Bienal (I)

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Cuando supe de la inauguración de la XI Bienal Monterrey FEMSA (agosto 14) en las salas del Centro de las Artes en el Parque Fundidora, mi primer impulso fue dedicarle dos columnas, puesto que desde hace dos bienios han tomado el esquema de invitar productores extranjeros, lo que hace que en un espacio tan breve como este sea complicado abordar un tema con tantas y tan ricas aristas. Después de visitar la exposición, me arrepentí y llegué a pensar que una sola entrega era más que suficiente. Recuperado de la primera impresión, regreso a la idea de las dos partes, pues como sea hay mucho qué decir.

Creo que por primera vez me enfrento a una exhibición que no sé cómo abordar, no alcanzo a comprender, y no veo cómo explicar. Trataré de tocar un par de puntos que me parecen más relevantes sin profundizar en ellos, de hacerlo ni en dos, tres o más partes tendría espacio suficiente para terminar con mis observaciones.

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Es evidente que el Centro de las Artes ha hecho una cuantiosa inversión en su equipamiento museográfico, razón por la cual, es lógico, no quiera modificarlo en demasía. El problema es que su inmovilidad, su configuración permanente, se convierte en un obstáculo que algunas veces será fácil sortear, otras, como en la Bienal FEMSA, no. Desde mi punto de vista, la exposición, sobretodo en la sala que no es la de la Fototeca-Cineteca, más parece una invitación a la estética del caos que a conocer la selección de piezas que la conforman. Limitantes que, quiero entender, también imposibilitaron que todos los artistas invitados se puedan presentar juntos, lo que, incluso, hubiera contribuido a una mejor comprensión de su propuesta. Así que de preguntarme (lo que nunca sucederá) si creo que el espacio es adecuado para la exhibición de esta muestra, mi respuesta sería que de mantenerse el mismo equipamiento en su actual emplazamiento, no lo es.

Siempre que se trata de eventos de este tipo, en los que hay uno o varios ganadores, me abstengo de hablar sobre lo premiado porque sé muy bien que tal distinción depende de una amplia variedad de razones y que de formarse otro jurado otro sería el resultado. Lo que sí creo poder decir, es que en este caso, la muestra de piezas seleccionadas me deja una sensación de déjà vu, es decir, no encuentro en lo visto (aunque debo insistir en que por el arreglo museográfico me cuesta trabajo hacerme de una idea global de todas las piezas como conjunto, como el Salón que, supuestamente, deben formar), algo lo suficientemente poderoso, incisivo o retador, como para vislumbrar, por ahí, lo que se está produciendo de nuevo en el país y que sea distinto a lo ya visto años atrás. Incluso el muy gracioso ropero de David Garza no deja de ser nieto de la escultura que hace años Antoni Tàpies propuso como homenaje a Picasso en una plaza pública de Barcelona.

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Y lo mismo se podría decir de la goma enorme de Sebastián Beltrán, la cinta métrica de Alejandro Equihua, el “Gego” de María García Ibáñez, o las esculturas suaves de Héctor Velázquez, y como si el arte mexicano no estuviera saturado de autos VolksWagen, de “bochitos”, aquí le suman uno más, el de Gustavo Villegas. No es que esperara ver novedades o espectaculares innovaciones, pero sí algo diferente, incluso el video que en otras ocasiones es muy rico, ahora se ha limitado a un par de ellos, que de no haber participado nada habría sucedido.

La fotografía que, siendo en su mayoría de interés y más propositiva que lo que se ve en otros medios, no llega a ser convincente, salvo el trabajo presentado por Juan Rodrigo Llaguno. Con todo, se salvan de la quemazón, Melba Arellano, Pablo López Luz, Oswaldo Ruiz y Alejandro Cartagena. Una nómina, como se ve, mucho más nutrida que la de la pintura, el dibujo o la escultura.

Quiero pensar que este lánguido resultado sólo en parte es imputable al jurado, más bien, creo yo, se debe al envío recibido. En la exposición se montaron 65 obras de 40 productores, es fácil imaginar cómo estarán las tres mil y pico que no fueron seleccionadas. Estas cantidades y la impresión que me llevó de lo expuesto, es lo que entre otras razones, me llevó a decidir escribir, siempre sí, una segunda parte del mismo evento. Espero contar con su paciencia y comprensión.

