciación.

Si reunimos estos tres apuntes, nos será más claro ver por qué conviene creer en la práctica de las artes como el campo ilimitado de la libertad individual, ya que de esta manera es más sencillo distinguir, separar, discriminar la práctica profesional de la amateur; sostener una idea general de arte, que incluso se alimente o fortalezca de sus “enemigos”; y mantener dinámico, a la par de cualquier otro, al mercado del arte. De ser esto verdad, entonces el campo    del arte estaría tan sobre- determinado como cualquier  otro; de manera simplificada  diríamos que la supuesta  libertad de creación únicamente aparecería dentro de las practicas profesionales, y de entre estas en las que se acercaran más a la idea general de arte, que a su vez serían las que mayor cotización alcanzan en el mercado.

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David Teniers. El archiduque Leopoldo Guillermo visita su galería de pinturas. 1651

         No caigamos en la ilusión de que mi capacidad de elección está a salvo si en lugar de pintar un cielo azul lo hago de café o si en un retrato decido poner tres en lugar de dos ojos. Elegir uno u otro color nada tiene que ver con lo que se ha planteado aquí, sí en cambio con la decisión de pintar un paisaje con cielo café o un retrato con tres ojos, esa decisión es la que está condicionada, acotada por los tres apuntes que hemos hecho, y así lo ha estado desde que nos bajamos del árbol.

No veamos estas líneas como un atentado contra la sagrada libertad que tanto nos ha costado ganar. Hay que entenderlas como otra manera de problematizar el mismo tema, como un medio para hacernos de otras herramientas que nos permitan comprender mejor la naturaleza de eso que llamamos Arte.

 

Publicado originalmente por Milenio Diario.
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