 

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175

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Así como resulta complicado atribuir a una sola persona el desarrollo final de lo que hoy llamamos fotografía, lo mismo sucede con el momento en que hizo su pública aparición. Hoy conmemoramos uno de sus nacimientos, el día en que el científico y político francés François Aragó presentó en la reunión conjunta de las Academias francesas de Ciencias y Artes, los resultados a los que había llegado Daguerre, es decir el proceso, perfectamente definido e infalible, con el cual era posible fijar de manera permanente las efímeras y elusivas imágenes que proyectaban las cámaras obscura y lúcida. En otras palabras, Aragó daba a conocer al mundo el Daguerrotipo con lo que, a su vez, principiaba una extraordinaria historia que hoy cumple 175 años.

 

Tengo la impresión que de la fotografía, como de ningún otro medio, se han ocupado los más importante pensadores que han convivido con ella a lo largo de este tiempo. De entre todo lo que han dicho, una de las observaciones que me parece más importante, es la de Walter Benjamin, respecto a que es –la fotografía- el invento más moderno de todos, o sea, que también es su hija más legítima. Podemos o no estar de acuerdo con él, pero no se puede negar que a través de la historia de la fotografía es posible seguir el desarrollo y evolución de la cultura moderna. Es decir, estos 175 años de la fotografía, nos dan la oportunidad de contemplar, desde otro punto de vista, cómo ha sido la cultura, al menos la occidental, durante este tiempo (y la oriental en su proceso de occidentalización), cómo se ha transformado y a partir de qué variables y con qué resultados; las mismas preguntas que hoy nos hacemos sobre su estatus y futuro inmediato, son las que podemos hacer acerca de la cultura contemporánea en términos generales. Así que, en resumen, lo que le pasa a la fotografía en este momento es exactamente lo que le sucede a nuestra cultura.

 

Es casi imposible pensar en alguna actividad que desarrollemos de manera cotidiana en la que no esté involucrada alguna imagen fotográfica o de origen fotográfico. La fotografía no sólo expandió entre la población la facultad de re-producir imágenes, sino que, por su versatilidad, fue encontrando los más diversos campos en que podía ser aplicada. A diferencia del dibujo, del grabado y no digamos de la pintura, la rapidez y precisión con que se ejecuta una fotografía permitió que el campo comunicacional, en el que los otros medios se encuentran limitados, rompiera todo género de barreras y mostrara la eficaz contundencia de este nuevo tipo de imágenes.

 

No obstante, por más importante que sea el impacto de la fotografía en los campos productivo y artístico, creo que su verdadera importancia la encontramos entre nosotros mismos. De la Carte de Visite, de la fotografía de difuntos, de las “vistas” de los vestigios de antiguas civilizaciones o de las maravillas naturales, de la fotografía formal de estudio, del registro de los momentos más memorables, del recuerdo casi nostálgico de experiencias pasadas, al Internet, los selfies, las redes sociales, la foto despreocupada de adolescentes ociosos, el Photoshop, el Instagram y las imágenes de google, nuestra vida y la manera de contemplarla no ha vuelto a ser lo que era antes de esta fecha, hace 175 años. La cámara fotográfica o cualquier otro implemento capaz de registrar y conservar imágenes, ha entrado a nuestras vidas para quedarse y ha pasado a ser de un complicado aparato que cargaban mamá o papá durante las vacaciones o cumpleaños y no permitían que nadie más manipulara, a una herramienta indispensable, imprescindible para la comunicación en un mundo que, paradójicamente, rebosa imágenes. Creo que es posible afirmar que hoy día en las principales ciudades del mundo todos sus habitantes poseen o tienen acceso a una “cámara fotográfica” y la operan como si de ello dependiera su vida.

 

¿Qué tanto son 175 años? Si pienso en la que se considera la primer fotografía (el Punto de vista desde la ventana de Le Gras de Niépce) y la comparo con las imágenes de los paisajes marcianos, la devastación causada por un proyectil palestino lanzado en este momento, o la del desayuno de esta mañana de mi hijo, me parecen vertiginosos. Como escribí en otro lugar, esta historia tiene el rostro del retrato de Dorian Grey, siempre nueva, siempre joven, por más vieja que sea.

 

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Ni con 100 años

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Quiero tratar, aunque sea superficialmente, dos temas relacionados entre sí. En común tienen el centenario del inicio de la Gran Guerra o Primera Guerra Mundial (28 de julio de 1914) mismo que, como no habrá pasado desapercibido, se conmemoró hace unos días.

El simple hecho de señalar que entre este momento y aquellos acontecimientos median 100 años, los hace aparecer como algo no sólo verdaderamente viejo, sino muy lejano a nuestra cotidianidad. La verdad, más bien, y desde mi modo de ver, parece que es exactamente al revés, es decir lo sucedido hace 100 años en Europa ni es viejo, ni extraño a lo que pasa hoy día.

La Gran Guerra fue, como episodio bélico, única en tanto que nunca se había visto algo semejante, ni en su tiempo, ni 100 años después. Y eso que la califica tan bien, lo inédito, lo extraordinario, lo nunca antes concebido, su novedad en pocas palabras, es lo que la convierte en una manifestación del espíritu no sólo de su época sino de todo el siglo XX. No hay campo del conocimiento, de la producción y la tecnología, de las humanidades, del arte, de la sociedad y su gobierno, que esos primeros 20 años del siglo no hayan tocado con el mismo espíritu, el de lo nunca antes visto. Tomemos en cuenta que para 1914 ya se había pintado las Señoritas de Avignon (1907), Kandinski había abierto las puertas de la abstracción (1910), el Dadaísmo había iniciado (1916) lo mismo que el Cubismo (1907) y el Futurismo (1909), la Revolución Rusa iniciaría en el ‘17, siete años después de la nuestra, y en el ’18, año en que cesan las hostilidades, el mundo viviría una muestra de lo que puede ser una plaga moderna con la Gripe Española que mató a más personas que la misma guerra.

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Soy incapaz de agregar algo más a lo expuesto por Susan Sontag sobre la fotografía de guerra (Ante el dolor de los demás, 2003), lo que sí puedo decir es que si hubiera que seleccionar algún momento en que la fotografía se convirtió verdaderamente en un instrumento democrático (popular ya lo era desde su aparición en 1839), muy probablemente escogería este del que venimos hablando, 1914, la Primera Guerra Mundial. Aunque, como se sabe, la tendencia a implementar cámaras más sencillas de emplear y de llevar, de hacerlas portátiles, venía de tiempo atrás, fue ahora que terminan por imponerse sus ventajas, a lo que en mucho contribuyó la aparición, precisamente en 1914, de la cámara Leica. El oportunismo de George Eastman lo llevó a lanzar el modelo que llegó a conocerse como la cámara del soldado, del cual vendió, literalmente, millones (sin hablar de su participación en el desarrollo de la fotografía aérea). A su iniciativa le siguieron otras armadoras, como su competidora, la Ansco, que tuvo un éxito similar con sus modelos para el frente de batalla. Si puede afirmarse que la Gran Guerra puso en manos de cada soldado (francés, americano, alemán, ruso o australiano) una cámara fotográfica, lo mismo puede decirse respecto a la circulación de imágenes, nunca antes habían ido y venido tantas fotografías como a partir de estos eventos pues no sólo los diarios y las revistas demandaban más fotografías que mostraran los sucesos bélicos, sino también las familias y amistades de los combatientes; era la novedad.

De hace 100 años a la fecha ¿entendemos mejor el arte que a lo largo de este lapso se ha producido; reconocemos la herencia e influencia que sigue ejerciendo aquella mítica vanguardia? Y si la novedad sorprendió a todos ¿qué hemos hecho para salir bien librados del asombro?, ¿o es que 100 años no son suficientes para asimilar tanto cambio?, ¿o ni con 100 años somos capaces de aprender y aprehender de y lo que ha sucedido a partir de entonces?

Imaginemos cuántas imágenes fotográficas (dejando incluso fuera a las digitales) se han generado a lo largo de 100 años, ¿entendemos mejor la imagen y sus efectos?, ¿han servido de algo, además del empleo primario de informar?, ¿la democratización en la producción de fotografías nos ha llevado a la tiranía de la imagen?

Aunque luctuoso, el centenario de la Primera Guerra Mundial, también debe recordarnos que nuestra cultura viene directamente de lo que ahí se hizo y se dijo, somos, como tantas otras cosas, su consecuencia.

 

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¡Ay Elena…!

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Hay cosas que por obvias mejor se callan, hay otras que por eso mismo no llegan a llamar la atención, y jamás debería insistirse en ello –en lo obvio– a menos que se quiera correr el riesgo de verse desmantelado y/o puesto en evidencia.

Como es de todos sabido el pasado 23 de abril la escritora Elena Poniatowska recibió de manos del rey Juan Carlos de España (quizás en uno de sus últimos actos públicos como monarca) el Premio Cervantes de Literatura 2013. A raíz de tan relevante acontecimiento y siguiendo la tradición, su retrato fue depositado en la Biblioteca Nacional, al lado de otros 38 ganadores del mismo galardón. A raíz del suceso se ha insistido machaconamente en el retrato de Marras, simple y sencillamente porque su autor resultó ser un fotógrafo de esta ciudad.

Obviamente no hay nada qué decir sobre la obra de la Poniatowska, de la importancia mayúscula que tiene el premio, o del merecimiento de la escritora de recibirlo. Mi problema inicia con el recuento de los efectos colaterales o marginales que provocan esta clase de eventos, incluido, por supuesto, el mentado retrato (hacer creer que es bueno). Tan obvios resultan que de no ser gracias a que una persona cercana a mi me preguntó a qué se debía tanto énfasis en el retrato, que jamás me hubiera detenido en él más allá de la primera vez que lo vi.

Quisiera no hacer mención del vestido tehuano que llevó la escritora el día de su exaltación, porque sé agradó y fue aplaudido por muchos; no obstante dado su protagonismo en el retrato oficial, debo abordarlo. De entrada me parece absurdo y patriotero presentarse con este folclórico vestuario en una reunión de esta naturaleza por más mexicano que quieras parecer (imaginemos a Octavio Paz recibiendo el Nobel vestido de Charro o con taparrabos y penacho). Pero dejemos para un mejor momento este asunto, la escritora sus razones debió tener para aparecer así y son del todo respetables. Lo que sí es cierto, y debe decirse, es que esta indumentaria es uno de los principales elementos que terminan por arruinar su propio retrato.

Cuenta la historia que Alan Flores, el autor de esta imagen, retrató, del 2007 al 2012 una serie de personajes, entre los que se encontraba Elena Poniatowska. Como gesto de gratitud. el fotógrafo envió copia de su trabajo a quienes habían participado en el proyecto. En acuse de recibo de la escritora, esta le expresó lo mucho que le había gustado su trabajo.

Ahora bien, me imagino que al ser notificada de su premio, recibió también la solicitud de la Biblioteca Nacional para contar con su retrato, a lo cual ella, creo, debió recomendar se contratara a Flores para tal efecto, y al parecer así fue, pues este recibió el encargo una vez que se supo que Poniatowska había ganado el Cervantes.

Dice el propio Flores que doña Elena fue quien dirigió la puesta en escena, seleccionando el retablo barroco que se encuentra en la Universidad del Claustro de Sor Juana como set para su retrato. El resultado es… deplorable. No tengo nada en contra del Sr. Flores, desconozco algo más de su trabajo, pero en este caso, parece inaudito que una persona que lleva puesto un vestido que está confeccionado en un 50% en color oro, se vea situada frente a un fondo 100% dorado. Además la toma es contrapicada, casi de cuerpo completo, y la escritora abre amorosamente sus brazos mientras sonríe beatíficamente. Si alguien llegó a pensar que al Cielo no iban a parar los escritores, esta es la prueba de su error. Santa Elena en el parnaso de la cultura del otrora Castellano, hoy del amplio Español.

Falta de contraste (más tratándose de una fotografía a color), definición de planos, abigarrada composición, hacen de esta imagen más una aparición celestial levitando al centro del retablo que el retrato de un digno merecedor del premio Cervantes. No hay imagen inocente y lo que vemos no es resultado ni de un novato en la fotografía ni de una dulce viejecita que escribe sobre sus andanzas de juventud. El mismo Flores explica que la escritora escogió este lugar por recordar a la Décima Musa y el fondo por asemejarse al podio de la sala de la Universidad de Alcalá de Henares donde recibiría el premio. El resultado es tan obvio que me parece difícil creer, no lo que relata el fotógrafo, sino en las discretas intenciones de la escritora.

 

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Confusión

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Hace más menos un año, un grupo de productores (dentro del área de artes plásticas) se quejó públicamente de la llamada Reseña de la Plástica, pues únicamente presentaba un total de once piezas, y por si la afrenta no fuera suficiente, lo peor fue que ninguna de ellas era producto de la pintura, el grabado o la escultura. Como tantas otras cosas, el caso se resolvió en los medios y a través de las redes sociales, con la esperanza de que la siguiente edición del evento –léase la de este año- no sólo corrigiera tales anomalías sino que en verdad hiciera justicia a los que la merecen, o creen merecerla.

Mi confusión empieza aquí, ¿cómo es que ahora nadie ha protestado ante una muestra como Maestros, nuevos maestros. Reseña en transición, cuando esta sí es, desde mi punto de vista, un atropello que nada tiene que ver con lo sucedido el año pasado?, ¿en verdad el grupo que se quejó se siente satisfecho con esta exhibición?, ¿o seremos tan democráticos que como así lo decidió la “asamblea general”, no vale la pena decir ya nada? Porque según reza la larguísima cédula de presentación, esta exhibición se lleva a cabo por mandato del Gremio, este decidió “… realizarla bajo la premisa de un análisis de lo sucedido en estos primeros 40 años.”, ¿En serio?

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En efecto, la exhibición abierta al público en la Casa de la Cultura de Nuevo León el pasado 18 de julio, es un conjunto de obras que dista mucho de la coherencia u homogeneidad, en ella están presentes lo mismo Gerardo Cantú que Oswaldo Ruiz, Jorge Elizondo que Rubén Gutiérrez, Esther González que Roberto Ortiz G. La mayoría son piezas que ya hemos visto una y otra vez, porque provienen de la Pinacoteca de Nuevo León, así que ¿en serio ellos y estas piezas son lo más representativo de los últimos 40 años?

Más confuso resulta saber que “Con esta muestra de <<cierre>> de un ciclo, se pretende abrir uno nuevo…” No lo recuerdo, pero hoy día se dice que desde hace un año se hizo el anuncio de que dadas las manifestaciones habidas y en un proceso de renovación, este año no habría Reseña como venía llevándose a cabo, en tanto se daba con alguna alternativa. Luego entonces, según entiendo, ¿esto –esta muestra- es todo lo que se consiguió en un año de trabajo; esta muestra en efecto cierra el ciclo de las Reseñas?, ¿cómo para qué, para tirar un año más de transición?

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La muestra en realidad tiene una lectura, la misma que se anuncia con su encabezado, se trata pues de la reunión de los Maestros, con los Nuevos Maestros, pues “El hilo conductor de esta Reseña (sic) es la enseñanza, la transmisión de conocimientos, la comunión de conceptos…” Es pues, la educación no sólo lo que da sentido a esta muestra sino también la apuesta de que es ella la que debe ser el eje de futuros intentos por hacer esta clase de exhibiciones.

Vamos a ver. Hablar de los Maestros a estas alturas del siglo XXI, con el sentido que se le da al término en la referida cédula, es un anacronismo, como lo es insistir en eso de los gremios –una de las instituciones más antidemocráticas que han existido y que corresponde al mundo medieval-, en este sentido también se equivoca el CONARTE al decir que no necesita cambios cuando lo que le urge es renovarse por completo. Maestros y aprendices, acólitos, talleres contra escuelas, autodidactas, amateurs, profesionales, licenciados universitarios, improvisados, garbanzos de a libra, genios, incomprendidos o aplaudidos, comerciantes y más allá. ¿no toda esta chachara nominalista y romántica para lo único que sirve es para confundir el ambiente y hace más complicado cualquier proceso de selección y exhibición?

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Soy el primero en reconocer al valor e importancia de la educación en este como en cualquier otro campo, pero me cuesta mucho trabajo, me resulta confuso pensar en ella en el contexto de la Reseña o lo que sea que le siga, y más a la luz de esta exhibición, no por lo expuesto o sus autores, sino por lo que se pretende que sea y represente.

¿Cómo debe ser una muestra como lo fue la Reseña de la Plástica? No lo sé, debe haber, por supuesto, un diálogo abierto que aporte ideas y soluciones, que apunte al futuro y no a la comodidad del pasado o la insatisfacción presente, pero sobretodo que se conciba, organice y realice pensando en la comunidad.

 

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IN/OUT

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Con el fallecimiento de

Doña Márgara Garza Sada de Fernández, México pierde,

a nivel de patronazgo cultural, un elemento irremplazable.

Que en paz descanse.

 

Hace una semana expresé la esperanza de que los comentarios que hacía no fueran mal interpretados, como tampoco espero lo sean los que siguen a continuación, aunque para las alturas del partido en que me encuentro, lo mismo me debería dar si me consideran grosero, ignorante que inhumano.

Inhumano, es, por cierto y de acuerdo a definición del diccionario, todo aquello falto de humanidad, y lo que yo encuentro en la exposición que se presenta en el museo MARCO, inaugurada el pasado 11 del presente, bajo tal encabezado, es precisamente lo contrario, una humanidad, representada por sus productores simbólicos, preocupada por su actuación en este único mundo que conocemos y que compartimos con otros tantos miles de seres vivos. Quiero decir, de Inhumano la muestra a la que aludo no tiene nada, por el contrario, presenta una serie de piezas a través de las cuales podemos conocer distintas versiones de cómo el grupo de productores seleccionados interpreta la relación o relaciones entre el hombre y su entorno natural.

Ah! Pero no es este inhumano del que habla la exposición sino del otro, el in-humano, y aunque no sé si semánticamente haya alguna diferencia, tipográficamente sí que la hay y por tanto debemos leer en in-humano algo así como la oposición entre el hombre y la naturaleza, o su extrañamiento, y por tanto, las obras que se presentan como expresiones del pensamiento, de la reflexión, que provoca esta situación.

Me he detenido en estas anotaciones -que son un tanto ociosas- debido a que hoy día no basta con presentar una exposición colectiva bajo un mismo tema, sino que tal colección de obras debe servir de vehículo para otras tantas ideas que propone el curador de la exposición. Luego entonces lo que hay que aprender a leer y apreciar son las exposiciones completas y no las obras individuales, tal y como uno juzga un libro por su contenido y no por las palabras empleadas para escribirlo.

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Si esta el la situación –y estoy de acuerdo si se piensa que es pura fantasía personal- entones, desgraciadamente, lo que falla en este caso es la exposición y no las piezas que la componen. Me explico. El tema de las relaciones (incluso si se quiere pensar en la simple y llana oposición) del hombre con la naturaleza, con los diversos entornos que ocupa, explota y condena, es tan basto, tiene raíces tan profundas y consecuencias tan importantes, que difícilmente se agota en una muestra, por más variada y amplia que sea. Es uno de esos temas que como hemos visto ha ido ganando prioridad y sin duda, se volverá central en cualquier discusión a nivel local, nacional e internacional, en el los próximos años, por lo que todo o casi todo lo que implique o roce cualquier aspecto en que esté involucrada esta relación, puede ser referido al tema del desastre ecológico en que nos encontramos, al calentamiento global, el maltrato a los animales, los alimentos transgénicos, el hacinamiento de las ciudades, el desplazamiento del campo y las selvas por las zonas urbanas, el cambio climático, etc.

Y esto es lo que nos presenta la muestra a la que aludo, los 17 productores que en ella participan, mal que bien han hecho su trabajo, cada cual teniendo en mente una problemática particular, la que a ellos en lo personal les preocupa pero que no forzosamente coincide con la de la exposición. Yo me pregunto ¿qué tiene que ver un trabajo como el de Claudia López Terroso con las fotografías de Alec Soth?, más aún ¿qué tiene que ver Joseph Beuys en esta muestra? Su acto shamánico, si así se la ha de llamar, en I like America and America Likes Me (1974) está tan lejos de las intenciones y búsquedas de los demás productores como yo de la luna.

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A veces a pesar de que todo quepa en un jarrito, no significa que el contenido vaya a ser preservado correctamente. Esta es la tercer exhibición en MARCO que se puede asociar al mismo tema (Meso-cosmos y Ruta mística), no está mal, el estado de salud del planeta lo amerita, pero empiezan a ser repetitivas y pueden llegar a ser hasta aburridas.

 

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Vida en la ciudad

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Hace una semana cerraba estas mismas líneas, diciendo que la exposición de Robert Doisneau en el Palacio de las Bellas Artes en la Ciudad de México me había dejado la invaluable lección de que es necesario ampliar y profundizar la reflexionar ante cualquier imagen, cuánto más en aquellas que se convierten en las favoritas de un determinado público; decía que hay que hacerlo en y con ellas en particular, porque ese éxito, ese gusto mayoritario, no es, por supuesto, gratuito.

Hoy me enfrento a una situación que bien podría calificar de antítesis de lo apuntado hace ocho días. No me encuentro ahora ante imágenes que, independientemente de su temática, tengan una difusión mediática que las convierta en el gusto de todos, sino más bien a simples imágenes que aspiran quizás no a una circulación generalizada, pero si a ser tomadas por fotografías, y al cambiar de imagen a fotografía quiero decir que circulen como piezas de “arte”.

Hace un par de semanas, la galería de la Alianza Francesa, local Valle, inauguró la muestra Vida urbana, organizada por la Asociación de la Plástica de Garza García, A.C., 12 imágenes, en color y B&N, conforman la exhibición. En términos generales suelo ser muy respetuoso de las actividades que  lleva a cabo esta y otras asociaciones del mismo tipo. Las aspiraciones de sus miembros, como las de cualquier otro, son enteramente legítimas, y todos los trabajos y demás actividades que llevan a cabo son muestra patente de la honradez y profesionalismo con que pretenden actuar y mostrarse en público. De hecho, el esfuerzo que han llevado a cabo en la exposición a la que me refiero, por mantener un mismo formato, una misma temática, por presentar, en síntesis, una muestra homogénea con un texto bien preparado, habla, precisamente, de la seriedad de sus intenciones.

Ahora bien, por todo lo anterior y aunque nunca pensé llegar a hacerlo, sí quisiera regañar a las expositoras por el trabajo que presentan. Así como los que estamos de este lado hemos de obligarnos a prepararnos mejor y ser más claros en las ideas y principios de deseemos comunicar, así, creo, quienes exponen deberían detenerse un momento y pensar mejor qué es lo que quieren mostrar al público y para qué. Si esto es cierto en cualquier forma de expresión lo es mucho más en el caso de la fotografía, nada más ni nada menos, porque estamos tan saturados de imágenes que exhibir más de éstas lo único a lo que contribuyen es a contaminar e hinchar más una ya muy deteriorada iconosfera.

Hay una gran diferencia entre fijar imágenes y hacer fotografías, en este sentido la exposición de Doisneau es más que ejemplar, pues no basta salir a las calles de cualquier ciudad e ir apretando el obturador ante lo que me sale al paso, sino de querer atrapar, representar, comunicar, aquello que yo entiendo, percibo, siento, de esta o aquella zona de la ciudad, de estos o aquellos personajes, de tal o cual situación. La ciudad, sus calles, personajes y acontecimientos no son temas fotográficos por sí mismos, es el fotógrafo, su sensibilidad, su ojo, la que los convierte en motivos que, unos más otros menos, se van convirtiendo en tópicos o representativos. Desgraciadamente en esta exposición hay únicamente 12 imágenes que nada me dicen de lo que simplemente muestran,

Y si no se vale ser irreflexivo en la temática, menos aún en la cuestión técnica. Se bien que suele recomendarse no prestar mayor atención a los aspectos técnicos y máxime si no eres fotógrafo sino un “productor de más amplios intereses” que se vale de este medio sólo para realizar una parte de su obra pero que mañana podría mudar a la pintura por ejemplo. Pues bien, a quienes han prestado oídos a tales consejos o indicaciones, déjenme decirles que les han visto la cara. Jugar con el “ruido” técnico, con los defectos de la imagen, es cuestión más seria de lo que parece; el creer que todo se vale es más bien hacerse tonto y pensar que todos los demás también lo son. Ya que vas a presentar tu trabajo, preocúpate no por si está bonito el marco, sino porque esté, si quiera, bien impresa la imagen.

Espero no sea mal entiendo mi “regaño”, mi intención no es ofender, sino por el contrario tratar de contribuir. La galería de la Alianza Francesa, quienes participan en esta asociación y la asociación misma, merecen algo mejor.

 

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